El mundo nos juega en contra

Redacción

Por Redacción

Lo mismo que en el resto del mundo, aquí es habitual atribuir las vicisitudes políticas locales a factores casi exclusivamente internos, pero la Argentina forma parte de la “comunidad internacional” y por lo tanto está tan expuesta como cualquier otro país a lo que sucede en el resto del mundo. Es así no sólo cuando se trata de la importación de modalidades sociales de origen extranjero, por lo común estadounidenses, como el “matrimonio igualitario”, sino también de la evolución de la economía nacional. De no haber sido por el boom de los commodities que cobraba fuerza en los años iniciales de la década pasada, el modelo kirchnerista hubiera resultado inviable desde el primer día, mientras que, de haber comenzado a soplar con fuerza el “viento de cola” que tanto nos benefició cuando el gobierno de la Alianza empezaba su gestión, el país no hubiera sufrido la catastrófica crisis institucional y económica que estalló a fines del 2001 al desplomarse la convertibilidad y, con ella, el gobierno del presidente Fernando de la Rúa. Pues bien: todo hace pensar que la economía internacional está entrando en una nueva fase, una que, por desgracia, nos será mucho menos favorable que la anterior, lo que debería ser motivo de preocupación para quienes están preparándose para gobernar el país. El próximo presidente –sea Daniel Scioli, Mauricio Macri o Sergio Massa– se verá frente a un panorama bastante sombrío, ya que los precios de la soja y otros productos agrícolas que exportamos serán bajos en comparación con los de hace apenas un año y la esperanza de que el país se convierta en un imán irresistible para los inversores extranjeros se vería frustrada si, como parece inevitable, la Reserva Federal norteamericana optara por hacer subir la tasa de interés. Mal que nos pese, con la reputación de país deudor poco confiable que se las ha arreglado para adquirir a cuestas, la Argentina dista de ser atractiva desde el punto de vista de los gerentes de las corporaciones más grandes y los fondos de inversión que, como es lógico, se preocupan por las perspectivas a mediano y largo plazo y por lo tanto no se dejan influir por las promesas electorales formuladas por políticos ambiciosos. Puede que los esfuerzos en tal sentido de los operadores económicos de los tres presidenciables hayan motivado cierto interés en Estados Unidos y Europa pero, con la eventual excepción de algunos especuladores, sus interlocutores preferirán aguardar algunos meses, tal vez años, antes de arriesgarse. En las recientes reuniones que han celebrado el Fondo Monetario Internacional y otros organismos cuyos integrantes se dedican a monitorear la evolución de la economía mundial, los participantes no han disimulado el pesimismo que sienten a causa de la desaceleración de la poderosa locomotora china, los muchos problemas que está sufriendo la Eurozona, la recesión brasileña y la conciencia de que pronto llegará a su fin la era de dinero baratísimo posibilitada por la estrategia de la Reserva Federal. Temen que, como ocurre a intervalos de aproximadamente diez años, la economía mundial caiga nuevamente en crisis y que en esta oportunidad los países más golpeados sean los llamados “emergentes”, en especial aquellos en los que los gobiernos no aprovecharon debidamente los buenos tiempos para intentar llevar a cabo las siempre antipáticas reformas estructurales necesarias para modernizarse. Por ahora cuando menos, el consenso es que, en América Latina, Perú, Chile y Colombia están en condiciones de seguir creciendo, si bien a tasas modestas, pero otros países, entre ellos la Argentina y Venezuela, se encontrarán en graves dificultades. Se estima que la economía venezolana, luego de haber sido la cuarta de la región, ya es sólo la séptima y que para recuperarse necesitaría que aumentara mucho el precio de su único producto exportable, el petróleo, lo que es considerado muy poco probable en el futuro inmediato. Por suerte, la Argentina tiene una economía mucho más diversificada que la de su hermano chavista y las perspectivas políticas parecen decididamente menos alarmantes. Así y todo, la transición que se avecina no será fácil en absoluto, realidad ésta que los candidatos presidenciales seguirán pasando por alto por entender que el electorado castigaría al portador de malas noticias.


