El monólogo sustituye al debate de ideas
Los centenares de participantes del último coloquio del Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina (IDEA), realizado en Mar del Plata, pudieron escuchar una impactante exposición de Luiz Inácio “Lula” da Silva, el ex presidente de Brasil que se retiró con todos los honores en enero del 2011 después de dos mandatos consecutivos. En ediciones anteriores, también habían disertado en ese foro empresario otros ex jefes de Estado como Ricardo Lagos (Chile); José María Aznar (España); Fernando Henrique Cardoso (Brasil); Tabaré Vázquez (Uruguay) o Alejandro Toledo (Perú). Todos se prestaron además a una ronda de preguntas de los asistentes. No se trata de una preferencia deliberada de los ejecutivos argentinos hacia mandatarios extranjeros. La realidad indica que ni Néstor Kirchner primero, ni Cristina Fernández de Kirchner después, se hicieron presentes en IDEA a pesar de haber sido invitados en todas las ocasiones. Sólo CFK participó de un almuerzo en 2007, dentro de un ciclo de encuentros con los candidatos presidenciales de ese año. Pero, una vez electa, no asistió a ninguno de estos tradicionales Coloquios, que en los últimos años también fueron quedando raleados de ministros del gobierno nacional. La excepción más notoria fue la de Roberto Lavagna, quien disertó en tres encuentros consecutivos, incluyendo el de 2005, días antes de ser desplazado del Palacio de Hacienda. De ahí en más, ninguno de sus sucesores se acercó a Mar del Plata. Esta reticencia oficial tiene una explicación oficiosa: dicen que Néstor Kirchner solía caracterizar a IDEA como representativa del establishment empresario neoliberal con el que le interesaba mostrarse políticamente enfrentado. Ello a pesar de que los estatutos de la entidad –fundada en 1960– la definen como no gremial, ni sectorial, ni partidaria y que entre sus 400 empresas socias coexisten compañías de todo tamaño, actividad y origen de capital. Entre ellas, multinacionales argentinas y extranjeras, pymes del interior, compañías industriales y de servicios, contratistas del Estado o entidades financieras. Con tal diversidad de intereses, los Coloquios no arrojan pronunciamientos unánimes, aunque sirven para palpar el clima empresario. Incluso, muchos titulares periodísticos surgen de declaraciones que, a título individual, formulan sus participantes en los pasillos. Pero el objetivo central de estos encuentros apunta a generar diálogos y debates sobre cuestiones de fondo –de mediano y largo plazo, nacionales o internacionales– que permitan buscar puntos de consenso entre el sector privado y el sector público. Sin embargo, como ocurre con el tango, para bailar hacen falta dos. Y el gobierno K no sólo buscó pareja entre entidades empresarias más dispuestas a aplaudir que a debatir, sino que también pasó a privilegiar el “relato” acerca de la economía y sus instituciones como un monólogo sustitutivo del diálogo entre gente civilizada que puede interpretar la realidad y sus perspectivas de diferentes maneras. Pese a ser el caso más notorio y persistente, la falta de interlocutores oficiales no es privativa de IDEA. Y a veces obliga a reemplazos llamativos. Sin ir más lejos, en la convención anual realizada a fines de septiembre en El Calafate por el Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas (IAEF), el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, comunicó días antes que por razones de agenda no podría ser el orador del almuerzo de apertura. Su lugar fue ocupado entonces por el escritor Jorge Asís, uno de los críticos más agudos y mordaces de la gestión kirchnerista. En el mismo mes, la Unión Industrial Argentina (UIA) volvió a perder el monopolio de la celebración del Día de la Industria a manos de la Casa Rosada, que organizó en Tecnópolis un acto con varias entidades empresarias –algunas enfrentadas entre sí– y tuvo a CFK como única y exclusiva oradora con un discurso de casi 90 minutos. Ahora la UIA anuncia para noviembre su Conferencia Industrial, con la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff como invitada especial junto a la mandataria argentina, quien no se privó de recibir a Lula horas antes de la apertura del Coloquio de IDEA. A pesar de esos desplantes, difícilmente podrá encontrarse a algún dirigente empresario dispuesto a formular cuestionamientos