El viaje

A los 40 años Robert Louis Stevenson se trasladó a la isla de Samoa, porque, según él mismo escribió, le encantaba el clima. Ahora se duda de que esa haya sido la verdadera razón de su cambio radical de vida. Al igual que uno de sus personajes, Stevenson, se habría entregado a la búsqueda de un tesoro.

Probablemente había otros tantos motivos para que el sobresaliente y acomodado autor tomara tal decisión. Después de todo Samoa se caracteriza por un clima húmedo, caluroso, poco apto para muchas actividades. O, mejor dicho, según voces expertas, apto para muy poco.

El viaje de Stevenson me hace pensar en el viaje de Hemingway a Africa donde encontró, además de aventura y vida salvaje, varias enfermedades que lo tuvieron a mal traer, también en el de Malcolm Lowry a México país en el que desarrolló una extensa relación con el mezcal y la locura, en dosis similares, y, por supuesto, en el viaje de Kerouac al Big Sur, rara geografía en la que tuvo una de sus crisis más profundas comentada en el libro del mismo nombre.

Cada viaje tiene un sentido manifiesto -estético, iniciático, cultural, profesional- y uno secreto. En un plano más superficial un viaje va acompañado de una consigna que en realidad está supeditada a fundamentos que no siempre son declarados. Alguien va de paseo a un país y ya no se regresa jamás o encuentra el amor o una oportunidad que no estaba en los papeles. Es por esto que la partida representa la metáfora de una caja de sorpresas.

Me pregunto si realizar un viaje fundamental no será una especie de obligación en la agenda de la vida. Es decir, uno que pueda cambiar nuestra percepción de las cosas, uno que nos obligue a pensar todo de nuevo.

En «Radiaciones», los diarios de la Segunda Guerra Mundial de Ernst Jünger, que justamente se encontraba en plena movilización mientras apuntaba sus diarios, escribió: «Cabe comparar la enfermedad con una capa malsana que se mantiene en lo hondo de nuestras aguas profundas. Entonces es bueno secar de vez en cuando el manantial –esto puede hacerse en contacto con los elementos o realizando un gran esfuerzo».

En cierta manera, la enfermedad es también un itinerario. Imagino que Jünger sabía como mantener claros estos manantiales profundos dado que alcanzó los 105 años.

En una dimensión distinta cada libro que leemos, cada filme que vemos, cada disco que escuchamos con atención, cada conversación a la que nos entregamos con el alma, constituyen nuevas travesías. Nunca sabe uno como pueda afectarnos una charla o el final de un relato que venimos persiguiendo hace varias semanas.

Personalmente tengo mis propios lugares de peregrinación. Geografías en las cuales escarbo y descanso. No podría apostar cuando llegará el día en que pidan algo más que mi saludo, mis buenos días semestrales y, entonces, deberé decidir. De esto se trata el juego del tiempo, que periódicamente tengamos la posibilidad de torcer lo que hemos empezado para entregarnos a una pasión distinta.

Lo contrario, permanecer quietos en las sombras, es una espera perpetua. Un homenaje innecesario a los personajes de Beckett.

CLAUDIO ANDRADE


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