El embriagador efecto de la fe



CORONEL SUÁREZ.- Jesús Olivera llegó a esta ciudad en el mes de marzo y comenzó a visitar asiduamente una iglesia evangélica. El pastor de esa congregación lo presentó a la familia de Sonia. Su madre, Mónica Santander, y sus hermanos viven en el barrio de Buena Parada de Río Colorado, el más antiguo de la ciudad rionegrina. Olivera fue tejiendo una telaraña para envolver a Sonia y a su familia y mencionó que quería fundar una iglesia para ayudar a los chicos de la calle. En pocas semanas, con este pretexto, comenzó a “dar vuelta psicológicamente a algunos integrantes de la familia. La más influenciada por él fue Sonia, con quien comenzó a predicar casa por casa. Mientras, la madre hacía tortas fritas para vender y le daba lo recaudado para formar la iglesia” sostuvieron ayer desde la propia familia, en Coronel Suárez, a donde habían llegado para auxiliar a Sonia. A su vez, Olivera comenzó a conocer detalladamente todos los bienes que posee Sonia. Una casa, un auto, y distintos bienes importantes, que le habían quedado tras separarse de su marido. De su matrimonio también tiene una nena de 11 años, que permanece en Río Colorado. La relación que mantenían Olivera y la mujer la fue separando de los demás familiares y contactos habituales. El hombre comenzó a influir de tal manera que les prohibió mantener contacto con otras personas. Olivera ya llevaba dos años de casado con la periodista de Coronel Suárez Alicia Estefanía Heit. En la localidad bonaerense se mostraba como un hombre misterioso, y se lo veía poco. Según su pareja era “un gran constructor” y por eso se ausentaba de la ciudad. En mayo, Sonia le anunció a su familia que se iba a estudiar para ser contadora, en Santa Rosa, La Pampa, y perdió contacto con toda la familia. Se supone que ya en ese momento se fue con destino a Coronel Suárez y que nunca viajó a la capital pampeana. Desde la familia afirman que Olivera “la empezó a manejar”. Así vendió la vivienda y el automóvil, cuyo dinero fue a parar a manos de Olivera. Explicaron que la familia recibía llamados esporádicos, dado que el hombre le habría sacado los celulares y que Olivera le anotaba lo que tenía que decir o callar. Sonia comenzó a trabajar en una casa de familia como empleada doméstica, en la que cobraba 700 pesos por semana, que se los daba a Olivera. En agosto finalmente, Sonia Marisol Molina, fue secuestrada y permanecería durante tres meses atada de pies y manos. Los investigadores sospechan que la periodista también participó de todos estos eventos. El lunes, tras escaparse, Olivera le mandó un mensaje a la familia de Sonia, con el celular de la mujer, indicando “estoy bien. Estoy estudiando”. Anoche, al cierre de esta edición, la mujer permanecía internada y ya había recibido ocho transfusiones de sangre y cuatro de suero. Pesa 46 kilos, 16 menos que su peso normal. En la puerta de su habitación dos policías custodian el ingreso, dado el miedo que aún tiene Sonia, que además es atendida psicológicamente. La joven relató que tuvo al menos dos oportunidades para escaparse, pero el miedo al que la había sometido Olivera, que la había amenazado con matarla a ella, a su hija y su familia, le habían impedido huir.


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