El ídolo enjaulado 

Por James Neilson



 Diego Maradona, el argentino más famoso de todos los tiempos, más que Juan Domingo Perón o Evita, Carlos Menem o Jorge Luis Borges, está preso. Lo han encarcelado en un cuerpo cambiado que engorda sin cesar, haciéndose cada vez más torpe y más inseguro, un cuerpo que necesita ya drogas, ya un curso de rehabilitación de severidad militar, y todos los periodistas del mundo lo rodean, interrogándolo ruidosamente, registrando sus movimientos con sus cámaras, jurándole que lo único que les interesa es “salvarlo” y que ésta es su forma de hacerlo. Maradona quiere salir del lugar en que está atrapado para ir a lo que había creído sería su futuro, pero no encuentra la puerta apropiada. No es que no haya puertas, sino que algunas, las más prometedoras, le están vedadas y otras son falsas. Le dicen que está libre, que puede permitirse todo porque es el más grande, un auténtico héroe nacional, pero también le hablan de crimen y de su muerte inminente. Diego, le dicen, aléjate de tus amigos, de tu “manager” Guillermo Cóppola, porque te están matando. ¿Lo están? ¿O será la insaciabilidad de los medios que nunca lo dejan en paz, o “la política”, el país o el peso intolerable de la fama, lo que lo ha condenado?

Hay por lo menos tres Maradona. Uno es el futbolista que fue, el recordado “ídolo” de millones de argentinos y napolitanos, el deportista más renombrado de una época en la que por obra de los empresarios televisivos el deporte profesional se convertiría en una obsesión casi universal, al punto de que hoy todo político que se precie se siente obligado a decirnos cuál es “su” equipo favorito y que sus derrotas lo llenan de melancolía.

También está Maradona celebridad, el integrante de aquella cohorte de personajes vistosos, por lo general inútiles, que por motivos a menudo incomprensibles siempre “son noticia”: los periodistas suelen despreciarlos, mofándose de su interés por interesarse en sus vicisitudes, el que atribuyen a la gula del público consumidor. Esta actitud ambigua – sabemos que son basura pero tenemos que “cubrirlos” por razones netamente comerciales – contribuye a viciar la relación de los medios con quienes conforman una fuente de materia prima imprescindible y que, obvio es decirlo, viven reclamando la atención ajena.

Y, parapetado detrás de los recuerdos de sus hazañas en la cancha y el estrépito de la fama mediática, está Maradona el hombre que gracias a una combinación de destreza física muy especial con la capacidad, afín a la de un ajedrecista, para entender instantáneamente el significado “estratégico” de una situación determinada en el campo de juego, pudo liberarse de la vida estrecha que de otro modo hubiera tenido que aceptar. Aunque su viaje desde el anonimato hacia la fama ha sido insólito, no está en condiciones de explicar lo que significa su experiencia, si es que tiene algún sentido.

¿Cuál importa más? Muchos, sensibleros, dirían que lo que realmente les importa es Maradona el hombre, la persona que creen haber aprendido a conocer a través de la televisión. Mentirían. A lo sumo, toman la persona en la que se ha transformado por una suerte de representante, el muchacho de un barrio miserable que logró encandilar a centenares de millones hasta el punto en que su nombre sería vinculado automáticamente con el de su país, la Argentina, en toda Africa, Asia y Europa. ¿Existe un solo viajero que, luego de decir “Argentina”, no haya recibido la respuesta “Maradona”?

Otros, deseosos de aclarar que su propia afición al fútbol no tiene nada que ver con el fervor ignorante de la gente común, afirmarían que el Maradona que admiran es el jugador, el astro cuyas proezas están grabadas en millones de cintas y memorias. Puede que haya algunos que sinceramente piensen así, pero serán muy pocos. Para la mayoría, es suficiente saber que Maradona ha estado entre los más grandes, que anotó un gol perfecto contra los ingleses, porque así pueden justificar la innegable fascinación que ha ejercido su triste carrera extradeportiva, la de Maradona celebridad. Será por eso que la voluntad difundida de exaltar el genio del deportista se ha intensificado con el tiempo, con los tributos más exagerados llegando cuando ya no le era tan fácil correr tras una pelota. A diferencia de otros del circo mediático, no es un Don Nadie.

Este Maradona, el famoso con mucho dinero y que protagoniza escenas bochornosas, o sea, el menos digno, está en la raíz del fenómeno desopilante, a un tiempo vergonzoso y patético, que se ha producido en torno a su figura. Si, luego de saberse demasiado viejo para jugar como antes, Maradona hubiera elegido transformarse en un empresario respetable, en un director técnico eficaz , un comentarista televisivo o un funcionario, emulando así a otros “idolos” como Juan Manuel Fangio, el ciclista español Perico Delgado o Pelé, los medios no especializados se hubieran cansado muy pronto de él. Por lo común, los deportistas jubilados que se adaptan sin problemas a sus nuevas circunstancias son aburridos, sin duda porque alcanzaron la plenitud a una edad en que otros apenas habrán comenzado a hacer sus pinitos. El éxito precoz es un privilegio que naturalmente propende a frenarles su crecimiento como personas.

Lo que distinguió a Maradona de estos pares suyos fue su indisimulada vocación autodestructiva. Incluso cuando aún brillaba con luz propia el público mundial se dio cuenta de que su caída sería espectacular, que como tantos otros de origen “humilde” se autodestruiría drogándose, mezclándose en escándalos, amenazando a periodistas un día para reclamar su presencia el siguiente, gastando una fortuna en bienes de consumo rabiosamente vulgares y formulando declaraciones “políticas” tan rimbombantes como absurdas. Lo mismo que un carnívoro que huele sangre, los medios se pusieron a acosarlo, a invitarlo a mostrar una vez más que por ser el mejor no le sería exigido respetar límite alguno, a desempeñar por enésima vez el rol del transgresor. Maradona ha cumplido su parte del pacto maligno así supuesto: en los breves años de su ocaso ha generado más “noticias” que durante toda su larga carrera profesional.

Según una encuesta cuyos resultados fueron difundidos hace algunas semanas, Maradona fue, con la excepción del ya ex presidente Carlos Menem, el argentino “más influyente” de la década final del siglo XX. Descartada la posibilidad de que los consultados sencillamente no comprendían el sentido de la palabra “influyente”, ¿qué significaba este veredicto a primera vista ridículo? Acaso que para millones el ex jugador es a su modo el argentino arquetípico que, si bien es mucho más talentoso que las personas de cualquier otra nacionalidad, siempre se las arreglará para arruinarlo todo.

En cierta forma, la trayectoria deprimente de Maradona, el inmenso fracaso que tan rápidamente ha sucedido al éxito deslumbrante y al parecer sin esfuerzo de los comienzos, ha servido para confirmar uno de los mitos nacionales más queridos, el de que el país está repleto de superdotados muy superiores a sus hipotéticos equivalentes de otras latitudes pero que por alguna razón se resisten a aprovechar esta ventaja única. O, quizás, que para los presuntamente influidos por Maradona su ejemplo ha mostrado que en un mundo tan malévolo como el nuestro nadie, por genial que fuera, podría defenderse contra los golpes arteros del destino. Se trata de otro mito, relacionado con el anterior, que ayuda a complacer a los muchos que son reacios a reconocer que con frecuencia sus problemas se deben exclusivamente a sus propios errores.


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