El populismo tiene patas cortas





Hace apenas un año, pareció que América Latina estaba a punto de entregarse al populismo. El venezolano Hugo Chávez, el ecuatoriano Rafael Correa y el boliviano Evo Morales disfrutaban del apoyo de una mayoría impresionante de sus conciudadanos respectivos, mientras que en nuestro país era tanto el dominio de Néstor Kirchner, que le resultó sencillo asegurar que su mujer Cristina lo sucediera en la Casa Rosada. Pero desde entonces mucho ha cambiado. Luego de perder un referéndum constitucional que convocó con el propósito de permitirse ser reelegido indefinidamente, Chávez ha visto mermar su poder y su autoridad de resultas de problemas económicos que perjudican a los más pobres y de los vínculos estrechos con los terroristas de las FARC que le han supuesto un grave conflicto con Colombia cuyo presidente, Álvaro Uribe, es mucho más popular en su país de lo que es el paladín de lo que llama «el socialismo del siglo XXI» en el suyo. En Ecuador, Correa está perdiendo terreno después de gozar de una luna de miel breve. En Bolivia, el indigenismo agresivo de Morales ha provocado la reacción fuerte de los departamentos, entre ellos el de Santa Cruz, que conforman la Media Luna y el domingo pasado su candidato fue derrotado en las elecciones para prefecto en Chuquisaca, de suerte que siete de los nueve departamentos bolivianos ya están en manos de la oposición. Y en la Argentina, los Kirchner han sufrido reveses que les impedirán seguir tratando al país como si lo creyeran un feudo personal, puesto que la razón por la que ha caído verticalmente el índice de aprobación de los dos tiene menos que ver con las controvertidas retenciones al campo que con la forma prepotente con que ambos han tratado de reivindicarlas.

Así, pues, el populismo latinoamericano de retórica izquierdista ha entrado en una crisis de la que no le será nada fácil sustraerse. Mientras que los países en los que por un rato se impuso dicha modalidad predomina el desconcierto al darse cuenta una proporción cada vez mayor de la gente de que siempre fueron vacías las promesas que la habían seducido, en Brasil, Uruguay y, a pesar de las dificultades recientes, Chile, el clima es de optimismo puesto que la mayoría entiende que el gobierno local está manejando la economía con sobriedad, realismo y la conciencia de que es necesario pensar en el mediano y el largo plazos. A diferencia de sus homólogos populistas, Luiz Inácio «Lula» da Silva, Tabaré Vázquez y Michelle Bachelet, entienden que es mejor resistirse a la tentación de tomar medidas que tarde o temprano resultarían contraproducentes aun cuando podría suponerles un aumento fugaz de su popularidad. No vacilaron en hacer lo necesario para mantener bajo control la inflación y permitir que aumentaran las tarifas energéticas en cuanto les fue evidente que los costos internacionales seguirían siendo muy altos. Huelga decir que a tales mandatarios no se les ocurrió intentar engañar al resto del mundo publicando estadísticas falsas sobre la evolución del costo de vida u obligar a las empresas energéticas a subsidiar el consumo de los residentes urbanos de clase media por motivos electoralistas.

El que estos populistas alcanzaran el poder en un período determinado y que sus respectivos gobiernos estén en apuros al mismo tiempo puede imputarse tanto a la influencia de la economía internacional como a su propia miopía. La escalada de los precios de las commodities, trátese del petróleo, del gas o de la soja, favoreció a quienes se afirmaban mucho más interesados en redistribuir las riquezas ya disponibles que en impulsar la productividad o prepararse para enfrentar una etapa de años flacos, pero administrarían tan mal, y de forma tan burdamente politizada los ingresos procedentes de la exportación de commodities que a pesar de la gran cantidad de dinero que pasaba por sus manos no lograrían mejorar visiblemente el nivel de vida de los sectores más pobres que constituían su base electoral. Asimismo, la arrogancia típica de quienes se suponen dueños de verdades absolutas y la corrupción, que en América Latina siempre prospera bajo regímenes populistas, resultarían más que suficientes como para poner fin pronto a la ilusión que su llegada ayudaría a reducir de forma permanente la desigualdad económica que es tan característica de la región.


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