El palacio, la plaza y el frente

Por Redacción

Hace diez años Jaime Durán Barba y Santiago Nieto, en “Mujer, sexualidad, internet y política. Los nuevos electores latinoamericanos” (FCE, México, 2006), señalaron que desde hacía un tiempo los nuevos electores latinoamericanos no sentían la necesidad de ser representados. Era su “sociabilidad individualista” –valga el contrasentido– lo que los llevaba a vivir una “relación con el poder, o su falta de relación con él, desde su propio horizonte personal, usando los medios de comunicación”. De allí que los medios representan la política y los electores hablan por ellos. Todo lejos de los partidos o de aquellas formas en que clásicamente se establecían las mediaciones políticas. Igual de distante están esos nuevos modos de articulaciones conocidas como “espacios políticos”, forma depreciada de referir a lo que la política de partidos llamó por mucho tiempo frente político. Solo las izquierdas, como piezas de museo, conservaban ese vocabulario. Si el frente ya no contaba, aún menos lo hacía la política de la calle, especialmente aquella que busca reunir muchedumbres en el espacio acotado de la plaza. Cuando la plaza aparece llena de muchedumbres, según el mismo Durán Barba, se debe a la irrupción de la política como espectáculo. Y si en el centro de esa plaza y de la política de los partidos o las frentes, hay líderes carismáticos, sólo cuentan como actores de espectáculos divertidos en tanto prima en ellos puro oportunismo, histrionismo y engaño. Con este diagnóstico hay un modelo deseable de política para las democracias. Nada mejor que la política expresada desde los medios, la plaza vacía y la ausencia de liderazgos. El frente político tampoco es requerido, ya que una política menos intensa requiere sólo aquello que se canaliza en los palacios y sus bancas obtenidas desde los votos. Por supuesto, cuenta además del palacio donde reside el Poder Ejecutivo y el Legislativo, el que reúne a magistrados de todos los fueros, apegados por historia y sociología a estructuras conservadoras.

Lo sucedido en la multitudinaria convocatoria de ayer desmiente parcialmente el veredicto del consultor privilegiado del Pro. Ciertamente, la política democrática no puede vivir ni con ni sin la plaza. Una aparente contradicción que a su vez expresa un extraordinario dilema, sobre todo dentro de la tradición democrática argentina que expresa un permanente flujo y reflujo de muchedumbres movilizadas. La política de partidos, o lo que quede de ella, tampoco puede vivir ni con ni sin frentes, alianza o coalición. Si esta es política o social, resulta también desafío, mayormente entre quienes quieren estar en los dos escenarios de tensiones de la democracia, o sea tanto en la plaza como en el palacio.

La convocatoria frente al palacio de los jueces federales, igual que aquella reunida en la plaza de la Casa Rosada el 9 de diciembre del año pasado, parece ser el fiel del kirchnerismo como construcción desde el poder y resultado de la crisis dramática del 2001/2002. Ahora suma su “crisis” por la derrota electoral del 22 de noviembre. Crisis que pareciera más palaciega que de sus bases de apoyo. De allí que la discusión política cuenta como la suma de continuidades y quiebres en esos dos mundos. Y puede resumirse en una metáfora de alto impacto: la política para el kirchnerismo es tanto la plaza llena como la ocupación del palacio. Y si falla esta última, ya que sus huestes palaciegas –legisladores, gobernadores e intendentes– han decidido replegarse, se potencia la plaza y la idea del frente político.

Esa plaza cuenta con sentidos que por momentos pretenden recuperar las voces por momento inventadas de una democracia que jamás existió, en términos de Mayo de 1810 como cabildo abierto de ciudadanos libres e iguales. Esas voces y las que asumen al kirchnerismo con mucha certeza como ampliación y ejecución de derechos hablan de una plaza que es centralmente política aunque también es sociológica. Allí cuenta un ciudadano que se siente protagonista de un conjunto de identidades contrapuestas, de un sujeto recreado dentro de los movimientos sociales y en un otro que a veces es sólo sujeto singular, que acepta la interpelación del carisma producido por la figura de Cristina Fernández.

También en esa plaza, igual que la del día antes de la asunción de Mauricio Macri, reunió a partidos o facciones de partidos. Sin duda las partes peronistas resultaron más numerosas pero no exclusivas. Está el kirchnerismo, ese que a veces es una identidad en fragua que suma y resta para con los varios peronismos, además de cierta alma de centro izquierda o de izquierdas culturales. Es cierta medida cuenta la presencia de esa pretensiosa idea del primer kirchnerismo. La transversalidad parece haber sobrevivido. La llamada al frentismo de Cristina Fernández en su potente reaparición es una constatación de la existencia de un “frentismo social”, queriendo sumar ahora un frentismo político. Una voz que es tanto fórmula táctica pero, por sobre todo, autocrítica de un tiempo presidencial de cierta inflexibilidad.

Los dos actos, frente a palacios diferentes y mediando apenas cuatro meses, muestran los desafíos de la política de cara al tiempo del macrismo en el poder y su voluntad de dar vuelta la historia, dando mayor vitalidad a la política como plaza llena. Sin duda Cristina Fernández sigue siendo un actor central de la política argentina, independientemente de la plaza a llenar o la altura del atril y del palacio que le toca visitar.

(*) Profesor de Historia y Derecho Político, UNC

Opiniones

Gabriel Rafart (*)