El precio de la esterilidad

Redacción

Por Redacción

Mirando al sur

Tal y como están las cosas, la civilización moderna a la cual nos hemos acostumbrado no es viable. Tiene los días contados no porque, como dicen los preocupados por el cambio climático, esté transformando el planeta en un horno, sino porque es reacia a reproducirse. A lo sumo, le queda medio siglo más de vida. ¿Y entonces? Tomará su lugar otra civilización que, para no compartir el mismo destino, tendría que basarse en valores muy distintos de los vigentes en el Occidente actual, lo que es una mala noticia para los progresistas, los feministas, los defensores de los derechos de minorías y, sobre todo, para quienes quieren vivir en sociedades libres.

Los datos son contundentes. No es necesario ser un especialista en la materia para entender que, a menos que las tendencias demográficas de los años últimos se reviertan muy pronto, países como Grecia, España, Italia, Alemania, Rusia y Japón se vaciarán de nativos. Al hacer agua los sistemas asistenciales europeos a causa de los cambios demográficos que están en marcha, muchos gobiernos están procurando adaptarse a circunstancias que sus antecesores no previeron, pero hasta ahora han fracasado todos los esfuerzos por estimular la natalidad.

También está produciendo consecuencias cada vez más negativas la alternativa elegida un par de décadas atrás que consiste en importar decenas de millones de jóvenes de Asia y África con la esperanza de que sirvan de antídoto al envejecimiento muy rápido de la población local. No sólo se trata de la reacción previsible de “xenófobos” asustados por la proliferación de terroristas islámicos sino también de la conciencia tardía de que la mayoría de los inmigrantes no está en condiciones de aportar nada positivo a economías avanzadas.

Lo que está sucediendo no hubiera sorprendido al pensador alemán Oswald Spengler. Hace casi un siglo, en 1918, apareció el primer tomo de la obra que lo convertiría en el símbolo máximo del pesimismo cultural: la decadencia de Occidente. La tesis de Spengler se basaba en la idea de que todas las culturas son organismos que, andando el tiempo, pierden el vigor juvenil que las hizo expandirse para entonces envejecer y, como corresponde, resignarse a morir.

No se trata sólo del envejecimiento rápido de las poblaciones de Europa, Japón y, con matices, Estados Unidos. El problema es más grave. El progreso económico y tecnológico que tanto promete y que ha posibilitado un grado de bienestar para el hombre común que los reyes de otros tiempos hubieran envidiado viene con una píldora venenosa. No es una cuestión de “modelos”; luego de alcanzar cierto nivel de prosperidad, lo que requiere la participación activa de la mayoría de los habitantes de un país, incluyendo a las mujeres, todas las sociedades terminan sufriendo el mismo mal.

¿A qué se debe la falta de vitalidad de un orden socioeconómico que, según todas las pautas en boga, ha sido fabulosamente exitoso, pero que ha puesto en riesgo su futuro al negarse a perpetuarse? Algunos la atribuyen a las deficiencias de los programas sociales, la falta de viviendas baratas, al desempleo, la desigualdad, la austeridad fiscal, a lo terriblemente difícil que es para los europeos mantener una familia como la de sus antepasados en las condiciones imperantes.

¿Es así? Lo sería hasta cierto punto, pero sucede que los niños aún abundan en países que son muchísimo más pobres que los occidentales, en parte porque, para sus progenitores, son económicamente valiosos. Sea como fuere, no cabe duda de que, en términos darwinianos, el atraso conlleva algunas ventajas decisivas; gracias a su fecundidad, pueblos subdesarrollados que siguen aferrándose a tradiciones y supersticiones que otros han dejado atrás estarán en condiciones de heredar la Tierra.

A los progresistas laicos y otros racionalistas que llevan la voz cantante en la cultura occidental no les gustaría reconocerlo, pero el desplome de la tasa de natalidad en Europa coincidió con el abandono de la fe religiosa. En un lapso muy breve, perdieron creyentes no sólo las distintas confesiones cristianas, sino también cultos como el comunismo que también pretendían asegurar la salvación de generaciones futuras a cambio del sacrificio de las actuales. Hay una relación íntima entre la religiosidad y la voluntad de procrear. En Estados Unidos es notorio que los habitantes del llamado “cinturón bíblico” dominado por evangélicos, bautistas y otros similares propendan a tener familias llamativamente más numerosas que las de sus compatriotas de ideas menos anticuadas.

Para muchos en los países ricos se ha hecho irrespirable el clima de escepticismo que se difundió al desprestigiarse las viejas certezas, de ahí la proliferación de brotes de fanatismo tanto en ámbitos académicos elitistas como en otros de pretensiones más rudimentarias en los que la gente está tomando conciencia de que, al romperse el pacto implícito entre el presente y el porvenir que durante milenios sirvió para dar cierta cohesión a sociedades tribales, étnicas, nacionales e incluso imperios, el individuo se ve abandonado a su suerte. El vacío resultante está en la raíz de la crisis existencial que amenaza con destruir primero la Europa que conocemos y después, tal vez, los países transatlánticos que colonizó cuando sus habitantes confiaban en su destino colectivo.

No es que la fe religiosa sea un afrodisíaco poderoso. Es que los distintos cultos ofrecen a quienes los toman en serio la convicción o, si se prefiere, la ilusión de estar vinculado directamente con un poder omnisciente que, en la versión cristiana, sabe todo cuanto uno piensa o siente, lo que ayuda a fortalecer la sensación de unidad que las comunidades necesitan para sobrevivir. Decía Blaise Pascal: “Me aterra el silencio eterno de esos espacios infinitos”. Mientras que los creyentes se suponen acompañados, los demás ya se resignan a la soledad absoluta en un universo sin sentido, ya se niegan a dejarse perturbar por asuntos que les parecen demasiado abstrusos.

Si sólo se tratara de problemas filosóficos tales diferencias carecerían de importancia, pero a juzgar por lo que está ocurriendo en el mundo, los cambios de actitud de los años últimos han tenido consecuencias concretas muy profundas.

A la sociedad moderna le queda a lo sumo medio siglo de vida y tomará su lugar otra civilización basada en valores muy distintos. Mala noticia para los amantes de la libertad.

¿A qué se debe la falta de vitalidad de un orden socioeconómico que ha sido fabulosamente exitoso, pero que ha puesto en riesgo su futuro al negarse a reproducirse?

Datos

A la sociedad moderna le queda a lo sumo medio siglo de vida y tomará su lugar otra civilización basada en valores muy distintos. Mala noticia para los amantes de la libertad.
¿A qué se debe la falta de vitalidad de un orden socioeconómico que ha sido fabulosamente exitoso, pero que ha puesto en riesgo su futuro al negarse a reproducirse?


Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora