El Salto
El 5 de abril de 1818 fue la batalla de Maipú, librada a unos diez kilómetros de Santiago de Chile entre el ejército patriota y las tropas realistas. Hay muchas anécdotas referidas a ese combate, que fue decisivo para la independencia continental y uno de los más sangrientos de ese proceso (murieron alrededor de mil hombres de cada bando). Hay muchas anécdotas, en realidad, sobre José de San Martín, el jefe patriota, debido a que su biografía ha sido uno de los pilares, a lo largo de décadas, de la formación histórica y cívica de los argentinos. Ahora resulta que enseñar, escribir o estudiar de esa manera está demodé, pero confieso que a mí las anécdotas me gustan. Será que ya hace mucho que doy clases y pocas cosas atraen tanto la atención y permiten armar tantos problemas históricos como una buena anécdota (en realidad, como una buena historia). Es cierto que implican varios riesgos: una concentración de la Historia solo en los grandes personajes y en la historia política y militar, por ejemplo. Pero el oficio hace que piense que vale la pena correr el riesgo, si somos capaces de ir y venir entre la anécdota y la época y viceversa. Al cabo, los chicos descubren que la historia sirve para pensar problemas del presente. Y entonces el hilo invisible entre el pasado y el presente termina más grueso al final del intento. De San Martín hay cantidad de anécdotas, y de la batalla de Maipú en particular también. Del abrazo con O’Higgins para abajo, para todos los gustos. La que se burla de los realistas cuando los ve maniobrar a través de su catalejo de campaña: “¡Qué brutos son estos godos!”, parece que dijo. O el gesto que luego decidieron inmortalizar en la estatua de Retiro, cuando se da vuelta a caballo y les dice a sus oficiales: “El triunfo de este día es nuestro. ¡El sol por testigo!”, sin nada que envidiarle al Henry V de San Crispín. Hay para indignarse, como la de ese general, Brayer, que le pidió permiso para retirarse porque le dolía una herida y San Martín lo fulminó: “El último tambor del ejército tiene más honor que usted”. O el primer parte, lacónico, que le dictó a caballo al cirujano Paroissien (¡cuántos nombres de calles traían los libros de Historia!): “Acabamos de ganar completamente la acción. Un pequeño resto huye: nuestra caballería lo persigue hasta concluirlo. La patria es libre”. Ese “hasta concluirlo” condensa el drama de una batalla feroz, que muchos patriotas tomaron como revancha de la anterior derrota de Cancha Rayada; otra vez, como en Chacabuco, la mayoría de los muertos americanos eran de los batallones de negros. O, en un episodio que no desdeñaría Arturo Pérez Reverte, la resistencia sin cuartel del batallón de Burgos, veterano de Bailén, la gran victoria española contra las tropas napoleónicas (San Martín era veterano de esa batalla) formando cuadro al grito de “Aquí está el Burgos. Dieciocho batallas ganadas, ninguna perdida”. Las anécdotas, claro, tienen que ver con lo que significan en el presente de quien las evoca. Con las cuerdas sensibles de una época que ve en el pasado reflejos del presente, o le parece que hay algo allí que le ayudará a entender. Por eso, lo cierto es que yo no usaría ninguna de las que mencioné, aunque me gustan. Prefiero recordar algo que sucedió días después de la batalla de Maipú. Fue el 12 de abril. San Martín llegó a caballo, solamente acompañado por su ayudante, el irlandés John O’Brien, a un paraje llamado El Salto, a unos diez kilómetros de Santiago. Llevaba un tesoro preciado: la correspondencia secreta de Osorio, el jefe realista. El general se apeó cerca de un rancho, en ese lugar dicen que pintoresco. Dejemos que cuente Bartolomé Mitre, que narra la anécdota en su “Historia de San Martín”: “Allí estaban las pruebas escritas de la traición de muchos chilenos que, aterrados por el desastre de Cancha Rayada, habían abierto comunicaciones con el enemigo triunfante, declarándose entusiastas realistas. Este fue el único botín de la victoria que el generalísimo se reservó y que a nadie comunicó”. ¿Qué hizo San Martín con él?: “El taciturno vencedor sentose al pie de un árbol solitario y leyó una por una todas las cartas. En seguida pidió que hiciesen una fogata a sus pies y quemó todos aquellos testimonios acusadores que, convertidos en cenizas, se llevó el viento del generoso olvido”. Su ayudante irlandés, que era quien había capturado las cartas, recibió la orden de no mencionar lo que eventualmente había leído en ellas ni el incidente. La escena es de una austeridad muy bella. Como el único testigo fue O’Brien, algunos historiadores ponen en duda la anécdota. Pero hoy, época de recriminaciones, inquisiciones a tiro de “like” y “140 caracteres”, me gusta creer que fue cierta y que los vientos se llevarán las cenizas de mucho de lo que consideramos lapidario y decisivo. (*) Escritor. Director del Museo Malvinas
Opiniones
Federico Lorenz – @FedeLorenzyClio