El fútbol como pantalla





En el entrañable filme «Cinema Paradiso», el cura del pueblo oficiaba de censor. Sentado en su butaca cada semana ordenaba cortar las escenas románticas de las añosas películas. Vuelto ya mayor al pueblo, el otrora Totó recibe como legado de su viejo y desaparecido amigo Alfredo una cinta con aquellos besos recortados que nunca se le permitió ver. El sublime momento emociona hasta las lágrimas.

Quien ha tenido un ser muy querido durante su niñez sabe de estos guiños de complicidad. Es por ello que la obra resulta tan creíble como su mensaje, universal.

Algunos de estos códigos compinches entre familiares pasan por el deporte y en particular por el fútbol. ¿Quién no ha seguido los colores de un club por respeto a los genuinos sentimientos de su padre, tío o abuelo? ¿Quién no ha llorado y dedicado ese triunfo heroico del equipo de sus amores a aquel que ya no está?

Las historias se repiten, calando hondo en la vida familiar y en la comunicación intergeneracional de los argentinos.

Por ello cuando Jorge Valdano calificó el fútbol actual de una «empresa sentimental», sabía de lo que hablaba.

Mas la versión argentina de esta apasionada «multinacional» es verdaderamente patética. Ver reunidos a la presidenta, Grondona y Maradona anunciar a cientos de acólitos la salvación del fútbol -arrogándose así conocer las necesidades de treinta y ocho millones de argentinos- es una imagen indigesta.

Que el gobierno destine 600 millones de pesos anuales a subsidiar el fútbol cuando hay tantas otras prioridades a la vuelta de la esquina -pobreza, hambre, inseguridad, salud, educación- resulta inescrupuloso. Mucho más cuando el lenguaje que se utiliza para justificarlo está viciado de demagogia y subestima la inteligencia del pueblo. A nadie escapa que tras el acuerdo subyace el ánimo del matrimonio K por «adoctrinar» al grupo que hasta hace pocos días atrás manejó la televisación del balompié criollo.

El deporte más popular de la Argentina es utilizado como una gran pantalla de humo con la bendición de su propia dirigencia y la del partido gobernante.

Respecto de la AFA, ya lo dijo la CSJN: «es una entidad muy especial con un importantísimo grado de intervención en lo que hacen los clubes asociados que, como se dijo, alcanza a la fijación de fechas, horarios y contratos de transmisión televisiva, además de obtener una ganancia directa derivada de dichos eventos». Pues bien, sobre estos derechos originalmente concebidos se ha producido todo tipo de abusos, privilegiando el negocio hasta sus últimas consecuencias.

La Asociación del Fútbol Argentino preocupantemente ignora los compromisos asumidos, que los contratos están para ser cumplidos y que sus representantes -con Don Julio a la cabeza- son los que aceptaron gustosamente que el fútbol se manejara durante años de la manera en que hoy curiosamente se denuesta. La incoherencia metaboliza en las arterias de los dirigentes afistas, dispuestos a ser herejes en cuanto los números no cubran las pérdidas que arrojan las desaguisadas conducciones de los clubes.

Por su parte, el mejor jugador argentino de todos los tiempos, que vistió siempre el ropaje del antiestablishment, se presta al impresentable juego de intrigas y traiciones que la enmarañada trama supone. Libreto del que tampoco fue ajeno el monopolio privado que explotó el fútbol local hasta ahora, al tirar con tanta impunidad y hasta su corte definitivo el tenso hilo del negocio.

En fin, cada uno hace su juego; eso sí: «por y para el pueblo que lo mira por tevé».

Los personajes de esta película son tan poco creíbles, su actuación es tan burda y el libro tan previsible, que el tedio termina por invadir la pantalla y el cine, por despoblar sus butacas.

Cuando el fútbol de la tevé hastíe, propongo encender la radio y volver a imaginar el juego. Quizá la pelota se cuele en el ángulo de una nube y podamos festejar abrazados a todos aquellos que alguna vez creyeron en otro fútbol.

MARCELO ANTONIO ANGRIMAN (*)

Especial para «Río Negro»

(*) Abogado. Profesor nacional de Educación Física. marceloangriman@ciudad.com.ar

MARCELO ANTONIO ANGRIMAN


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