“El editorialista del deporte”

Todos los profesores de Educación Física y entrenadores formados en nuestro país saben de la Editorial Stadium, mas son pocos los que conocen sobre su hacedor y mentor. Llegar a la calle Independencia al 3100 de la ciudad de Buenos Aires era, para quienes estudiamos esa hermosa carrera, una sensación similar a la de un niño entrando a una juguetería. En sus salones se vendían pelotas, colchonetas, cajones de salto, pesas, trampolines, arcos, redes y cuanto más implemento fuera necesario para instalar un gimnasio o patio escolar. En otro sector estaba la editorial, con libros científicos y la bibliografía más amplia imaginable en materia de metodología de la enseñanza de los distintos deportes, entrenamiento, juegos y recreación. El silencio espectral de aquel lugar era inversamente proporcional al bullicio y la alegría que la inspiración surgida de aquellas páginas luego generaba en los niños y jóvenes. La calidad de la editorial fue tal que los libros y la revista mensual de Stadium se vendieron además de en todo el país en toda América Latina –donde fue pionera–, Estados Unidos, España, Francia y Holanda. Durante 45 años este sello estuvo timoneado por un señor que supo de mares calmos y de tormentas bravías. Mas su tozudez y esfuerzo supieron capear los difíciles embates que en nuestro país significa llevar adelante una empresa de tal naturaleza. Durante su juventud supo ser un exigente entrenador de atletismo y tuvo bajo su batuta a los más encumbrados atletas de la época. Ya abocado a las lides editoriales, su despacho era un lugar que destilaba cultura. La música clásica, el piso de madera, los cuadros y un interminable material de lectura eran sus compañeros inseparables. Su ojo avizor y su mirada escudriñadora le permitían seleccionar entre los proyectos que en cantidad llegaban a su escritorio. Fue, a su vez, traductor de autores extranjeros, sobre todo de la escuela francesa, a quienes reconoció en varios de los últimos títulos publicados. Don Enrique F. Eleusippi supo ser un lector incansable, pero ante todo un hombre de carta cabal, duro y de una sola palabra. Quizá sus incorruptibles ideas no hayan sido las mejores aliadas en estos tiempos virtuales en que la editorial ha perdido el fulgor de sus mejores años. Tuve la enorme fortuna de conocer a este hombre y que me bendijera con la publicación de varias obras, de gozar viendo su cara de orgullo en la presentación de las novedades en la Feria Internacional del Libro de cada año. Pero seguramente el mayor tesoro que me llevo de él es el que me tratara en sus ceremoniosas líneas de “su amigo”. Una amistad diferente, entre distintas generaciones, muy respetuosa y cargada de afecto. Por ello la noticia de su partida provoca un enorme vacío, un silencio atroz como el de un corazón que deja de latir. Mas los libros nunca mueren y su obra volverá a tener vida en cada lugar donde las enseñanzas de sus páginas hayan prendido, en cada consulta de un profesor o entrenador trasnochado y en cada autor –como en el caso– que lo recuerde con cariño. Marcelo Antonio Angriman marceloanfriman@ciudad.com.ar Cipolletti


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