El pasado siempre enseña

Por Susana Mazza Ramos





El inca Garcilaso de la Vega narra en sus «Comentarios Reales» que, según la leyenda, Manco Capac y Mama Colo -hijos del Dios creador del Universo «Illa Tici Uira Cocha» o «Viracocha»- se establecieron en el valle del Cuzco, porque allí lograron hundir una cuña de oro sin esfuerzo.

Manco Capac enseñó a los hombres la agricultura, y para mejor organizar su imperio, lo cimentó éticamente sobre la base de tres postulados: no robar, no dejar de trabajar, no mentir jamás (en quechua: 'ama sua', 'ama cquella', 'ama llella').

Es probable que en el gobierno incásico existiera cierta dosis de corrupción -la hubo en casi todas las organizaciones políticas en el transcurso de los tiempos y casi con seguridad la habrá en los siglos por venir-, pero esta trilogía asombra porque además de su eticidad áspera y simple, fue el indudable basamento de un colosal imperio, el Tahuantisuyo.

Para la particularísima forma de ejercer la función pública en nuestros días, también el imperio incásico nos deslumbra con lecciones sorprendentes.

En efecto, el funcionario dedicado al desciframiento de los «kipus», llamado Kipucamayoc, que ignorara lo que en razón de sus funciones hubiera debido saber, o el que mentía a sabiendas, era muerto sin remisión.

Es difícil estimar cuántos funcionarios desaparecerían bajo las manos del verdugo, si esta cruenta sanción administrativa se practicase en la actualidad.

La función de los kipucamayoc era la equivalente -según nuestra organización gubernamental- a la de los funcionarios económicos, titulares de las áreas correspondientes a las finanzas públicas, elaboración del presupuesto, estadísticas y censos, planificación, etc.

Toda la vida económica de Tahuantisuyo es una larga lucha entre las necesidades de una población superabundante y creciente (estimada en doce millones de almas) y las posibilidades de una tierra pobre y de límites exiguos para ella. Por ello, los incas no permitían que quedase tierra inculta y elaboraron todo un plan regulador de la producción en sus diferentes aspectos.

Una vez conquistada una nueva provincia, se censaba a la población, y por medio de los «kipus» se asentaba una prolija contabilidad de habitantes, con especificación de su sexo, edad y aptitudes respectivas.

Luego, visitadores o inspectores reales procedían a levantar un censo de la superficie de las tierras cultivadas, de la extensión y calidad de las posiblemente cultivables y del mejor aprovechamiento que de unas y otras podía hacerse (estudios de factibilidad).

A continuación, se tomaba nota de las minas, aguadas, salinas, bosques que el territorio contenía, de la importancia y ubicación de los habitantes y de la conveniencia y posibilidad de una ubicación más racional.

Este doble censo de personas y de inmuebles se completaba con un tercero de los principales bienes muebles -especialmente ganados- y, por último, de acuerdo con los cálculos fijados por los «kipucamayoc», se procedía a levantar un mapa en relieve, que era sometido a consideración del inca, el cual -con el asesoramiento de sus consejeros- determinaba las medidas que habrían de tomarse.

A los estadígrafos, calculistas, hacedores de 'kipus' y geómetras, les sucedía una legión de ingenieros y de colonos. Los primeros labraban los «sucres» sobre las laderas de las montañas, con lo cual el área cultivable casi se duplicaba; largos acueductos, represas y diques establecían las reservas potables necesarias y las redes de caminos y puentes completaban la infraestructura de la superficie a cultivar.

Al llegar los colonos, comenzaban a trabajar, enseñando a los primitivos habitantes de la zona las técnicas de labranza incaica, el abono de los campos y las normas del trabajo colectivo.

Lo que resulta asombroso -tal vez por su inimaginable reproducción en la egoísta y globalizada sociedad actual- es la clasificación que dieron a la tierra y sus cultivos, con la creación de la llamada «tierra de los incapaces», es decir de las viudas, huérfanos, enfermos, ciegos, discapacitados y soldados en campaña, consagrando el derecho a la asistencia para todos aquellos que se encontraban desvalidos o impedidos de trabajar temporaria o permanentemente.

Para esa solidaria empresa, se designaban colonos aptos para trabajar las tierras, los cuales se consideraban «honrados» con el nombramiento.

Como culminación de esta verdadera creación de la asistencia y previsión social -que obviamente no es logro de gobernantes del siglo XX- en todas las grandes ciudades, en ciertos cruces estratégicos de los caminos o cerca de los centros de producción agrícola-ganaderos del país existían los «depósitos fiscales», en los que se acopiaban los productos obtenidos de los terrenos del inca: maíz, papas, quinua, ganados, cueros, lana de guanacos y carne hecha «charqui».

En los períodos de escasez, el mismo soberano ordenaba su apertura y el pueblo recibía, por mano de los funcionarios subalternos de la administración (que a su vez eran controlados en esa tarea por inspectores) lo que necesitaba para cubrir su «déficit doméstico» y las necesidades básicas de su familia.

¿Habrán leído estas lecciones del pasado quienes poseen el honroso mandato que la ciudadanía les otorgó en las urnas? Confiemos en que sí lo han hecho aquellos que próximamente recibirán ese poder.


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