El Nobel y los pobres



El nuevo Premio Nobel de la Paz otorgado a Muhammad Yunus, de Bangladesh, y su banco para los pobres debería ayudar a poner más atención a un problema explosivo en esta parte del mundo: la enorme cantidad de pobres en América Latina que viven excluidos del sistema capitalista.

Aunque mucho se está escribiendo con justa razón sobre la necesidad de que los países latinoamericanos sigan los pasos de China, India y otros estados que se han insertado exitosamente en la economía global, también es cierto que una gran cantidad de latinoamericanos ni siquiera está integrada a la economía de sus países.

Según varios estudios, más de la mitad de los Latinoamericanos operan en la llamada economía informal o subterránea. Un estudio reciente de 12 países de América Latina, realizado por el Instituto Libertad y Democracia y el Banco Interamericano de Desarrollo, ofrece algunos datos alarmantes:

El 65% de las propiedades urbanas en América Latina es “extra-legal”. Sus dueños no tienen documentos de propiedad válidos que les permitirían, por ejemplo, usarla como garantía para obtener un préstamo bancario para crear una empresa.

El 76% de las propiedades rurales en Latinoamérica es “extra-legal”. La mayoría de ellas son viviendas construidas en terrenos del Estado, que han sido ocupados por grupos de campesinos.

El 92% de las empresas en América Latina es “extra-legal”. Aunque muchas tienen un papel con algún tipo de registro, no cuentan con los documentos legales requeridos para emitir acciones, obtener créditos, o realizar trámites para importar o exportar productos.

El valor total de los activos “extra-legales” en América Latina suma u$s 1.2 trillones. Este “capital muerto” es varias veces mayor al de las inversiones extranjeras y las reservas bancarias de la región.

Un estudio separado de la Unidad de Inteligencia de la revista The Economist afirma que “por lo menos la mitad de la población latinoamericana, o sea unos 258 millones de personas, no tiene acceso a los servicios financieros formales”.

El Banco Grameen de Yunus, el flamante Premio Nobel, ofrece micro-créditos a los más pobres de los pobres, para ayudarlos a comprar una vaca, unos cuantos pollos o una máquina de coser. El banco no pide garantías, sino que confía en la presión grupal: los préstamos que promedian unos u$s 200 son dados a grupos de cinco personas, de los cuales dos reciben el dinero y los otros tres deben esperar a que el mismo sea devuelto al banco antes de poder exigir el desembolso de sus propios préstamos.

Aunque ya existen muchos bancos del estilo del Grameen Bank en América Latina la mayoría de ellos en Bolivia y Nicaragua y aunque cada vez más de las grandes entidades crediticias se están metiendo en el negocio de los micro-préstamos, muchos expertos en pobreza dicen que el alcance de estos pequeños créditos es limitado.

Ese dinero ayuda enormemente a que los más pobres entre los pobres puedan subsistir, pero no es una herramienta eficaz para lograr que la mayoría de los carenciados en Latinoamérica pueda recibir otros préstamos como u$s 5.000 ó 10.000 que les permita abrir un taller mecánico u otro negocio, contratar empleados y convertirse en pequeños empresarios.

El economista peruano Hernando de Soto, un pionero en el estudio de la economía informal mundial, que debería haber compartido el Nobel de Yunus y no sería de extrañar que lo gane en el futuro ha argumentado por muchos años más recientemente en su libro, El Misterio del Capital que la mejor receta para reducir dramáticamente la pobreza sería darles a los personas derechos de propiedad y una identidad comercial válida, que les permitiera ingresar en la economía legal.

Eso permitiría que decenas de millones de latinoamericanos que viven en la pobreza utilicen sus casas por más humildes que sean como garantías para obtener préstamos bancarios que les permitan empezar pequeñas empresas, o para convencer a otros más allá de su familia inmediata de que les presten dinero para nuevos proyectos comerciales. Actualmente, sólo las elites latinoamericanas tienen acceso a la mayoría de las herramientas para crear riqueza.

“En América Latina necesitamos derechos facilitadores”, me dijo De Soto en una entrevista reciente. “Tenemos muchas reglas prohibitivas que no nos permiten hacer esto o lo otro, pero no tenemos derechos facilitadores que nos permitan hacer transacciones comerciales con desconocidos”.

Mi conclusión: el Premio Nobel de Yunus es bien merecido. Pero para reducir la pobreza dramáticamente en la mayoría de los países latinoamericanos, la primera prioridad debería ser regularizar los derechos de propiedad y hacer que los millones de personas que viven en la economía subterránea ingresen en la economía formal. Si uno quiere que el capitalismo funcione, hay que permitir que todos tengan las herramientas para ser capitalistas.

 

ANDRES OPPENHEIMER (Periodista argentino. Analista internacional. Miami).

Especial para “Río Negro”


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