El inventor del destino

El celebrado escritor, poeta y traductor norteamericano Paul Auster visita por estos días la Argentina, en el marco de la Feria Internacional del Libro. En este "Cultural", un perfil del autor de "El palacio de la luna" y "Mr. Vértigo", algunos de sus poemas menos difundidos y un fragmento del guión de la película que dirigió junto a Wayne Wang, "Los humos del vecino".



Su vida es una de esas historias que inspiran a continuar tratando de realizar los sueños. En su libro autobiográfico “A salto de mata”, describe muchas de las peripecias que soportó para mantenerse a flote en el oficio. Y en esto refleja una conducta típicamente americana: la épica como un camino. “El precio que uno paga por la libertad es el combate, tener que pelearla”, le remató al músico.

Vivió cuatro años en París trabajando de telefonista y traductor, también estuvo embarcado en un buque petrolero sobre el golfo de México, haciendo de ayudante de cocina y encargado del aseo, todo con el fin de costear sus horas de escritura y lectura. Justo antes de la época de bonanza que le provocó la herencia de su padre, Auster había decidido dedicarse exclusivamente a la poesía y el ensayo porque lo otro “salía mal”. Lo otro eran las novelas que lo transformarían en uno de los escritores más conocidos del mundo. Su obra poética fue recuperada para el público masivo hace relativamente poco tiempo.

Obras como “El país de las últimas cosas” y “La invención de la soledad”, fuertemente influenciadas por su residencia en París, lo transformaron en autor de culto. “La música del azar” cautivó a la crítica y “El palacio de la luna” lo instaló en las listas de best seller. “La trilogía de Nueva York”, “Leviatán” y “Mr. Vértigo” no hicieron más que confirmar la atracción que el autor logra sobre su público.

Habitante de Brooklyn, su estancia fuera de Manhattan le ha servido para narrar un mundo distinto, en donde la gran ciudad y las costumbres del barrio se entremezclan.

Su colaboración con el director Wayne Wang en “Smoke” (“Cigarros”) y en “Blue in the face” (“Los humos del vecino) grafican, desde otro arte, una manera de percibir el mundo. Estas historias cotidianas, sinceras (una de las condiciones que puso para trabajar en tales proyectos cinematográficos fue que en los diálogos no debía haber cinismo) y cargadas de afecto hablan de sus mayores obsesiones: la relación con su padre, los cigarros puros, el barrio, el azar y la escritura. “La vida puede venirse abajo con tal facilidad… Todo puede cambiar en un instante. La sensación de la fragilidad de la vida me persigue sin descanso. Me contagia una gran alegría -la de estar vivo-y, al mismo tiempo, un miedo atroz: por el hecho de poder perder con tanta facilidad a la gente que queremos”, le dijo al escritor y poeta francés Gerard De Cortanze.

Los seres creados por Auster andan en la búsqueda de algo o alguien mientras dialogan con la muerte en una escena que recuerda a las partidas de ajedrez que jugaba el caballero con su destino en el filme de Ingmar Bergman, “El séptimo sello”.

“Como todo novelista, estoy en todos y cada uno de mis personajes, pero en mi fuero interno estoy convencido de que existen por sí mismos, que son muy distintos de mí”, le dijo a De Cortanze, y completa esta idea: “Muchas veces se considera al novelista una especie de dios que manipula unas marionetas, pero en mi caso la experiencia de la escritura no depende nunca de esa categoría: es una necesidad interior”.

Los personajes de Auster siguen destinos consecuentes, no caprichosos. Por eso resultan igual de fantásticos que sus reflejos humanos.

Escribió en “El país de las últimas cosas”, un comienzo magistral que retrotrae a un pensamiento filosófico imbricado con la poesía:

“Estas son las últimas cosas -escribía ella. Desaparecen una a una y no vuelven nunca más. Puedo hablarte de las que yo he visto, de las que ya no existen, pero dudo que haya tiempo para ello. Ahora todo ocurre tan rápidamente que no puedo seguir el ritmo. No espero que me entiendas. Tú no has visto nada de esto y, aunque lo intentaras, jamás podrías imaginártelo. Estas son las última cosas. Una casa está aquí un día y al siguiente desaparece. Una calle, por la que uno caminaba ayer, hoy ya no está aquí. Incluso el clima cambia de forma continua: un día de sol seguido de uno de lluvia; un día de nieve, luego uno de niebla; templado, después fresco; viento seguido de quietud; un rato de frío intenso y hoy, por ejemplo, en pleno invierno, una tarde de luz esplendorosa, tan cálida que no necesitas llevar más que un jersey”.

Auster se cuida mucho de no dejar evidencias del esfuerzo que le implica armar el rompecabezas de sus obras. Define su trabajo mediante otra contradicción: por un lado, la no obligatoriedad del oficio en el marco de un acto diario y disciplinado; y por el otro, la necesidad vital de llevarlo a cabo. “Escribir no es placentero. Es un trabajo duro y se sufre mucho. Por momentos uno se siente inepto: la sensación de fracaso es enorme y eso significa que no hay sentimiento de satisfacción o de triunfo. Pero el problema es peor si no escribo: me siento perdido. Si no escribo, siento que mi vida carece de sentido”, ha dicho.

En el universo de Paul Auster, las probabilidades son una contingencia del genio y la travesía.

Claudio Andrade

candrade@rionegro.com.ar


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