Lo mismo que en el resto del mundo, aquí es habitual atribuir las vicisitudes políticas locales a factores casi exclusivamente internos, pero la Argentina forma parte de la “comunidad internacional” y por lo tanto está tan expuesta como cualquier otro país a lo que sucede en el resto del mundo. Es así no sólo cuando se trata de la importación de modalidades sociales de origen extranjero, por lo común estadounidenses, como el “matrimonio igualitario”, sino también de la evolución de la economía nacional. De no haber sido por el boom de los commodities que cobraba fuerza en los años iniciales de la década pasada, el modelo kirchnerista hubiera resultado inviable desde el primer día, mientras que, de haber comenzado a soplar con fuerza el “viento de cola” que tanto nos benefició cuando el gobierno de la Alianza empezaba su gestión, el país no hubiera sufrido la catastrófica crisis institucional y económica que estalló a fines del 2001 al desplomarse la convertibilidad y, con ella, el gobierno del presidente Fernando de la Rúa. Pues bien: todo hace pensar que la economía internacional está entrando en una nueva fase, una que, por desgracia, nos será mucho menos favorable que la anterior, lo que debería ser motivo de preocupación para quienes están preparándose para gobernar el país. El próximo presidente –sea Daniel Scioli, Mauricio Macri o Sergio Massa– se verá frente a un panorama bastante sombrío, ya que los precios de la soja y otros productos agrícolas que exportamos serán bajos en comparación con los de hace apenas un año y la esperanza de que el país se convierta en un imán irresistible para los inversores extranjeros se vería frustrada si, como parece inevitable, la Reserva Federal norteamericana optara por hacer subir la tasa de interés. Mal que nos pese, con la reputación de país deudor poco confiable que se las ha arreglado para adquirir a cuestas, la Argentina dista de ser atractiva desde el punto de vista de los gerentes de las corporaciones más grandes y los fondos de inversión que, como es lógico, se preocupan por las perspectivas a mediano y largo plazo y por lo tanto no se dejan influir por las promesas electorales formuladas por políticos ambiciosos. Puede que los esfuerzos en tal sentido de los operadores económicos de los tres presidenciables hayan motivado cierto interés en Estados Unidos y Europa pero, con la eventual excepción de algunos especuladores, sus interlocutores preferirán aguardar algunos meses, tal vez años, antes de arriesgarse. En las recientes reuniones que han celebrado el Fondo Monetario Internacional y otros organismos cuyos integrantes se dedican a monitorear la evolución de la economía mundial, los participantes no han disimulado el pesimismo que sienten a causa de la desaceleración de la poderosa locomotora china, los muchos problemas que está sufriendo la Eurozona, la recesión brasileña y la conciencia de que pronto llegará a su fin la era de dinero baratísimo posibilitada por la estrategia de la Reserva Federal. Temen que, como ocurre a intervalos de aproximadamente diez años, la economía mundial caiga nuevamente en crisis y que en esta oportunidad los países más golpeados sean los llamados “emergentes”, en especial aquellos en los que los gobiernos no aprovecharon debidamente los buenos tiempos para intentar llevar a cabo las siempre antipáticas reformas estructurales necesarias para modernizarse. Por ahora cuando menos, el consenso es que, en América Latina, Perú, Chile y Colombia están en condiciones de seguir creciendo, si bien a tasas modestas, pero otros países, entre ellos la Argentina y Venezuela, se encontrarán en graves dificultades. Se estima que la economía venezolana, luego de haber sido la cuarta de la región, ya es sólo la séptima y que para recuperarse necesitaría que aumentara mucho el precio de su único producto exportable, el petróleo, lo que es considerado muy poco probable en el futuro inmediato. Por suerte, la Argentina tiene una economía mucho más diversificada que la de su hermano chavista y las perspectivas políticas parecen decididamente menos alarmantes. Así y todo, la transición que se avecina no será fácil en absoluto, realidad ésta que los candidatos presidenciales seguirán pasando por alto por entender que el electorado castigaría al portador de malas noticias.

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