El empresario cree que la policía “liberó la zona”

“Nunca nos pusieron custodia, jamás nos rescataron”, sostuvo Claudio Adiego al descalificar a los uniformados. ““Nos encontró mi gente”, agrega. Dice que le costará olvidar ese día “interminable”. También confesó que está convencido de que lo apuntan, que ser un empresario noctámbulo lo vuelve “un delincuente, un traficante”, que es “como Poli Armentano y no se cuántas cosas más”.

Por Redacción

HABLA EL DUEÑO DEL BOLICHE SECUESTRADO

“Hola, soy Ben Laden. No, soy peor que Ben Laden, soy el que lo instruyó”. Está sentado frente a una de sus notebook, dándole forma a una nota escrita desde la indignación. Su mujer lo mira y un amigo espía uno de los videos que muestran a dos jóvenes encapuchados, de andar temerario, que van y vienen por el hall, dispuestos a ingresar al departamento. Claudio Adiego, el empresario secuestrado el fin de semana, el dueño de un boliche que estuvo en boca de todos, el hombre de la noche “estigmatizado”, se cansó de esperar y decidió actuar. Y hablar. Hablar del peor momento de su vida y acusar directamente a la policía de “liberar la zona” para que los delincuentes hagan y deshagan a su antojo.

Adiego toma café a litros y su pareja, Noelia Bacón, camina por el coqueto departamento con andar nervioso. Lloró hace poco. Se le nota en las pequeñas bolsas debajo de sus ojos. Dice que es Ben Laden para relajar el ambiente pero la frase esconde una inconsciente confesión: Adiego está convencido de que lo apuntan, que ser un empresario noctámbulo lo vuelve “un delincuente, un traficante”, que es “como Poli Armentano y no se cuántas cosas más”.

¿Cuál es la realidad? “Que trabajo cada vez menos de noche, que no manejo grandes cantidades de dinero, que me fui retirando de a poco porque quiero criar a mis dos hijos en paz. Ésa es la verdad”, aclara.

En el caso existen decenas de cabos sueltos y más incertidumbres que certezas. Al empresario lo secuestraron el viernes a las 16:50 en su casa del lago Pellegrini junto a su novia y a otras tres mujeres. Llegó al lugar para hacer un cambio de inquilinos y el que pernoctó en su vivienda durante un par de días terminó, al parecer, siendo el ideólogo del hecho. Aparecieron cuatro encapuchados con pocos años y armas en las manos, lo golpearon, de pie y en el piso, amenazaron con matarlo y los encapucharon. La oscuridad fue el inicio de una odisea que terminaría varias horas después, con los secuestrados en libertad y un caso sin detenidos, aún con el rostro del cabecilla de la banda en los sistemas policiales.

“El tipo se presentó como Waldo, venía de Mendoza y estuvo durante varios días rastreándome para alquilar la casa de lago Pellegrini. Está filmando, porque le di la llave en El Mega. Ya secuestrados, nos dijo que había sido presidiario en varias cárceles de Buenos Aires, que reclutó pibes jóvenes de la zona para secuestrarme, y que le habían pagado para matarme, pero que no lo iba a hacer porque no era un asesino ni un violador. Ya después de muchas horas, charló con nosotros, nos daba mates y puchos”, cuenta Adiego. Su mujer sintió la muerte corriéndole por el cuerpo cuando la encapucharon e hicieron arrodillar, en un lugar cerca de Fernández Oro que recuerdan como una “cava”. En su mente luchaban dos cosas disímiles: la muerte y su hijo.

Los niños, los de él y el de ella, vivían un día como de costumbre. En el departamento de Adiego jugaban en una consola y miraban tevé. Había un par de ojos extraños allí. El empresario no esconde que su gente (”mi gente”) actuó con muchísima rapidez para poder encontrarlo. Que comenzaron a destejer la trama separados de la Policía. Y que dieron con ellos en Fernández Oro antes que los investigadores. “Hace 15 años que trabajo en la noche, lógicamente, tengo muchos amigos y ellos comenzaron a buscarnos y nos encontraron”.

Llama la atención que Adiego haya sido el blanco de esta “organización”. Secuestrarlo no suena a utopía (lo hicieron, incluso) porque, al menos ese viernes, no andaba con custodia. Pero en su casa tiene la seguridad de una personalidad, además de estar rodeado de hombres entrenados en el arte de blindar vidas. Igual, dos de los secuestradores, mientras la pareja seguía retenida en Fernández Oro, superaron toda la seguridad del exclusivo edificio donde vive el empresario, a pocas cuadras del balneario Río Grande, e intentaron ingresar a la vivienda en busca del botín.

Andaban en la camioneta de Adiego y nadie los detuvo ni siquiera cuando ingresaron por la cochera. De ahí y hasta el hall de ingreso a la casa hay un largo camino. Nadie los vio, pero todo quedó registrado por las cámaras que tiene el bolichero. Porque la vida de Adiego (al menos en sus lugares) es seguida todo el día por decena de lentes.

Eso ocurrió pasadas las 22. Pero lo que más indigna a Claudio es que a las 19:30 hubo “dos efectivos de Delitos” que estuvieron en su casa, que “preguntaron cómo estaba todo” y que se fueron. “Sabiendo que estábamos secuestrados no dejaron custodia, no hicieron nada. Y menos de tres horas después, llegan estos dos delincuentes a querer entrar. Y nadie los ve. Entran en mi camioneta, suben varios pisos e intentan ingresar. No me queda otra que pensar que la policía liberó la zona”, disparó.

Cada movimiento está registrado en las cámaras de seguridad de una vivienda inaccesible, con puerta blindada, ojos de vidrios filmando cada rincón, varias pantallas, dos plasmas, y varios “juguetes” que evidencian que a Adiego le gustan dos cosas: la seguridad y la tecnología.

-¿Dice que la policía pasó el dato a los delincuentes?

-No puedo pensar otra cosa por cómo se dieron las cosas. Es demasiado para ser sólo negligencia. En Neuquén no se armó causa aunque hubo violación a la propiedad. Nunca nos pusieron custodia y tampoco nos rescataron, como dijo la Policía. Nos encontró mi gente. Lo único que hicieron fue hacernos dibujar boludeces y reconocer yuyos…

-¿No piensa que el secuestro fue producto de su actividad como empresario de la noche?

-No tengo certezas pero tampoco lo descarto. Los tipos hablaron tantas pavadas que en un momento me dijeron que la competencia los había mandado. Pero se manejaron con datos antiguos, ahora estoy con obras pequeñas, no manejo tanta plata y estos buscaban dólares, pesados dólares.

Adiego cuenta su versión, la recalca, pone énfasis en que se siente un “hombre estigmatizado”. Dispara contra la policía y dice que le costará olvidar cada segundo de ese viernes interminable. Tiene bronca y el secuestro, lo que es y lo que vendrá, le lleva todo el día. “No entiendo cómo pudieron entrar a este edificio con total impunidad. Acá hay seguridad, qué queda para la gente que no la tiene”. Su mujer, con una sonrisa nerviosa, dice que tiene miedo, que las imágenes la asaltan de noche. Que espera que la “pesadilla termine”. (AC)


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