El triunfo de la mentira



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Si alguien dice una mentira tiene muchas más posibilidades de ser creído que si dice una verdad. Y esto es aún mucho más cierto cuando la mentira es política. Hasta hace pocos años era difícil poder comprobar que una información como la que contienen las dos frases precedentes era verdadera (o falsa). Ahora, si el investigador tiene acceso a las redes sociales y a las webs de los principales medios puede comprobar lo dicho (o desmentirlo) con absoluta precisión.

Gracias a un estudio del Massachusetts Institute of Tecnology (MIT), dirigido por Deb Roy (director científico de Twitter) y publicado por la prestigiosa revista “Nature”, podemos saber, por ejemplo, que una noticia falsa tiene 70% más de difusión en internet en promedio que una información verdadera. El estudio del MIT tuvo acceso a la base de datos completa de Twitter. Allí comprobaron que toda noticia que puede verificarse como desinformación (“fake news” o directamente falsa) tiene un 70% más de retuits que una que diga algo comprobado y cierto.

Una mentira difundida en las redes sociales llega a 1.500 lectores, seis veces más rápido que una información verdadera sobre el mismo tema. Y si la noticia falsa es de tema político llega a 20.000 lectores, tres veces más rápido que una información verdadera sobre el mismo tema. Es decir: no solo toda mentira tiene un público mayor, sino que cualquier desmentida que enfrente a una difamación pública tiene muy pocas posibilidades de revertir el daño.

Como dijo Bertrand Russell (80 años antes de que existiera internet): “Lo que la gente realmente quiere no es el conocimiento sino la certidumbre. Que le confirmen sus creencias, no saber la verdad”. La famosa idea de Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda de Hitler, que afirmaba que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad” es la que hoy gobierna la circulación de la información.

Las mentiras que circulan en la web terminan generando lo que se llama “un clima de creencia” (si uno ve decenas de veces una difamación sobre tal o cual persona termina creyendo que esa persona hizo la cosa negativa de la cual se la acusa, aunque eso sea falso). Eso tiene consecuencias importantes, incluso a nivel electoral y hasta judicial.

Esto ha contaminado a buena parte del periodismo. Hace 20 años, en los medios masivos se consideraba que la edición (lo que se puede leer, por ejemplo, en un título, los destacados y el copete o bajada) debía destacar lo más importante que dijera una nota. Hoy, por el contrario, no es fácil encontrar notas (en especial si son de temas políticamente polémicos) cuyo desarrollo no desmienta lo que dicen el título y los destacados. Es una pequeña minoría la que lee las notas completas (y solo esa pequeña minoría es la que se da cuenta de que el título “miente” o “distorsiona” lo que dice la nota).

Hace un tiempo, cuando se discutió internacionalmente la manipulación informativa (en la que se incurrió Cambridge Analytica, tal como comentamos aquí mismo, en una columna anterior) que Trump (en EE. UU. ), los conservadores ingleses (por el tema del Brexit) y Macri en Argentina (y ahora Bolsonaro en Brasil) hicieron para ganar las elecciones, se comenzó a hablar de las “fake news” (noticias falsas o campaña de difamación en contra de sus rivales). Ahora se sabe que difundir una noticia falsa es mucho más fácil (más rápido, más creíble, más difícil de revertir) que difundir una información chequeada y cierta (por ejemplo, la desmentida de esa falsedad).

La mentira es seductora. En primer lugar, porque coincide con lo que ya supone el que la acepta. Uno de los sesgos cognitivos –esos procesos psicológicos que distorsionan la percepción de la realidad– más comunes es el llamado “sesgo de confirmación”: la mayoría de la gente lee, escucha y mira noticias que están de acuerdo con lo que ya piensa previamente y huye de todo lo que lo desmienta (es decir, vive y quiere vivir en una especie de tupper en el que todo sea tal como lo imagina).

Entre el sesgo de confirmación y la aceptación de toda difamación que confirme que el político que detesta (o del que, al menos, sospecha que) no es una buena persona hoy es difícil que la mayoría vaya a votar racionalmente, tal como se creía que sucedía a comienzos del siglo XX. Como ha estudiado Alan Abramowicz la democracia actual se basa en el “partidismo negativo”: ya ningún partido en ninguna parte del planeta gana las elecciones porque es mejor, sino porque se opone mejor al otro partido.

Los candidatos ganadores de esta época son los que mejor demuelen a sus adversarios, no los que tienen propuestas más innovadoras. El lema actual es: “Si no me votan a mí, gana el otro”.

La difamación, la mentira y la desinformación son las armas esenciales para ganar elecciones en este mundo en el que le ponemos un “me gusta” a cualquier “información” que coincide con lo que ya creemos. En especial, si es mentira.

 

Ahora se sabe que difundir una noticia falsa es mucho más fácil (más rápido, más creíble, más difícil de revertir) que difundir una información chequeada y cierta.

Daniel Molina

Datos

Ahora se sabe que difundir una noticia falsa es mucho más fácil (más rápido, más creíble, más difícil de revertir) que difundir una información chequeada y cierta.

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