El fuego, brutal mecanismo para borrar rastros

NEUQUÉN (AN).- El 9 de febrero de 1996 el taxista Miguel Asencio fue encerrado en el baúl del automóvil que conducía y prendido fuego por los sujetos que lo asaltaron. Su caso fue, durante años, un hito del horror. Pero con el paso del tiempo se produjeron otros casos criminales en los que se utilizó el fuego para borrar rastros de los asesinatos. Para citar lo ocurrido en los últimos años, el 26 de julio de 2007 Pedro Botazzi, de 23 años, murió asesinado a golpes y su cuerpo fue quemado en un asentamiento de Plottier. Un año después, Alfredo Ávalos fue condenado a 12 años de prisión como autor del crimen mientras que un menor de edad fue declarado responsable por la justicia del Niño y el Adolescente. El móvil fue, presuntamente, una disputa por un terreno. El 20 de octubre del mismo año, Diego Becerra fue estrangulado y golpeado por un compañero de trabajo. Su cuerpo fue trasladado hasta la meseta donde lo prendieron fuego para borrar rastros. Por este crimen fueron condenados, el 11 de diciembre de 2008, Lino Manuel Rodríguez como autor (a perpetua) y Nicolás Saso (a 15 años de prisión como “partícipe secundario”). El móvil fue el robo. El fuego también se usó como venganza en conflictos familiares. El 18 de noviembre de 2007, seis personas murieron quemadas en el Parque Industrial porque un sujeto aún prófugo convirtió en una trampa mortal la casilla en la cual vivían. Y el 27 de febrero de 2008, dos hermanos de 5 y 8 años murieron en la precaria casilla en la que dormían en la toma Bella Vista. El fuego lo habría iniciado su padre.


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