El mundo de los rebeldes

Por James Neilson

Ya que tanto los países de tradiciones occidentales como muchos otros se han habituado a la democracia, en casi todos los ámbitos se ha impuesto lo que podríamos llamar el igualitarismo radical, la noción de que por ser intrínsecamente malas las jerarquías de cualquier tipo, intentar discriminar entre las distintas personas, culturas, religiones, modalidades artísticas, actividades, formas de hablar o sistemas sociales, es de por sí perverso y debería ser prohibido. Las consecuencias de esta doctrina ubicua han sido notables. El populismo, que es su corolario lógico, ha incidido profundamente en la educación, que se ha hecho menos exigente por momentos para que todos puedan disfrutar de su derecho a un diploma universitario, en las artes porque, al fin y al cabo, un artefacto somalí merece el mismo respeto que un cuadro de Botticelli y las efusiones de un vate perteneciente a una «minoría» no pueden juzgarse menos valiosas las obras completas de Shakespeare y en la política internacional porque, como sabemos, todas las culturas son iguales: el primer ministro Silvio Berlusconi fue tratado como un racista, cuando no un fascista insolente, por opinar que la cultura occidental era superior a la musulmana. De haber dicho lo contrario, los demás europeos lo hubieran ovacionado por su espíritu progresista.

Muchos han atribuido esta situación bastante extraña -hasta hace poco, lo «normal» era creer que lo propio es mejor que lo ajeno- a la «culpa poscolonial» que presuntamente obsesiona a los europeos y norteamericanos, a la vergüenza que sienten por haber regido el mundo, por Auschwitz, la bomba atómica, el neoliberalismo y tantos otros crímenes de lesa humanidad. Sin embargo, es probable que en el fondo se haya debido menos a la historia europea, que en cuanto a la agresividad no es peor que la de las demás civilizaciones, que a la matemática. Mientras que la democracia occidental presupone el ideal de la igualdad en todos los sentidos, el mundo real no es equitativo en absoluto: siempre habrá algunos que sean más inteligentes, más cultos, más bellos, más poderosos, más ricos y más «exitosos» que otros. Puesto que por la naturaleza de las cosas los «exitosos» escasean y los «fracasados» o, cuando menos, «perdedores» son multitudinarios, andando el tiempo los esfuerzos de estos últimos por corregir tal injusticia no pueden sino traducirse en un asalto generalizado contra las sociedades que efectivamente existen.

Que algo así sucedería fue previsto por pensadores que hoy en día serían calificados de «políticamente incorrectos» como Alexis de Tocqueville, Friedrich Nietzsche y, más tarde, el español José Ortega y Gasset. Sus vaticinios lúgubres resultaron proféticos. Aunque en Estados Unidos el mito del «sueño norteamericano» según el que con tal que trabaje con tesón cualquiera podría alcanzar «el éxito», combinado con un estilo público populachero, ha reducido muchas tensiones, el crecimiento explosivo de una nueva casta académica, cuyos miembros se cuentan por decenas de millares, todos los cuales se suponen émulos de las figuras más prestigiosas del pasado, ha dado lugar a lo que el crítico literario excéntrico Harold Bloom ha denominado «la cultura del resentimiento» impulsada por feministas furibundos, negristas, sociólogos, homosexuales, lobbistas étnicos y así por el estilo que están resueltos a demoler toda jerarquía, institucionalizada o meramente imaginaria, que aún quede de pie.

Tal conducta es lógica. En las sociedades democráticas el «rebelde» es un arquetipo muy pero muy respetado que, conforme a la leyenda, a menudo termina imponiendo su ley. Mientras los «rebeldes» fueran personajes realmente excepcionales, hombres o mujeres creativos que tenían el coraje necesario para hacer frente a un establishment monolítico y autoritario, la particularidad así supuesta servía para estimular el progreso al provocar cambios a veces muy positivos. En la actualidad, empero, casi todos, sin excluir los integrantes más característicos del establishment, propenden a creerse «rebeldes», de manera que protestar se ha convertido en un estilo de vida y, por motivos comprensibles, la voluntad de tantos de diferenciarse, de ser más rebeldes que cualquiera y de encontrar motivos antes insospechados para indignarse, amenaza con volverse inmanejable.

En la Argentina, el oposicionismo sistemático ha contribuido de forma decisiva al colapso económico y a la fragmentación política que hace pensar que tendrán que transcurrir años antes de que por fin el país logre dotarse de un gobierno aceptable. Aunque a esta altura todos, salvo los profesionales de la protesta, entienden muy bien que el país seguirá siendo capitalista y que por lo tanto le convendría enseñarse a funcionar mejor dentro de dicho marco, los instintos contestatarios de peronistas, radicales, izquierdistas, jóvenes inteligentes, académicos, pensadores, eclesiásticos y otros le impiden poner manos a la obra. Para colmo, cuanto peor se haga el estado de la sociedad y por ende más urgente el problema, más tentadora parecerá la alternativa contestataria. Si bien las actitudes reivindicadas por los «rebeldes» son por lo común arcaicas, la crisis que han desatado es inconfundiblemente moderna.

