El reino de la improvisación

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su marido no sólo son reacios a dialogar con sus adversarios de la oposición. Tampoco están acostumbrados a mantener informados a los integrantes jerárquicos de su gobierno acerca de las medidas que se proponen tomar. Según se informa, nadie en la AFIP tenía la menor idea de que la presidenta estaba por anunciar un cambio radical del sistema impositivo eliminando la "tablita de Machinea". Como el ministro de Economía, Carlos Fernández, cuando Cristina decretó el fin de los fondos de pensión privados, los responsables de recaudar los impuestos se enteraron de la novedad en el mismo momento que el resto de la población del país. Por supuesto que no se trata de la primera ocasión en que la presidenta o quien fue presidente hayan preparado una decisión importante sin pensar en consultar a los ministros o secretarios que tendrían que implementarla. Están habituados a actuar así desde que Néstor Kirchner se erigió en gobernador de la provincia de Santa Cruz.

Pues bien: aun cuando los dos fueran economistas sumamente capaces sería mejor para el país, y para ellos mismos, que tomaran en cuenta las opiniones de otros, pero sucede que a juicio de los expertos en la materia ninguno de los dos se ha destacado por sus conocimientos económicos. Conforme al ex titular del Banco Central, Alfonso Prat Gay, Néstor Kirchner sabe más que la mayoría de los políticos pero menos que cualquier economista profesional, lo que es una forma de decir que es un aficionado acaso talentoso. En cuanto a la presidenta, a juzgar por ciertas declaraciones suyas, es dueña de una cultura económica muy rudimentaria, de suerte que es de suponer que se limita a aprobar las sugerencias de su marido. De todos modos, es claramente peligroso que en medio de una crisis fenomenal el manejo de la economía del país esté en manos de una sola persona que ni siquiera presta atención a sus propios colaboradores, a quienes trata como si formaran parte de la servidumbre.

Luego de haber informado al mundo que, a diferencia de Estados Unidos y otros países desarrollados, la Argentina no necesitaba un "plan B" porque el "plan A" funcionaba a las mil maravillas, la presidenta se las ha arreglado para sorprendernos anunciando una serie de "planes" distintos -ya estaría en marcha el "G" o el "H"- con el presunto propósito de convencernos de que el gobierno entiende muy bien la necesidad de reaccionar con rapidez en una situación cambiante. Puede que algunas medidas anunciadas hayan sido apropiadas y contribuyan a reducir los perjuicios ocasionados por la caída en picada de los precios internacionales de los commodities, pero otras han resultado ser contraproducentes. Aunque la confiscación del dinero de las AFJP mereció la aprobación de la mayoría que por motivos que podrían calificarse de ideológicos era contraria a que empresas privadas hicieran de las jubilaciones un negocio, intensificó la corrida de capitales que ya debilitaba la economía nacional al brindar la impresión de que el gobierno iría a virtualmente cualquier extremo para conseguir más dinero. También tuvo un impacto negativo el blanqueo asombrosamente amplio anunciado por el gobierno; de acuerdo común, no tentará a quienes están en condiciones de explicar cómo se las arreglaron para conseguir el dinero que podrían pensar en repatriar pero sí podría resultar muy atractivo para los deseosos de lavar los frutos de actividades tan ilegítimas como las vinculadas con el narcotráfico.

El desprecio evidente que sienten los Kirchner por todos quienes no integran su propio círculo áulico -el que a veces parece limitarse a ellos mismos- significa que las medidas tomadas para enfrentar la crisis no pasan por ningún filtro, lo que serviría para separar las propuestas viables de las peores e inútiles. En vez de convocar a los economistas y funcionarios más idóneos para que los ayuden en la lucha nada fácil por impedir que la Argentina se encuentre entre los países más castigados por el colapso virtual del comercio internacional, la presidenta y su marido prefieren apostar todo a su propia intuición e improvisar, de ahí la catarata de anuncios que día a día sorprende no sólo a la ciudadanía sino también a otros miembros del gobierno y que, como es natural, contribuyen a intensificar la desconfianza que tantos sienten.


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