El futuro ha llegado





Mientras que en el resto del mundo los gobiernos están tratando por todos los medios de estimular la confianza en el futuro de la economía local con la esperanza de morigerar así el impacto de la crisis internacional, en nuestro país el encabezado formalmente por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner parece estar más interesado en sembrar incertidumbre por suponer que lo ayudará a conservar su poder político. Al dar a entender una y otra vez que, si el 28 de junio el oficialismo pierde las mayorías parlamentarias a las que se ha habituado, nos aguardará un período signado por el caos, ha brindado a los ahorristas, inversores, empresarios y consumidores motivos de sobra para negarse a asumir riesgos, lo que, huelga decirlo, ha incidido de manera sumamente negativa en la marcha de la economía. Una consecuencia previsible de la estrategia del miedo adoptada por el ex presidente Néstor Kirchner y su esposa ha sido la intensificación de la fuga fenomenal de capitales que el país está experimentando desde hace un par de años cuando quienes estaban en condiciones de defenderse se dieron cuenta de que «el modelo» ya comenzaba a hacer agua.

Según las cifras oficiales, en el primer trimestre del año corriente abandonaron el sistema financiero casi 6.000 millones de dólares que buscaron refugio ya en el exterior, ya bajo el proverbial colchón. No existen motivos para suponer que en los meses próximos la tendencia se revierta, de suerte que se prevé que en todo el 2009 el país pierda más de 20.000 millones, lo que significaría que durante la primera mitad de la gestión de Cristina se habrían ido aproximadamente 50.000 millones de dólares. En vista del panorama así supuesto, es francamente absurdo que el gobierno se felicite continuamente por el hipotético éxito de «la lucha contra la pobreza», puesto que todos los días el país se ve privado de los recursos que permitirían que se mejorara el nivel de vida de la tercera parte de la población que conforme a las estadísticas apenas recibe lo suficiente como para subsistir. Para conseguir los fondos necesarios para financiar los programas de ayuda oficiales y para asegurar que las empresas puedan seguir brindando empleo, el gobierno tendría que persuadir no sólo a los inversores extranjeros en potencia sino también a sus propios compatriotas de que aun cuando los resultados de las elecciones legislativas le fueran tan adversos como pronostican algunos encuestadores la Argentina seguiría siendo una isla de estabilidad económica en un mundo convulsionado, pero tal alternativa, la que dadas las circunstancias sería la única sensata, lo obligaría a cambiar radicalmente su estilo proselitista. Es innecesario decir que no se le ha ocurrido intentarlo: desde su punto de vista, la evolución futura de la economía importa muchísimo menos que las vicisitudes de la campaña electoral.

Desde inicios de su gestión en mayo del 2003, Néstor Kirchner se ha limitado a aprovechar políticamente la situación económica existente, subordinando absolutamente todo lo demás a sus propios intereses inmediatos. Durante los cuatro años y medio en que, respaldado por un viento de cola fuerte, se desempeñó como presidente, tal forma de gobernar le supuso muchos beneficios, ya que la mayoría compartió su convicción de que podrían solucionarse los problemas económicos nacionales denunciando con «dureza» a los presuntos culpables de provocarlos y hablando pestes del «neoliberalismo», del Fondo Monetario Internacional y, últimamente, del «mundo». Es decir que los Kirchner se han concentrado siempre en lo que sucedió antes de su llegada al poder, como si indignarse por los desastres del pasado los librara de la responsabilidad de pensar en el futuro. Aunque el ex presidente y la actual no han modificado su discurso, ya no funciona como antes. Luego de casi seis años en el poder, ellos ya representan el pasado y por lo tanto son los máximos responsables de la inflación que está golpeando con violencia a los sectores más rezagados, del reemplazo del mercado de capitales por la Anses, o sea por el dinero de los jubilados, de un gasto público desmedido y de nuestro aislamiento financiero, además de la fuga incesante de capitales, reflejo fiel ésta de la falta de confianza en el porvenir del país.


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