El “nunca más” educativo

por LAURA HOJMAN



Mirar hacia atrás, aún en épocas en las que la memoria decidió cambiar imágenes del horror por algunas más amables, como las de criticar en público y enseñar, aprender y leer libremente, es un ejercicio ineludible.

Muchos creen aún, tal vez por su edad, que debatir a los gritos en las universidades y escuelas, leer a todo tipo de autores, caminar con una biografía del “Che” bajo el brazo, o criticar a quienes nos representan, es una práctica más o menor.

Posiblemente algunos estén muy lejos de recordar –debido a que no lo vivieron, por edad o por no haber participado– que hubo generaciones, que hoy tienen entre 60 y 70 años que crecieron entre golpes militares, con la consecuente intromisión en los poderes y el corrimiento del escenario público cual objeto descartable, de un presidente votado democráticamente.

En este “aprendizaje” criaron a los hijos que hoy cuentan entre 40 y 50 años y que en su mayoría protagonizaron los '70. Esa época, constituyó para cientos de miles de estudiantes secundarios y universitarios, el pasaje del histórico autoritarismo argentino al protagonismo de las ideas, de la juventud, del debate por un país tal vez propio, tal vez soñando con esa nación dorada de los '60, cuando floreció la educación universitaria y la ciencia.

Sin embargo la utopía duró menos de un año y aún en el final de la democracia del '74 la mira apuntó a las universidades, bajo la amenaza del cierre, que luego se concretó en las de La Plata, Buenos Aires y Luján y que silenció y desterró y condenó al exilio y a la desaparición a miles de académicos notables.

Sin embargo, para aquellos escépticos que repitieron el “por algo será” o “algo habrán hecho”, queda como muestra los millones de libros de estudio quemados públicamente por los dictadores. Entre las obras no sólo estaban “condenadas” las del Centro Editor de América Latina –pionero en investigación de historia de los movimientos políticos y sociales de la región– sino también libros de delicadas autoras como María Elena Walsh o Elsa Bornemann, para los más chiquitos y textos de estudio de gramática estructural y matemática moderna hechos cenizas.

Como señaló la periodista especializada Judith Gociol en “Un Golpe a los libros”, la persecución fue en todos los frentes, pero “hubo un espacio que el ojo del censor vigiló con firmeza: el de la literatura infantil”. “Los militares se sentían en la obligación moral de preservar a la niñez de aquellos libros que –a su entender– ponían en cuestión valores sagrados como la familia, la religión o la patria. Gran parte de ese control era ejercido a través de la escuela, tal como demuestran las instrucciones de la “Operación Claridad”, firmadas por el jefe del Estado Mayor del Ejército, Roberto Viola. Según la autora, fueron “ideadas para detectar y secuestrar bibliografía marxista e identificar a los docentes que aconsejaban libros subversivos”.

Algunos emparentan esas “razzias”, a las quemas masivas de libros por los nazis (“bibliocausto”), que sufrieron algunos autores como Marcel Proust, H. G. Wells, Jack London, Thomas Mann.

Para cerrar este círculo, la conducción de la central docente CTERA recordó por estos días que en una de sus últimas novelas Humberto Eco “narra la historia de alguien que, víctima de un accidente cerebral, pierde la memoria y con ella la noción de su propia identidad. No sabe quién es, porque dejó de saber quién fue”.

Para la Confederación docente, el golpe militar de 1976 “apuntó a provocar una suerte de accidente cerebral colectivo; pérdida de sensibilidad por derrame de sangre; bloqueo de conciencia; adulteración de identidad y por ello, los ojos de esa bestia de tres cabezas que fue la Junta Militar, estuvieron desde el inicio fijos en la educación”.

(DyN)


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