El genio ya salió de la botella y es incontrolable



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Anne-Beatrice Clasmann

ANÁLISIS

El mundo árabe está en llamas. La chispa de las protestas se extiende de Bengazhi a Manama, de Adén hasta Ammán, sin un claro final a la vista. En Libia se destruyen pancartas con la fotografía del líder, Muammar al Gaddafi. Y en Manama, el Ejército ocupó una plaza para evitar protestas al estilo de la plaza Tahrir de Egipto. El efecto dominó desatado por los tunecinos está en marcha. Los opresores árabes luchan estos días contra los oprimidos. Los beneficiados por los regímenes contra los esquilmados. Los chiítas contra los sunnitas. Los socialistas contra los tradicionalistas. Los monárquicos contra los reformistas. Para los jóvenes opositores es una fase de caos creativo, al final de la cual comenzará una nueva etapa. Para la mayor parte de los gobiernos occidentales, la evolución es demasiado rápida. Tras décadas de estancamiento político en el mundo árabe, les sobrepasa tener que acostumbrarse a una nueva situación de partida en tan sólo unos días. A excepción del presidente estadounidense, Barack Obama, Occidente falló a la hora de evaluar la situación de Túnez y en un primer momento se posicionó al lado de los poderosos. Sólo después llegó un cambio de postura y tras la caída del presidente egipcio trataron como héroes a los manifestantes de Tahrir. El propio Obama dijo hace poco: “Debemos educar a nuestros niños para que se conviertan en jóvenes egipcios”. Y el primer ministro David Cameron sugirió incluir la revolución egipcia como ejemplo brillante en los libros de texto. Y mientras, en la plaza Tahrir de El Cairo volvieron a congregarse ayer más de un millón de personas para celebrar una vez más la caída del tirano. Quien en estos días ponga en duda los resultados de esta dinámica revolucionaria corre el riesgo de ser considerado un amigo de los dictadores. Sin embargo, en círculos privados, algunos intelectuales egipcios y críticos con el régimen de Mubarak piden que no se venda la piel del oso antes de cazarla. “Más allá de las consignas de igualdad y libertad, Egipto todavía no tiene un liderazgo ni un programa político”, advierte uno de ellos en un correo electrónico enviado a profesores y escritores amigos. “La exuberante y arcaica exaltación y el entusiasmo de esos grandes hombres de Estado muestran de una forma penosa su limitada capacidad de discernimiento”, agrega en referencia a los mandatarios occidentales. Ningún activista árabe dudaría a la hora de dar la razón a quienes protestan contra Gaddafi, quien desde hace décadas mantiene aislado a su pueblo. Tampoco se cuestiona la legitimidad de las exigencias de los manifestantes egipcios: fin del estado de emergencia, elecciones libres y reformas constitucionales. Sin embargo, ni allí ni en Túnez existen recetas que garanticen el éxito en la nueva época. Muchos quieren recuperar ahora el tiempo perdido en lo que a reclamaciones de derechos se refiere. En Túnez y Egipto, donde los ex presidentes finalmente huyeron, la gente reclama ahora mejores sueldos, más tiempo libre, mejora de la asistencia médica y el despido de sus jefes corruptos. “Los manifestantes ya limpiaron la plaza Tahrir pero en el resto del país han dejado confusión”, se queja un profesor de El Cairo. La recuperación de la economía en Egipto y Túnez puede ser ahora determinante a largo plazo para el éxito de las revueltas en otros países. Si los principales sectores económicos consiguen reactivarse, entre Argel y Damasco podrían caer nuevas fichas de dominó.

Los egipcios volvieron ayer a la plaza para celebrar la caída del régimen.


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