públicos. Por lo general, suelen invocar indirectamente la necesidad de un mayor diálogo o –en términos más intelectuales– una mayor articulación público– privada como base para políticas de Estado. Lo más curioso es que esa articulación funciona donde no mete la cola la política con minúscula que suele practicar el oficialismo, siempre proclive a desempolvar prontuarios y a confrontar en base a una cambiante lógica de amigo-enemigo. Un caso elogiable es el del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), que tiene en marcha numerosos acuerdos de cooperación con empresas privadas en materia de innovación, especialmente en biotecnología vegetal y animal y procesos industriales. Otro es el del Invap, con su red de pymes proveedoras de alta tecnología. O la Ley de Software, que permitió crear una fuerte base exportadora a numerosas firmas del sector. La lista podría engrosarse con el generoso régimen fiscal para biocombustibles que colocó a la Argentina a la cabeza del ranking mundial de exportadores; salvo que, de la noche a la mañana, el gobierno resolvió recientemente recortar abruptamente los subsidios y precios para reducirle el costo de ese insumo a YPF. No obstante, debido a la falta de diálogo previo, debió rectificarse parcialmente para evitar la quiebra de numerosas pymes del sector, en una situación que se mantiene con final abierto. La tendencia oficial a imponer medidas sin consultar ni medir de antemano sus consecuencias, ya provocó resultados desastrosos en materia energética que condicionan al resto de la economía. También una innumerable cantidad de problemas en los últimos 12 meses, a partir de los controles cambiarios, las trabas a la importación, la tácita prohibición de girar utilidades o los plazos incumplibles para liquidar exportaciones, que luego debieron ser corregidos. Y como respuesta un derrumbe de la inversión privada, que explica la fuerte desaceleración del crecimiento económico. Es un costo demasiado alto frente a la alternativa más racional y constructiva de un diálogo de ida y vuelta con distintos sectores económicos, que lamentablemente no figura en el diccionario kirchnerista.
NÉSTOR O. SCIBONA
Los centenares de participantes del último coloquio del Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina (IDEA), realizado en Mar del Plata, pudieron escuchar una impactante exposición de Luiz Inácio “Lula” da Silva, el ex presidente de Brasil que se retiró con todos los honores en enero del 2011 después de dos mandatos consecutivos. En ediciones anteriores, también habían disertado en ese foro empresario otros ex jefes de Estado como Ricardo Lagos (Chile); José María Aznar (España); Fernando Henrique Cardoso (Brasil); Tabaré Vázquez (Uruguay) o Alejandro Toledo (Perú). Todos se prestaron además a una ronda de preguntas de los asistentes. No se trata de una preferencia deliberada de los ejecutivos argentinos hacia mandatarios extranjeros. La realidad indica que ni Néstor Kirchner primero, ni Cristina Fernández de Kirchner después, se hicieron presentes en IDEA a pesar de haber sido invitados en todas las ocasiones. Sólo CFK participó de un almuerzo en 2007, dentro de un ciclo de encuentros con los candidatos presidenciales de ese año. Pero, una vez electa, no asistió a ninguno de estos tradicionales Coloquios, que en los últimos años también fueron quedando raleados de ministros del gobierno nacional. La excepción más notoria fue la de Roberto Lavagna, quien disertó en tres encuentros consecutivos, incluyendo el de 2005, días antes de ser desplazado del Palacio de Hacienda. De ahí en más, ninguno de sus sucesores se acercó a Mar del Plata. Esta reticencia oficial tiene una explicación oficiosa: dicen que Néstor Kirchner solía caracterizar a IDEA como representativa del establishment empresario neoliberal con el que le interesaba mostrarse políticamente enfrentado. Ello a pesar de que los estatutos de la entidad –fundada en 1960– la definen como no gremial, ni sectorial, ni partidaria y que entre sus 400 empresas socias coexisten compañías de todo tamaño, actividad y origen de capital. Entre ellas, multinacionales argentinas y extranjeras, pymes del interior, compañías industriales y de servicios, contratistas del Estado o entidades financieras. Con tal diversidad de intereses, los Coloquios no arrojan pronunciamientos unánimes, aunque