El ocaso de la hegemonía estadounidense



En 1897, cuando Londres era la metrópoli de un mundo cada vez más globalizado custodiado por la marina real británica, Rudyard Kipling, un imperialista convencido, advirtió a sus compatriotas en un poema célebre, Recessional (o sea, “un himno de fin de oficio”) que “toda nuestra pompa” se esfumaría pronto como la “de Nínive y Tiro”, ciudades que en la temprana antigüedad habían disfrutado de su momento de esplendor pero que después serían olvidadas por casi todos salvo algunos historiadores especializados. La suya era una voz profética. Tendrían que pasar varias décadas y librarse dos guerras mundiales antes de que el británico tomara su lugar en la lista de imperios ya muertos, pero Kipling entendió que nada en este mundo es permanente y que si un pueblo determinado puede alcanzar la hegemonía, otros que son igualmente vigorosos y hábiles serían plenamente capaces de aprender de su ejemplo para emularlo.

En aquel entonces, el rival principal de Gran Bretaña era Alemania. De haber obrado con mayor astucia sus líderes, los alemanes pudieron haber desplazado a los isleños, pero cometieron tantos errores estratégicos que perdieron la oportunidad. En cambio, los norteamericanos, privilegiados por la geografía que, además de mantenerlos alejados de predadores, les dio espacio para una población que sería varias veces más numerosa que la británica o alemana, y por una cultura muy apropiada para una época en que las proezas económicas serían decisivas, lograron suceder a sus “primos” transatlánticos sin tener que enfrentarlos.

Por lo común, aciertan los que predicen el fin de la hegemonía del país más poderoso de turno. Es que los pueblos que se han acostumbrado a la supremacía suelen dormir sobre sus laureles. Se dedican a disfrutar de su buena suerte, mientras que sus competidores trabajan más y mejor. Aunque los norteamericanos han adquirido lo que es legítimo llamar un imperio, no están dispuestos a pagar el precio muy alto que suele exigirse a quienes asumen tamaña responsabilidad. Prefieren consumir a producir y endeudarse mucho a ahorrar, de ahí el auge económico asombroso de los años últimos y también el colapso estrepitoso reciente que les recordó que hay ciertos límites que es necesario respetar.

Con todo, a pesar de la abundancia de síntomas de decadencia en Estados Unidos, sería prematuro dar por sentado su pronta caída. Lo sería porque todos los candidatos a sucederlo en el rol del país más poderoso parecen aún más vulnerables. Quienes se concentran en los puntos débiles del imperio efectivamente existente son propensos a subestimar aquellos de los aspirantes a tomar su lugar. Los persuadidos de que el futuro pertenecería a Alemania o, más tarde, a la Unión Soviética o, en los años ochenta del siglo pasado, al Japón, se equivocaron, y puede que los vaticinios de quienes creen que está por llegar la hora de China, o tal vez la India, también se vean desvirtuados por lo que efectivamente ocurra.

Ya antes de desmoronarse una retahíla de instituciones financieras gigantescas y deslizarse hacia el precipicio la empresa emblemática General Motors, la elite norteamericana se resignaba al ocaso de su poder. Lo mismo que sus equivalentes británicos de un siglo atrás, los militares, políticos, empresarios y académicos más lúcidos de la superpotencia reinante sospechan que su momento de supremacía indiscutible está acercándose a su fin. Es lo que dicen los autores del informe del Consejo Nacional de Inteligencia estadounidense. No son catastrofistas. Confían que en 2025 su país seguirá siendo el más rico y más poderoso, pero en su opinión ya no le será dado actuar como si los demás no importaran.

Aunque la humildad así supuesta puede considerarse realista, los resultados de los esfuerzos de quienes aportaron al informe por identificar a los países que dentro de menos de 20 años estarían en condiciones de compartir con Estados Unidos el liderazgo mundial son cuando menos discutibles. Al parecer basándose en las previsiones de los financistas de Goldman Sachs, eligen a Brasil, Rusia, la India y China -los “BRICs”- como los candidatos más promisorios, pero sucede que las dificultades que todos tendrían que superar son tan enormes que parece muy poco probable que todos lleguen a cumplir el papel que los futurólogos norteamericanos les han reservado.

Las perspectivas demográficas de Rusia son desoladoras; los rusos son tan reacios a procrearse, y su expectativa de vida es tan breve, que pronto podrían constituir una minoría en un país de población mayormente musulmana. Por lo demás, la economía rusa depende casi por completo de las exportaciones de petróleo y gas: la caída reciente de los precios de tales commodities le ha asestado un golpe demoledor. Brasil se encuentra en una situación que es bastante mejor que la de Rusia, pero aún dista de ser un país desarrollado. En cuanto a la India y China, han crecido últimamente como factorías de los norteamericanos, europeos y japoneses. Para los asiáticos, una eventual depresión en el Primer Mundo sería una prueba muy dura porque los privaría del grueso de sus ingresos.

Así las cosas, siempre y cuando la crisis financiera que está agitando a los mercados mundiales no tenga consecuencias para Estados Unidos, Europa y el Japón que sean llamativamente peores que las previstas por los agoreros más pesimistas, las penurias económicas de la superpotencia podrían prolongar su supremacía al debilitar aún más a sus hipotéticos rivales, todos los cuales afrontarían gravísimos problemas sociales y políticos si dejaran de crecer. Claro, aun cuando en 2025 Estados Unidos siguiera conservando su condición de superpotencia única no podría relajarse. Además de frenar el ascenso supuestamente asegurado de China y la India, una larga crisis económica tendría efectos devastadores en muchos países que conforman el mundo musulmán en que hay un superávit de jóvenes sin posibilidad alguna de conseguir la clase de empleo que creen merecer.

La sensación de prosperidad incipiente que, gracias a la bonanza petrolera de los años últimos se ha difundido por buena parte del Medio Oriente, ha ayudado a anestesiar a los frustrados por la falta de oportunidades. De desvanecerse la esperanza así supuesta, las sanguinarias fantasías vengativas de los islamistas recuperarían el atractivo que según algunos analistas han perdido a causa del progreso económico, lo que crearía una situación tan conflictiva que muchos antiimperialistas actuales sentirían nostalgia por los días de la hegemonía estadounidense.

 

JAMES NEILSON

JAMES NEILSON


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