El traqueteo del poder

Suele decirse que con el traqueteo del carro se acomodan los melones.

Desde la perspectiva física, la sentencia es correcta: al compás del movimiento las formas se deslizan, encajan o vuelcan.

Desde la perspectiva política también sucede algo similar: tras el arranque de una nueva situación, los actores se exploran, se encuentran o caen.

Y así, traqueteando, está la relación interna del gobierno rionegrino debido a la ausencia del gobernador Pablo Verani. Una relación en la que el veranismo concilia y se cuadra tras la legitimidad de poder del vicegobernador Bautista Mendioroz. Pero es un hombre al que sólo siente cerca cuando piensa en términos de la matriz radical que comparten.

Por lo demás, Mendioroz no le es propio. Ni de la visión que el veranismo tiene sobre estilos y formas de hacer política, ni desde la convicción hegemonizadora de ejercer el poder con el que se mueve.

Pero todos están en el mismo traqueteo. Y como tienen mucho poder que perder si los melones se caen, mantienen alta la convicción de evitarlo.

Pero el traqueteo del oficialismo no implica ausencia de escozores en su frente interno.

Problemas que al menos hoy -nada más que hoy- no se expresan en actitudes definidas. Sólo trascienden en medias palabras. O se manifiestan en círculos que se estiman de una confianza pétrea, pero no lo son.

Y en algunos casos son escozores más producto de gestos descuidados que de voluntad por confrontar.

El vicegobernador Mendioroz se sorprendió en las primeras horas de la tarde del viernes cuando en Roca supo que estaba comprometido en las resultantes de un «gesto descuidado».

Se enteró de que en la cartera de Gobierno y sus alrededores había cundido el desagrado por el hecho de que el vicegobernador iba a presidir una reunión de intendentes del Alto Valle sin darle a aquel ministerio participación alguna, ámbito natural del vínculo Ejecutivo-municipios.

Mendioroz empalideció cuando se encontró blanco de una cuestión que no había computado. Expresó una excusa: el encuentro lo organizaba el intendente de Allen, Carlos Sánchez. Pero Mendioroz no ignora que él mismo debió cuidar las formas y haber informado a Gobierno.

De cómo cuide formas él y el veranismo dependerá mucho la relación interna del gobierno.

Veranismo desde algunos de cuyos rincones también se expresaron discrepancias con decisiones de Mendioroz.

Porque a media semana, el ultraveranista ministro de Salud y Desarrollo Social, Daniel Sartor, estaba irritado con el gobernador a cargo. Lo perturbaba la decisión de enrolar al diputado nacional peronista Miguel Pichetto en el diálogo con la oposición que organiza el gobierno para converger en objetivos compartidos en favor del desarrollo económico.

La visión que Sartor tiene de la relación con el peronismo en materia de dialogar es terminantemente utilitaria. «Electoralista», la define el mendiorismo. Parte de computar a Pichetto como el estilete más filoso que enfrenta el gobierno radical.

Entonces, Sartor no demoró en estos días su conclusión:

– ¿Para qué diablos Bautista le da aire a Pichetto cuando lo tenemos a Remo Costanzo, al que conocemos bien?- se quejaba el miércoles Sartor.

En otros términos: con el senador Remo Costanzo todo es más fácil, más previsible. Incluso en tiempos de elecciones.

Por eso cuando en este tema el mendiorismo habla de una visión «electoralista» por parte de Sartor, la lectura surge sola: por haberlo derrotado en tres oportunidades, al radicalismo siempre le convendrá más oxigenar a Costanzo que a cualquier otro peronista.

Desde la Capital Federal, Pablo Verani percibió que en relación con el diálogo con el peronismo, había ruidos extraños entre su propia gente. Y no tardó en intervenir.

– Vos seguí conversando con Bautista. Sigan y sigan. Yo ya puse en orden mi tinglado- le dijo el gobernador a Pichetto.

Según el brillante octogenario italiano Norberto Bobbio, una inmemorial regla de la política dice que los sistemas se anquilosan «cuando en un escenario dominado terminantemente por una única fuerza, esta misma fuerza pierde vitalidad para crear política propia más allá de lo concerniente a la defensa de sus intereses».

Anquilosamiento que incluso «inmoviliza a la oposición. Y cuando esto sucede, la política como fuerza creativa suma cero», remata Bobbio.

Y lo más grave: la sociedad percibe esa suma cero.

Algo de todo esto está en la génesis de los contactos mantenidos alternativamente por Verani y Mendioroz con la franja del PJ cuyo liderazgo comparte Pichetto.

Contactos inorgánicos. Surgidos en un caso a la luz de un discurso en Bariloche del gobernador a cargo que le gustó a Pichetto. Mendioroz no dijo nada trascendental. Simplemente reflexionó sobre la necesidad de unificar criterios y fuerzas entre barilochenses, gobierno y oposición a fin de trabajar juntos para lograr obras públicas en esa ciudad. Método del que no excluyó al resto de la provincia.

O sea colocar determinados objetivos por encima de la dicotomía gobierno-oposición.

Oposición que para el caso rionegrino es más feroz la que podría desarrollar un gatito de peluche que la ejercida por el PJ.

Pero los contactos gobierno-Pichetto desestabilizaron las coronarias del costancismo. El titular del PJ, Carlos Larreguy, reclamó para el partido la representatividad en todo diálogo con el gobierno, algo que Pichetto no se había atribuido.

Y luego a Larreguy -un hombre cuya autonomía política de Costanzo si existe es imperceptible- se le escapó el verbo. Sólo su definida vocación democrática impidió que gritara: «Ni yanquis ni dialoguistas: peronistas».

En fin, la política también es enojo.


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