El volante habló de su presente y futuro en exclusiva con 'Río Negro'

En Milán son las 22.33. Está sentado a la mesa con su familia. Un teléfono corta intempestivamente la cena. Atiende y sin problemas se prende en una charla de fútbol. Claro, es lo que le gusta. Ya pasó la tormenta para este hombre con cara de adolescente. Volvió a jugar en el Inter de Italia tras una prolongada lesión, está cerca de su nivel y para colmo recibió una nueva citación de Marcelo Bielsa. Justo frente a Brasil. Cartón lleno.

Matías Almeyda (Azul, 1974) forma parte de esa casta de jugadores argentinos que siempre se encuentra dando vueltas en el subconsciente futbolístico. De esos que constantemente despiertan curiosidad acerca de su presente. Se lo escucha bien. Su voz es firme, atildada y con la pausa necesaria que desprende un sentido acabado de razonamiento.

Ahora sí al «Pelado» le corre la sangre al ritmo que él desea: vertiginoso. Volverá a calzarse la celeste y blanca, luego de ver a sus compañeros frente a Ecuador por televisión (última fecha). Esto y jugar en el Monumental con la franja roja cruzándole el pecho: no hay nada mejor para Matías. ¿Cómo se encuentra luego de la lesión? El contesta: «Estoy muy bien. Volviendo, contento y motivado. La verdad es que la convocatoria no me sorprendió. Siempre que hay una espero que me llamen. Para mí es un orgullo».

– ¿Cómo estás física y futbolísticamente?

– Estoy llegando a mi nivel. No soy un habilidoso que necesita varios partidos para entrar en ritmo. Lo hago rápido. Sólo poniendome bien físicamente, dependo de eso.

– ¿Pensás que podés ser titular frente a Brasil?

– Para mí es muy importante ser convocado. Ojalá pueda ser titular. Me encanta jugar contra Brasil Pero no lo se, porque Bielsa a veces utiliza en mi posición a jugadores que no son 5, como Verón y «Lucho» González.

No suena a reproche. El «Pelado» jura que se siente cómodo con el sistema del «Loco». Pero además es un defensor acérrimo del técnico, su sistema e ideología. No entiende las críticas y se molesta cuando emergen de «mala leche desde algún sector del periodismo».

«No comprendo por qué se critica tanto. Todos los equipos del mundo deberían jugar como esta selección. Es sumamente ofensiva, juega con tres defensores, varios atacantes, sale a ganar en todas las canchas», dispara con molestia.

– Entonces te molestan las críticas…

– No las comparto. Este es un tema de la Argentina en general. Nos matan por tres partidos (la fase inicial del último mundial), pero no recuerdan que hicimos la mejor eliminatoria de la historia. Quedamos afuera injustamente, por un tiro libre (el empate de Suecia). Si hubiéramos salido campeone igual nos hubieran criticado por algo.

Está disgustado. Cambió el tono de voz. Como en la cancha, arremete frontalmente y con compromiso. Ante todo, sus ideales. «La gente y los periodistas tendrían que ser más positivos. Hay periodistas que hacen lobby por otros técnicos, que no soportan la forma de ser de Marcelo. Y la gente lo cree porque lo consume. Va mal predispuesta a los partidos, te insultan a los 15 minutos. Todos deberían ser más positivos y más argentinos. Muchos no se ponen la camiseta».

Matías habla sin pudor de todo. Dice que el universo del fútbol está cada vez «más podrido por los manejos económicos y de representantes». Aclara que cuando se retire (tiene 30 años) se afincará nuevamente en nuestro país, sueña con ser campeón del mundo y con que su despedida sea con la casaca de River. Antes de bajar el tubo, sorprende con la simpleza y humildad de un muchacho de pueblo. De un muchacho de Azul. «¿Vos me llamás de Cipolletti? Yo tuve un amigo en las inferiores que era de allá, Pablo Parra. ¿Lo conocés? Mandale muchos saludos».

Sebastián Busader

¿Una vuelta monumental?

Por única vez la charla se torna enigmática. Matías dice que su contrato con el Inter se termina en junio, y que ya se encuentra analizando varias ofertas. Tiene de Italia y España. Y una sorpresa: también de Argentina. ¿Es de River?, pregunta obligada. Ríe, pero no confiesa. «No te puedo decir. Sería una falta de respeto». Claro, tampoco lo niega. ¿El que calla otorga? Vaya a saber. Pero reconoce que sueña con terminar su carrera sintiendo la ovación de «los borrachos del tablón», la barra del club.

«Sería lindo culminar mi trayectoria en River. Contribuir con quien te vio y dejó nacer futbolísticamente. Lindo sueño», añora.

Fue en el Monumental donde se originó esta historia. A los 18 años, bajo el ala de Daniel Passarella. Ganó dos campeonatos y una Libertadores, y su temple y sacrificio lo llevó a recalar en Europa, donde defendió los colores del Sevilla, Lazio, Parma, y en la actualidad Inter. En Milán asegura que está «más que cómodo», pero las raíces tiran y, como es natural, los genes llaman.

El león seguirá luchando

Hace un tiempo estremeció el mundo del fútbol, su mundo, al declarar que en junio abandonaba la actividad. Decía que estaba cansado de malos manejos, de «manos negras», de la escoria que muchas veces rodea al deporte más convocante del planeta. Se arrepintió. Quiere seguir luchando. Lo necesita como el aire.

De todas formas, ya no piensa «como cuando tenía 25 años. Me doy cuenta de que hay cosas que ensucian el fútbol. No se respeta a los jugadores. Fijate que cuando sos citado a la selección los clubes te largan dos días antes. La FIFA te hace jugar en invierno a las 9 de la noche con cinco grados bajo cero, o en verano a las 3 de la tarde con 35 grados. Es una locura», afirma el «Pelado». Desconfía de los representantes y del periodismo. Y es un convencido de que «las críticas despiadadas conspiran contra la pasión del hincha. Eso al jugador le duele, sobre todo la falsedad». Claro, él como varios de los jugadores argentinos carga la cruz de «la vieja guardia». La era pos-Maradona. «Lo que sucede es que hoy en día en un minutos pasás de ser el mejor a lo peor de lo peor», explica. Igual, su ideología y temple pueden más. «Se que no hay que bajar los brazos, que hay que seguir luchando hasta el final», ruge el león de Azul.

Sueños personales

Ya pasaron ocho años desde que recaló en el Viejo Continente. Y 15 desde que armó las valijas para «abandonar» su Azul natal. Le quedan cosas por cumplir, pero las más importantes no pasan por el fútbol. «Cuando madurás los sueños pasan a ser otros. Hoy pienso sólo en que mis hijas crezcan sanas, que se eduquen. Y espero que mi país salga de la crisis para poder volver». En lo deportivo está casi hecho. Recuerda sus tiempos de niñez en Azul y el afecto que le brinda su gente. «Soy un eterno agradecido de la vida. Me ha ido muy bien. Por eso es que mis sueños en la actualidad pasan por otro lado, por lo personal. Por tratar de que mis hijas (Sofía y Azul, ¿casualidad?) crezcan de la mejor manera».


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