El sueño de jugar en primera

El roquense Pablo Batalla se ilusiona con un futuro en el fútbol grande.



Pantalones cortos, zapatillas anchas, medias bajas y la pelota bajo el brazo. Así va por la vida Pablo Batalla, quien con su fútbol ya se dio el gusto de conocer Europa, algo que alguna vez soñó, pero con cierta duda en poder concretarlo.

Pero como todo tiene que ver con todo, la vida de Pablo junto a la pelota viene desde la cuna. Hijo de un futbolista que dejó su huella en la zona, heredó lo mejor de su padre: la pegada. La misma que llevó a Miguel a ser un jugador distinto en la región y que llegó a deslumbrar a más de uno en Buenos Aires.

Sin embargo, la herencia de Pablo también tiene algo de su abuelo, el recordado “Tronquito” Damborearena. Aquel “cinco tapón” de Tiro Federal de los ’50.

Pablo Martín Batalla tiene 16 años y fue uno de los elegidos por José Pekerman para la selección juvenil que fue subcampeona en el Mundialito de Salerno, Italia, en abril de este año, en lo que fue su primera experiencia con la celeste y blanca.

Hoy es jugador de Quilmes, el mismo club en el cual su padre fue ídolo. Allí le abrieron las puertas hace un par de años y hoy es titular de la séptima división.

Aprovechando el receso en el fútbol de AFA, Pablo está en Roca, donde pasará las fiestas con su familia y luego regresará a Buenos Aires para comenzar la pretemporada y encarar un nuevo año con el club “cervecero”.

En medio de su descanso, y quitándole una hora a sus amigos, dialogó con “Río Negro”.

– ¿Qué hacés por acá?

– Nada, lo que se dice nada de nada. O mejor poné que descanso, suena mejor. Ahh… y juego al fútbol. Eso sí.

– ¿Qué balance hacés de estos dos años en Buenos Aires?

– Fueron muy buenos, especialmente este año, donde se me dieron todas las cosas juntas…

– Lo decís por la selección…

– Claro, eso fue lo más importante que me dio este deporte.

– ¿Cómo se dio esa chance?

– Fue después de un partido ante Lanús. Me acuerdo que se acercó mi técnico y me dijo que Hugo Tocalli me había convocado para entrenar con la selección. Ahí empezó lo mejor…

– ¿A Ezeiza te referís?

– Sí, ahí estaban todas las selecciones, recuerdo que Pekerman estaba con la Sub 20 y la mayor comenzaba a entrenar para un partido de las Eliminatorias.

– ¿Cuánto tiempo pasó hasta la convocatoria para ir a Italia?

– Y… unos dos meses, que se me pasaron volando.

– ¿Y el viaje?

– Fue muy lindo, hicimos un grupo bárbaro. Además jugábamos bien a la pelota.

– Y vos eras uno de los más chicos…

– Si, había defensores que me sacaban como una cabeza. Pero bueno, lo mío no pasa por marcar.

– ¿Qué sentiste en la final?

– Bronca. Quería ganar el torneo a toda costa. Pero bueno, empatamos en tiempo reglamentario con Brasil y perdimos en los penales, que le vamos a hacer.

– ¿Y en Quilmes, como estás?

– Bien, muy bien, se armó un buen grupo y en la pensión está todo bien.

– ¿Se nota la falta de tu familia?

– ¡Qué te parece!. Igualmente, hice muy buenos amigos. Ahí somos como hermanos y estamos todos en la misma. Si no nos apoyamos entre nosotros… chau.

Pablo sabe que está haciendo lo que más le gusta y siempre quiso: ser jugador de fútbol. Y disfruta de este momento. Especial, por cierto. Por muchas cosas. Pero con un solo objetivo: jugar en Primera.

La familia

“Cuando me fui pensé que iba a ser fácil. Pero al segundo o tercer mes que estaba allá comencé a extrañar a mi familia, sobretodo a mi vieja. Ese fue el momento más difícil de todos. Fue un cambio brusco. Pero en todo, en lo futbolístico también. Imaginate que acá en el Deportivo Roca teníamos dos partidos importantes en el año y allá los tenés todos los fines de semana”.

– ¿Cuáles eran los difíciles acá?

– Nos preparábamos todo el año para jugar, pero en realidad esperábamos los partidos con Cipolletti y Círculo Italiano, ésos eran los más difíciles, en cambio allá jugamos con Ríver, Boca, Independiente. Eso está bárbaro.

– ¿Y el nivel competitivo?

– Completamente distinto. Por ahí le ganás al más difícil y por ahí perdés con el que teóricamente es el más débil. Eso te hace pensar siempre en jugarte la vida. Cada partido es un examen.

Iguales, pero distintos

Nadie podrá dudar de la capacidad para jugar al fútbol de Miguel Batalla, aquel ‘enganche’ que tenía Deportivo Roca en la época del ascenso al Nacional del ’78.

Y su hijo Pablo es igual. Le gusta jugar y hacer jugar. Tiene la pegada de su papá, aunque él reconoce que es distinto.

“A mi viejo lo vi jugar de grande. Dicen que le pegaba bien. Va… todavía le pega bien, pero no me parezco mucho a él en lo futbolístico”, comentó.

Luego agregó: “Jugar al lado de mi viejo, es tremendo, enseguida se calienta y empieza a dar órdenes; en cambio a mi me gusta jugar sin abrir la boca. El otro día jugamos un partidito, pero enfrentados. Y como no podía ser de otra manera terminó calentándose, pero con sus compañeros”.

Por otra parte, reconoció que ser el hijo de Miguel Batalla “pudo haber influenciado para que la gente de Quilmes me abriera las puertas. Aunque no creo que me hayan elegido por ser el hijo de… Mi papá me llevó a probar porque conocía a los técnicos y quedé. Ahora tengo que demostrar que sirvo. De aquí en más es responsabilidad mía”.

Bien se podría decir que de tal palo tal astilla. Pero Pablo prefiere ser él, aunque sabe que en el fondo es parecido a su papá. Porque a los dos los une una misma pasión: la pelota.

En la vereda de enfrente

Son muchas las cosas que debió dejar Pablo Batalla para probar suerte en la elite del fútbol nacional.

Apenas tenía catorce años cuando decidió marcharse en busca de un club del fútbol “grande”. Quizá pueda sonar como muy aventurado, pero se animó y ahora está cumpliendo parte de su sueño.

Primero fue a Ríver Plate, pero no le gustó mucho la idea de vivir en Capital Federal y se fue. Y después recaló en Quilmes, en donde se encuentra muy a gusto y quiere llegar a jugar en primera. “Ojalá se nos de y podamos ascender”, dice.

“Este año me pasó algo muy raro. Quilmes venía de perder la final por el primer ascenso ante Huracán y el segundo frente a Los Andes; y tenía que enfrentar a Belgrano en la Promoción. Me acuerdo como si fuese hoy. Quilmes había ganado como local y definía en Córdoba, donde estaba mi viejo. Bueno, no te puedo contar los nervios que sentí. Por un lado quería que ascendiera Quilmes, pero enfrente estaba mi viejo entendés”.

– ¿Estabas en la cancha?

– Sí, justo estaba en Córdoba y fui. Me acuerdo que había como cinco mil hinchas de Quilmes.

– ¿Y qué hiciste?

– Y nada… que gane el que tenga que ganar y no hincho por ninguno.

Y ganó Belgrano.

Fernando Merino


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