El gran hijo del río Negro





La escasa importancia que guardamos hasta nuestros días por el mar argentino es inversamente proporcional a la que históricamente le hemos reservado a la llanura pampeana, aunque la plataforma continental y la zona económicamente exclusiva que nuestro país posee sobre el Atlántico se puede pensar como una inconmensurable pampa líquida, pues también -como la llanura pampeana- es la más grande del mundo, tanto por su extensión como por el volumen de la biodiversidad de sus aguas.

Los argentinos no tenemos conciencia marítima. Las razones pueden ser varias pero hay una que podemos encontrar en los orígenes mismos del país en los tiempos de la colonia. Hasta la creación del Virreinato del Río de la Plata, en 1776, España había prestado escasa atención a sus dominios del sur de América, al punto que la Patagonia y su mar carecían de relevancia económica o política para la Corona.

Inglaterra, su competidora en el dominio de los mares, estaba en plena expansión y dispuesta a organizar nuevas colonias. Necesitaba puertos y abrigos seguros para sus barcos pesqueros y mercantes, lo mismo que para sus fuerzas navales. Debía, además, resarcirse de las pérdidas de sus colonias de América del Norte. Y no desconocía, en absoluto, el valor estratégico del estrecho de Magallanes ni el valor económico que en el siglo XVIII representaban las incontables colonias de lobos marinos -o de aceite como era habitual llamarlas- que se extendían por toda la costa patagónica como asimismo las ballenas que poblaban toda la extensión de nuestro mar.

Hasta poco antes de la creación del Virreinato habían fracasado los intentos de articular enclaves permanentes en el sur. La ferocidad del clima, las enormes distancias que sólo se podían barrer por mar, el temor a los enfrentamientos con los indios fueron causas concurrentes que pusieron fin a empresas anteriores iniciadas en Chile y en Buenos Aires. Recién en 1779 prosperaría este objetivo, especialmente a partir del descubrimiento de la embocadura del río Negro y de la fundación del Fuerte y Población Nuestra Señora del Carmen, donde medio siglo más tarde nacería el comandante don Luis Piedra Buena.

El contexto de su nacimiento es también de una enorme significación. Cinco años antes El Carmen había conocido la guerra. Una poderosa escuadra del Imperio del Brasil, al mando del capitán de origen inglés James Shepherd, había intentado apoderarse del fuerte. El pueblo debió armarse en defensa de lo que por entonces era considerado el confín del mundo conocido. Las tropas regulares eran muy escasas y fueron los vecinos -entre ellos los padres de don Luis- los que debieron acudir en la defensa del país que estaba naciendo.

Sin duda, desde sus primeros años, debió escuchar mil relatos vinculados a este episodio constitutivo de la identidad de Carmen de Patagones y Viedma -que por entonces constituían una unidad política- de la misma forma que en el negocio de su padre debió haber conocido a cada uno de los hombres que lideraron la defensa del fuerte. Allí seguramente conoció al «cojo» Harris, uno de los corsarios que se destacaron en el combate del 7 de marzo de 1827 y que lo albergaría en su casa cuando viajó a Buenos Aires, a la edad de nueve años, a bordo de la nave del capitán Lemon.

Piedra Buena nació en una población que desde su mismo origen debió cumplir una función estratégica: asegurar los dominios -primero de España y luego de nuestro país- sobre el sur. No es casual entonces que, como aquellos vecinos que él conoció y debieron armarse en defensa del país en 1827, él tuviese la misma predisposición y vocación de servicio para asegurarle a la Argentina sus derechos soberanos sobre los mares del sur.

Las continuas guerras internas que experimentó nuestro país luego de su emancipación fueron propicias para los planes de Chile en su búsqueda de ampliar su territorio y ocupar, como queda de manifiesto a partir de la fundación de Punta Arenas, la gran isla de Tierra del Fuego. En este escenario de conflictos -que se mantendrían hasta fines del siglo XX- actuó Piedra Buena, procurando establecer hitos de soberanía sobre el mar y las islas de nuestro extremo sur. Esta manera de actuar, que singulariza su vida, es lo que lo convirtió en el hijo más representativo del río Negro, en cuyas orillas nació -en términos geopolíticos- la Argentina patagónica.

PEDRO PESATTI (*)

Especial para «Río Negro»

(*) Profesor en Letras y legislador de Río Negro.

PEDRO PESATTI


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