El pueblo judío celebra su año 5767

Serán dos días de festejo, ocho de reflexión, para finalizar con el Día del Perdón.



BUENOS AIRES (Télam).- El año nuevo judío o Rosh Hashana 5767 -según el calendario hebreo- comenzó ayer a la tarde y comprenderá dos días de festejos, de un total de diez dedicados a la reflexión, al cabo de los cuales tendrá lugar la sagrada fiesta de Yom Kipur, o Día del Perdón.

Por ley, el primero y segundo día de Rosh Hashana son feriados en la Argentina para los observantes del rito judío.

En el Año Nuevo es de estilo desear “leshaná tová ticatev vetejatem”, saludo que significa “que seas inscripto y sellado (en el Libro de la Vida) para un buen año”.

A la vez, íntimamente, es de rigor preguntarse: “jeshbon hanefesh”, que quiere decir: “qué he hecho de mi vida”. El judío deberá responder ante Dios, ante sí y ante los otros, por lo malo que hizo o lo bueno que omitió hacer.

Las ofensas hechas a Dios, son perdonadas por Dios y las hechas contra sí mismo, por la propia conciencia; pero recibir el perdón de los semejantes, dependerá de la voluntad de cada ofendido.

De tal forma, el balance no se hace en la vejez, al finalizar la vida, sino cada año nuevo, y esto tiene el sentido de querer avanzar, un poco cada vez, en el camino hacia la virtud.

Rosh Hashana plantea así, mediante el juicio anual, un camino hacia la virtud, cuyo recorrido implica arrepentirse de las malas acciones (teshuvá), ejercer la caridad (tzedaká) y recitar la oración (tefilá).

Entre el Rosh Hashaná (literalmente, cabeza de año) y el Yom Kipur (Día del Perdón) transcurren diez días de penitencia en los que se evoca la vuelta de Moisés desde el Monte Sinaí (“Estuvo allí con Yahveh 40 días y 40 noches sin comer ni beber”, Exodo 34).

Tras convencer a Dios del arrepentimiento de su pueblo por haber roto las Tablas de la Ley al adorar al becerro de oro, Moisés regresó con el perdón divino y la prohibición de hacer imágenes a su semejanza.

Esto es de una importancia conceptual enorme: no sólo supone evolucionar hacia el monoteísmo, sino elevarse hacia la idea abstracta de Dios, por sobre la percepción sensorial de una imagen o tótem, que puede ser visto y tocado.


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