El plan de convertibilidad
Por Francisco Tropeano (Especial para "Río Negro")
La convertibilidad con tipo de cambio fijo, como condición necesaria, integra en la Argentina un modelo con disposiciones legales y reglamentarias referidas a normas cambiarias, monetarias, fiscales, presupuestarias, sobre comercio exterior, desregulaciones, privatizaciones, apertura de la economía, etc.; lo que efectivamente conforma la política económica neoliberal del mismo. El destino de la convertibilidad hoy, es precisamente no tener destino, ni futuro.
La economía está en «piloto automático» y los referentes económicos actúan con el «manual del operador» en una situación límite de un enfermo al que se le ha colocado el «respirador artificial», el que a su vez está alimentado por cuatro válvulas, algunas ya tapadas y otras obstruidas. La terapia intensiva, el control y monitoreo están a cargo de los funcionarios del FMI.
Los sistemas de convertibilidad han sido siempre respuestas a situaciones de debilidad económica, alta inflación y pérdida de confianza en la moneda local; situaciones que se dieron en la Argentina cuando se la implantó; pero deben ser temporarios, para no desembocar en situaciones como las que padecemos. La convertibilidad no es un instrumento nuevo, sus orígenes se remontan al siglo XIX, precisamente a 1849: en el archipiélago con dominación británica de las Islas Mauricio, se aplicó un sistema de caja de conversión denominado «Courrency Boards» y fue luego común en las colonias británicas. Las rigideces con respecto a la base monetaria, con tipo de cambio fijo, quitan al Estado la autonomía para realizar políticas monetarias activas. Al comenzar el siglo XX, alrededor de 70 países habían implantado el sistema, siendo la mayoría colonias o protectorado británicos, con monedas estables convertibles a liras esterlinas, al dólar o marco alemán, en otros casos.
Como vemos, no es un invento argentino, tiene su historia en el mundo y también en nuestro país, donde la circulación del papel moneda se anticipó a la existencia de los Bancos; y se emitieron billetes convertibles a la vista. Es decir que nuestro papel moneda emitido por un Banco nació con convertibilidad. Desde 1867 hubo convertibilidad y desde 1876 a 1881 hubo inconvertibilidad. También tenemos antecedentes de bimonetarismo (como el actual) ya que se permitió la circulación legal de monedas extranjeras hasta 1881. Un dato curioso: con la vigencia de la ley de Bancos Garantidos, que podía emitir billetes, llegaron a circular hasta 1899 alrededor de 190 clases de billetes; desorden al que puso fin precisamente la ley de Conversión.
Entre los años 1883 y 1885; entre 1899 y 1914 y entre 1927 y 1929 hubo convertibilidad en Argentina. En los 50 años últimos asistimos a hechos y medidas que preanuncian el desbarajuste monetario: a) supresión del respaldo en oro; b) reforma del Estatuto del Banco Central y c) reordenamiento de regímenes de garantía de depósitos y de la ley de Bancos. La culminación fue la reforma de la Constitución en 1949; trasladando facultades del Congreso de la Nación al Poder Ejecutivo, concentrando poder discrecional para emitir dinero con consecuencias formidables para el progresivo deterioro de nuestra moneda.
A comienzos de 1991, la situación inflacionaria de arrastre, junto a factores estructurales de la economía, hizo perder la confianza de la gente en la moneda nacional como reserva de valor y medio de circulación y pagos. El Estado, de hecho, había perdido la soberanía monetaria; mientras que una coyuntura externa muy favorable facilitó la implantación de la convertibilidad; alimentada por cuatro válvulas: a) Las tasas de interés internacionales muy bajas, con pocos antecedentes en décadas; b) Los precios internacionales de nuestros commodities, comprados con los importables, con clara tendencia en términos de intercambio en favor de Argentina; c) El ingreso de capitales externos aprovechando las mejores tasas de Argentina, amparados por el tipo de cambio fijo; y d) El programa de privatizaciones generando cuantiosos ingresos al Estado.
¿Qué pasó luego de 3 ó 4 años? Comenzaron los problemas con las válvulas de alimentación. La primera está muy afectada (elevación de tasas); la segunda está obstruida; la tercera (al margen del presunto ingreso de divisas por blanqueo de capitales del narcotráfico) está muy afectada. Dicho sea de paso: la Argentina es el país más liberal del mundo en materia de acceso a su mercado financiero, absolutamente permisivo; ni Chile ni Brasil tienen esa política; y hoy nuestro país es muy vulnerable a la volatibilidad de capitales y a turbulencias financieras mundiales. Y en cuanto a la cuarta, ya hay muy poco para vender; la válvula está prácticamente cerrada y por ella no hay alimentación significativa.
La primera advertencia sobre la fragilidad del sistema la dio el Tequila; no hicimos nada. Brasil sí. Perdimos más de siete mil millones en depósitos -ahorro- y fanfarroneamos con la fortaleza de la economía Argentina. Hasta la inspectora del FMI, Teresa Ter Minassian, lo reconoce.¿Quién puede imaginar un mercado de capitales con estabilidad, transparencia y competencia como condición para un tipo de cambio de libre flotación?
