El valor de «la caja» y la agenda

Por ARNALDO PAGANETTI

arnaldopaganetti@rionegro.com.ar

Los conflictos siguen proliferando. Tan acostumbrados están los habitantes de este país a las conductas malsanas –en Buenos Aires hubo varios muertos en una fábrica textil con trabajo esclavo y en Neuquén obreros de la construcción lucharon cuerpo a cuerpo con docentes que les impedían el ingreso a una destilería–, que ya no sorprende un corte más o menos, la suspensión de las exportaciones de carne a los mercados más exigentes y ricos o un fracaso en la negociación argentino-uruguaya por la construcción de dos papeleras en Fray Bentos.

«(Néstor) Kirchner puede seguir gobernando sin ningún problema con un piquete en Gualeguaychú», se arriesgó a profetizar un soldado del patagónico, consciente de la existencia de múltiples frentes abiertos –a los antes mencionados, habría que agregar inflación, tarifas y salarios, indultos y deudas hipotecarias por fuera del sistema bancario– y de la fiereza con la que procede el Presidente.

–Yo te autoricé a que dialogaras, pero fuiste más allá y permitiste que se abriera un resquicio para facilitarles exportaciones. ¿Vos le tenés miedo a los ganaderos?

–No creo haberme excedido y te aclaro que no le tengo miedo a los ganaderos ni a nadie.

El diálogo entre el presidente Kirchner y el gobernador de Buenos Aires, Felipe Solá, se sucedió entre las idas y vueltas de los funcionarios del ministerio de Economía y los dirigentes de las entidades ruralistas. Cuando el pingüino se enteró de que las resoluciones vigentes permitieron un envío adicional, al margen de la cuota Hilton, de 30 mil toneladas, llamó a Felisa Miceli y le dijo: «Nuestra premisa es que baje el precio de la carne y que se mantenga en abril. Después, negociamos».

Volvió a tomar el micrófono para denostar a la «patria ganadera», y al salir al cruce de las manifestaciones ruralistas programadas en distintos puntos del interior (Saliqueló, Mercedes, entre otras), advirtió: «No nos van a presionar 100 personas que se junten para protestar. Tendrán que aprender a ser solidarios y bajar el precio de la carne».

La obsesión presidencial es tan grande, que no sólo monitorea día a día el ingreso de hacienda a Liniers, sino también las variaciones en los precios de los distintos cortes. Está claro que lo que aún no se ha logrado es que el descenso se note en las carnicerías barriales.

En las provincias se hacen discusiones paralelas. En Santa Fe y Córdoba, por caso, se congelaron precios para distintos cortes, los preferidos por el consumo familiar doméstico. Por más que lo nieguen los protagonistas, la pelea esconde un trasfondo ideológico y desaguisados dentro de la administración K.

La diferencia de fondo la expuso Kirchner cuando afirmó que los ganaderos «apoyaron el golpe del 76» y los denunció por estar en contra de la forma en que encaró la relación con el FMI, con un quita fabulosa.

Los cortocircuitos de palacio, por otra parte, son palpables. El que lleva adelante las gestiones por orden del Presidente es Javier Urquiza, en desmedro del secretario del área, Miguel Campos, quien se mantiene en el cargo no por sus virtudes, sino para no darle el gusto a los ganaderos que quieren ver rodar su cabeza.

Alguien tendrá que dar el brazo a torcer. Las quejas llegan de todas partes del mundo. Parece que era cierto lo de la «tercera posición» porque está claro que no entienden a la Argentina ni los norteamericanos ni los rusos, adictos al lomo, al asado y al bife de chorizo que ahora se les retacea.

Los movimientos de Miceli están acotados por el carácter de Kirchner. Ella no lo admitirá en público, pero habla bastante seguido con su antecesor Roberto Lavagna, quien sí marcaba autonomía frente al Presidente. Lavagna cuenta que la ministra «está cansada y en cualquier momento pega el portazo». La versión choca con la actitud de Felisa de salir a dar la cara y respaldar decisiones sobre las que había opinado previamente de manera diferente. Este diario se hizo eco de trascendidos sobre discrepancias en su ministerio, lo que se vio corroborado por los recientes cambios, entre otros el del titular del Banco Nación, Ricardo Lospinnato.

«Miceli es Kirchner… si le gusta bien…», torean los K. Por fuera, Felisa defiende a ultranza al gobierno. Por dentro, se manifiesta «harta de ser un títere».

La inflación también desvela a Kirchner. Al titular de la CGT, Hugo Moyano, le demanda que mantenga a raya a los asalariados y que no se pasen de raya. Un 15 por ciento de aumento es aceptable, más es sumamente riesgoso, le dijo. El camionero dijo que le hará el «aguante», aunque algunos de sus laderos acotaron que ello no significará una inmolación para beneficiar los planes políticos futuros de Kirchner.

A propósito, Kirchner prohíbe hablar de reelección en su nombre, pero hay cientos de «papistas» que están organizando un gran acto en Plaza de Mayo, el próximo 25 de Mayo. Ese día, entre otras cosas para no escuchar el sermón del cardenal Jorge Bergoglio, ya Kirchner dispuso irse a Misiones. Sin embargo, hay intendentes y piqueteros del Gran Buenos Aires que están dispuestos a demostrarle que pueden juntar entre 50 y 60 mil personas. Cuando el rionegrino Osvaldo Nemirovsci escuchó los cálculos que hacían, entre otros, De Petris, el «barba» Gutiérrez y el «Chino» Navarro, se sumó a la movida. «Si la movilización es importante, hasta es posible que Kirchner salga al balcón», aventuró.

Para la Plaza del «sinéstor» hay muchos embarcados, pero en las galeras, por temor al fracaso. Hay un senador santacruceño que prevé la asistencia de 100 mil personas y «un gran balcón con Néstor y Cristina juntos».

Con ansiedad se aguardará estos días el índice de inflación del mes de marzo. Se contenta Kirchner con que sea inferior al 1,5 por ciento y que el primer trimestre no traspase el 3 por ciento. Así se lo transmitió a Moyano, a quien le cumplió hasta aquí todo lo que le prometió. Los dos saben que para manejar poder hay que tener la llave de «la caja» y no dejar que «la agenda» caiga en manos extrañas al oficialismo.


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