sirven para palpar el clima empresario. Incluso, muchos titulares periodísticos surgen de declaraciones que, a título individual, formulan sus participantes en los pasillos. Pero el objetivo central de estos encuentros apunta a generar diálogos y debates sobre cuestiones de fondo –de mediano y largo plazo, nacionales o internacionales– que permitan buscar puntos de consenso entre el sector privado y el sector público. Sin embargo, como ocurre con el tango, para bailar hacen falta dos. Y el gobierno K no sólo buscó pareja entre entidades empresarias más dispuestas a aplaudir que a debatir, sino que también pasó a privilegiar el “relato” acerca de la economía y sus instituciones como un monólogo sustitutivo del diálogo entre gente civilizada que puede interpretar la realidad y sus perspectivas de diferentes maneras. Pese a ser el caso más notorio y persistente, la falta de interlocutores oficiales no es privativa de IDEA. Y a veces obliga a reemplazos llamativos. Sin ir más lejos, en la convención anual realizada a fines de septiembre en El Calafate por el Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas (IAEF), el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, comunicó días antes que por razones de agenda no podría ser el orador del almuerzo de apertura. Su lugar fue ocupado entonces por el escritor Jorge Asís, uno de los críticos más agudos y mordaces de la gestión kirchnerista. En el mismo mes, la Unión Industrial Argentina (UIA) volvió a perder el monopolio de la celebración del Día de la Industria a manos de la Casa Rosada, que organizó en Tecnópolis un acto con varias entidades empresarias –algunas enfrentadas entre sí– y tuvo a CFK como única y exclusiva oradora con un discurso de casi 90 minutos. Ahora la UIA anuncia para noviembre su Conferencia Industrial, con la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff como invitada especial junto a la mandataria argentina, quien no se privó de recibir a Lula horas antes de la apertura del Coloquio de IDEA. A pesar de esos desplantes, difícilmente podrá encontrarse a algún dirigente empresario dispuesto a formular cuestionamientos públicos. Por lo general, suelen invocar indirectamente la necesidad de un mayor diálogo o –en términos más intelectuales– una mayor articulación público– privada como base para políticas de Estado. Lo más curioso es que esa articulación funciona donde no mete la cola la política con minúscula que suele practicar el oficialismo, siempre proclive a desempolvar prontuarios y a confrontar en base a una cambiante lógica de amigo-enemigo. Un caso elogiable es el del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), que tiene en marcha numerosos acuerdos de cooperación con empresas privadas en materia de innovación, especialmente en biotecnología vegetal y animal y procesos industriales. Otro es el del Invap, con su red de pymes proveedoras de alta tecnología. O la Ley de Software, que permitió crear una fuerte base exportadora a numerosas firmas del sector. La lista podría engrosarse con el generoso régimen fiscal para biocombustibles que colocó a la Argentina a la cabeza del ranking mundial de exportadores; salvo que, de la noche a la mañana, el gobierno resolvió recientemente recortar abruptamente los subsidios y precios para reducirle el costo de ese insumo a YPF. No obstante, debido a la falta de diálogo previo, debió rectificarse parcialmente para evitar la quiebra de numerosas pymes del sector, en una situación que se mantiene con final abierto. La tendencia oficial a imponer medidas sin consultar ni medir de antemano sus consecuencias, ya provocó resultados desastrosos en materia energética que condicionan al resto de la economía. También una innumerable cantidad de problemas en los últimos 12 meses, a partir de los controles cambiarios, las trabas a la importación, la tácita prohibición de girar utilidades o los plazos incumplibles para liquidar exportaciones, que luego debieron ser corregidos. Y como respuesta un derrumbe de la inversión privada, que explica la fuerte desaceleración del crecimiento económico. Es un costo demasiado alto frente a la alternativa más racional y constructiva de un diálogo de ida y vuelta con distintos sectores económicos, que lamentablemente no figura en el diccionario kirchnerista.
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