Me resisto a realizar presagios dramáticos, pero esta situación debe revertirse o no habrá viabilidad política para mantenerla. El gobierno ha heredado «un explosivo con reloj»; no hay solución cambiándolo de manos (aunque sean más limpias); hay que arrojarlo lejos. Hay preocupación por turbulencias sociales; se trabaja en la formación de «redes de contención» o de «protección social» (al decir de Alvarez-Meijide), sin darse cuenta de que no hay red posible que pueda contener el peso muerto de una economía que no crece con una concentración de la renta y una distribución tan injusta y depredadora, como no se ha conocido en las últimas décadas.
Nadie, sensatamente, podría plantear que el recurso de la devaluación o la inflación es el único camino para salir de la mordaza cambiaria y monetaria. El planteo es falso, porque no se defiende ninguna estabilidad con planes recesivos, basados solamente en una estabilidad monetaria con tipo de cambio fijo, como condición previa y obligada al crecimiento con desarrollo; único camino posible para que haya verdadera estabilidad. Si el gobierno insiste en la receta, esto terminará muy mal. No hay medidas ni programa a la vista, para revertir la situación; entonces habrá más ajustes, más persistentes y profundos.
La convertibilidad se ha «convertido» en un fin en sí misma, como política económica estática (referirse a ella es pecaminoso); pero no puede dar más que miseria, desindustrialización, precarización social, achique interno, retroceso social y económico. Endiosar la moneda y endemoniar la producción es no comprender nada sobre la naturaleza de aquélla. En la distribución mundial del capital y del trabajo, Argentina deberá retroceder a la economía agrícola-ganadera de comienzos de siglo (lo dijo Clinton) y las condiciones para ello fueron establecidas con las políticas aplicadas en la última década.
Se ha establecido en la conciencia social el miedo a la devaluación (cuotas de autos, casas, préstamos, etc.), se ha chantajeado descaradamente en los actos eleccionarios; y este miedo paraliza; incluso después de que Terragno planteara muy bien el tema; se lo acalló y antes de las elecciones, el actual presidente hizo campaña con el eslogan «conmigo, un peso un dólar». Al que habla hoy contra la convertibilidad se lo acusa de estar en favor de la inflación. En todos los tiempos, a las víctimas de la inflación (obreros, empleados, clase media) se los ha hecho responsables de mantener el status quo de su propia pauperización. Ni Kafka lo hubiera imaginado mejor.
De este túnel no se sale sino con medidas simultáneas, profundas, contundentes, que reactiven la producción y la demanda interna y las exportaciones. No con devaluación solamente contraría a toda racionalidad económica (pero es imposible no hacerla; habrá que devaluar mercancías, bienes o salarios, no hay otra y la elección depende del poder político). Salir de la convertibilidad será traumático, pero permanecer en ella implicará que en forma paulatina se pase de la «mano invisible» del mercado a la «manu militari» del autoritarismo. Sonará alarmista pero es real, hay que prevenirlo. Cuanto más tarde peor y no se contará entonces con el apoyo y consenso social para una amplia convocatoria, que hoy podría respaldarla; antes de que se malgaste el «tiempo político» de la esperanza. No existe un poder monetario sobre la tierra que pueda -sólo él- generar por arte de magia una expansión en la producción. El verdadero ímpetu del sistema está en la acumulación por medio de la producción y el intercambio de mercancías. Tampoco hay un solo tipo de cambio fijado por el mercado o por la autoridad monetaria que logre el equilibrio, correspondiente a una determinada etapa de la demanda y técnicas mundiales. Cada situación tiene una tasa de equilibrio que se corresponde con una tasa de interés y un nivel de demanda efectiva. Eso es lo que hay que estudiar ahora. Cuando se toma una medida cambiaria, debe simultánea y necesariamente adoptarse otras medidas; de lo contrario, devaluar es una locura. Deberán adoptarse las medidas simultáneas adaptadas a las particularidades de nuestra situación y la de los mercados mundiales. Si no lo hacemos, y rápido, que Dios nos ayude (para los creyentes); que la razón nos ilumine (para los racionalistas); que la verdad objetiva prevalezca (para los dialécticos materialistas); pero por favor: que el cambio no nos sea indiferente, porque estamos frente a un monstruo que pisa fuerte.
La convertibilidad con tipo de cambio fijo, como condición necesaria, integra en la Argentina un modelo con disposiciones legales y reglamentarias referidas a normas cambiarias, monetarias, fiscales, presupuestarias, sobre comercio exterior, desregulaciones, privatizaciones, apertura de la economía, etc.; lo que efectivamente conforma la política económica neoliberal del mismo. El destino de la convertibilidad hoy, es precisamente no tener destino, ni futuro.
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