El conflicto estructural entre el igualitarismo que subyace en la ideología dominante por un lado y, por el otro, la realidad nada igualitaria, ha afectado de manera diferente a Estados Unidos y la Unión Europea, los dos pilares de la civilización occidental de la que la democracia es acaso la creación política más espléndida. Fieles al principio de que todos los hombres son iguales, no han vacilado en abrir las puertas a decenas de millones de inmigrantes procedentes de sociedades no del todo democráticas en las que es considerada absurda e incluso abominable la idea de que los individuos, los géneros sexuales, los pueblos y, sobre todo, las religiones, sean igualmente respetables y que todos deberían convivir haciendo gala de su tolerancia mutua. Antes de los atentados contra Nueva York y Washington de setiembre del año pasado se daba por descontado que tales inmigrantes, lo mismo que tantos otros, se aculturarían, abandonando los odios y prejuicios «ancestrales» para convertirse en buenos norteamericanos o europeos. Muchos, sobre todo en Estados Unidos, lo han hecho, pero también son muchos los que, lejos de norteamericanizarse o europeizarse, se han replegado en sus propias comunidades. En Europa se ha visto que los hijos y nietos de inmigrantes musulmanes que habían intentado adoptar las costumbres del país en el que habían decidido establecerse están haciéndose mucho más integristas que sus progenitores, razón por la que una proporción significante de los asesinos de la red Al-Qaeda ha resultado ser legalmente europea.

En épocas menos ilustradas que la nuestra, las autoridades de los países más amenazados por la belicosidad sumamente violenta de musulmanes seducidos por lo que muchos llaman «el islamofascismo» -Francia, Holanda, Alemania, Dinamarca, Suecia, el Reino Unido- no hubieran vacilado en insistir en que todos los inmigrantes ya acepten respetar las leyes y, dentro de ciertos límites, las costumbres locales, ya regresen a su lugar de origen. A raíz de las atrocidades perpetradas por guerreros santos en Nueva York y, más recientemente, Bali y Moscú, además de los muchos asesinatos de mujeres de familias musulmanas que se habían comportado como si fueran occidentales criticando el machismo extremo de sus colectividades y de los intentos por parte de imanes de reintroducir la censura religiosa en países orgullosos de sus tradiciones libertarias, las actitudes han empezado a endurecerse.

Con todo, tan influyentes son las agrupaciones contestatarias, cuyos líderes suelen protestar automáticamente, con virulencia, si alguien se anima a sugerir que tal vez valdría la pena defender la tolerancia religiosa y los derechos de la mujer no sólo contra los conservadores occidentales que ya no pesan mucho sino también contra los ultraconservadores musulmanes -los que en Europa conforman «la derecha religiosa», categoría que en Estados Unidos dominan cristianos de ideas vehementes-, que es probable que la mayoría de los gobiernos europeos no reaccione hasta que se hayan producido algunas matanzas en sus propias ciudades. Aunque se negaran a actuar por miedo a parecer retrógrados, su pasividad no serviría para impedir que se produzca el temido «conflicto entre civilizaciones» que, para alarma de los optimistas, algunos han estado previendo. Puesto que la tolerancia es suicida a menos que todos estén dispuestos a practicarla, en tal caso los occidentales no tendrían más opción que la de postergar el inicio de la edad en la que nadie sea «víctima de la discriminación» porque sólo a un loco se le ocurriría afirmar que los amenazados no tienen derecho a «discriminar» contra aquellos que se han propuesto permitirles elegir entre sumarse a ellos y ser condenados a muerte.


Ya que tanto los países de tradiciones occidentales como muchos otros se han habituado a la democracia, en casi todos los ámbitos se ha impuesto lo que podríamos llamar el igualitarismo radical, la noción de que por ser intrínsecamente malas las jerarquías de cualquier tipo, intentar discriminar entre las distintas personas, culturas, religiones, modalidades artísticas, actividades, formas de hablar o sistemas sociales, es de por sí perverso y debería ser prohibido. Las consecuencias de esta doctrina ubicua han sido notables. El populismo, que es su corolario lógico, ha incidido profundamente en la educación, que se ha hecho menos exigente por momentos para que todos puedan disfrutar de su derecho a un diploma universitario, en las artes porque, al fin y al cabo, un artefacto somalí merece el mismo respeto que un cuadro de Botticelli y las efusiones de un vate perteneciente a una "minoría" no pueden juzgarse menos valiosas las obras completas de Shakespeare y en la política internacional porque, como sabemos, todas las culturas son iguales: el primer ministro Silvio Berlusconi fue tratado como un racista, cuando no un fascista insolente, por opinar que la cultura occidental era superior a la musulmana. De haber dicho lo contrario, los demás europeos lo hubieran ovacionado por su espíritu progresista.

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