El pan y la revolución

Por Jorge Gadano

Redacción

Por Redacción

Estamos ante una revolución social» dijo a «La Nación» el senador nacional Rodolfo Terragno a fines de enero último. El diario publicó esa declaración el 28 de enero, un lunes. El viernes anterior se había realizado un cacerolazo nacional.

Didáctico, Terragno explicó: «Toda revolución comienza de la misma manera. La gente reacciona ante lo que cree un orden injusto y, al principio, esa reacción es tumultuosa, inorgánica, no tiene a menudo ni siquiera liderazgo. Para desactivar una situación de esta naturaleza hay que actuar rápido».

El senador, uno de los dirigentes más cultos e inteligentes, si no el más, de la Unión Cívica Radical, no pronosticó cuál podría ser el desenlace del proceso revolucionario iniciado en diciembre pasado, pero advirtió que «es muy difícil, en medio de una revolución social, prever cómo se canalizarán las expectativas de la gente».

A dos meses de esa declaración es claro para cualquiera que las expectativas de la gente no están depositadas en las autoridades nacionales y provinciales. Tampoco -el mismo Terragno lo señala- en las que puedan surgir de elecciones anticipadas.

Lo que ha venido sucediendo desde el derrumbe del gobierno de Fernando de la Rúa hasta hoy es que las autoridades sobreviven no porque los ciudadanos que las votaron crean en ellas, sino porque no se alcanza a ver cómo se las puede sustituir. La consigna «que se vayan todos» deja una inquietante sensación de vacío.

¿Podrán esas autoridades ganar la confianza, o al menos las expectativas, de la que hoy carecen? Lo que están haciendo, o dejando de hacer, indica que no. Como también sucede cuando hay procesos revolucionarios en curso, las autoridades se hunden en el desconcierto y, en lugar de trazar una política firme y seguirla, corren detrás de los acontecimientos.

Como era de esperar, la devaluación de la moneda nacional que siguió a la ruptura de la paridad un peso-un dólar generó un considerable aumento de precios, especialmente en aquellos bienes denominados transables. Es una ley de la economía globalizada que quienes exportan esos bienes reciben por las ventas internas una retribución no inferior a la de las ventas al exterior. Y como la devaluación ha elevado considerablemente sus ingresos en pesos, esos aumentos se trasladan a los precios internos. En consecuencia, la harina aumentó no menos de un ciento por ciento, y el pan también. En el centro de la capital neuquina los industriales panaderos protestaron «a la japonesa» repartiendo pan gratuitamente y juntaron a unas mil personas de los arrabales que les arrebataron en 20 minutos los cinco mil kilos que acumularon entre 50 panaderías. Eso es hambre, mucho más significativo que las estadísticas de Naciones Unidas que hablan de una sexta parte de la población mundial que se esfuerza por sobrevivir con un dólar por día.

Naturalmente, bajo tales condiciones arrecian las protestas, crece la violencia y los saqueadores merodean en torno de los supermercados enfrentando a policías blindados.

¿Qué tiene que ver el pan con la revolución? Sería una reducción simplista decir que la combinación entre la escasez y el precio del pan fue la causa de la Revolución Francesa. Pero no lo es afirmar que fue uno de sus motores.

Eric Hobsbawn, uno de los más prestigiosos historiadores contemporáneos, describe la relación entre el pan y la revolución en un capítulo de su libro «Las revoluciones burguesas». Dice que en la Francia del siglo XVIII la última década anterior a la revolución había sido, «por una compleja serie de razones, una época de graves dificultades para todas las ramas de la economía francesa. Una mala cosecha (de trigo) en 1788 y en 1789 y un dificilísimo invierno agudizaron aquella crisis». Añade el historiador inglés que el fenómeno afectó a los productores del campo, pero también «a las clases pobres urbanas, para quienes el coste de vida, empezando por el pan, se duplica». De lo que resultaba que «los pobres rurales estaban desesperados y desvalidos a causa de los motines y los actos de bandolerismo (y) los pobres urbanos lo estaban doblemente por el cese del trabajo (la desocupación) en el preciso momento en que el coste de la vida se elevaba». Nada es igual, pero cualquiera puede apreciar que en la Argentina de hoy están pasando cosas parecidas.

Hobsbawn cree que esta crisis «no hubiera pasado de provocar algún tumulto» en circunstancias normales. «Pero en 1788 y 1789, una mayor convulsión en el reino, una campaña de propaganda electoral, daba a la desesperación del pueblo una perspectiva política al introducir en sus mentes la tremenda y sísmica idea de liberarse de la opresión y la tiranía de los ricos».

Y párrafos después, Hobsbawn recuerda que frente al pueblo sublevado «todo lo que quedaba de la fuerza del Estado eran unos cuantos regimientos de utilidad dudosa, una Asamblea Nacional sin fuerza coercitiva y una infinidad de administraciones provinciales o municipales de clase media que pronto pondrían en pie a unidades de burgueses armados, guardias nacionales, según el modelo de París».

No es que uno le desee mal a nadie, ni tampoco que piense en un desenlace que fatalmente favorezca a los fines de los revolucionarios que intervienen en estos procesos. Pero, se sabe, las cabezas del rey y su mujer rodaron en 1793. Hace poco más de 200 años.


Estamos ante una revolución social" dijo a "La Nación" el senador nacional Rodolfo Terragno a fines de enero último. El diario publicó esa declaración el 28 de enero, un lunes. El viernes anterior se había realizado un cacerolazo nacional.

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