Elogio del desorden



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Los grafitis tienen una ordenanza que los regula en San Martín de los Andes. Les asigna muros, tiempos de rotación; los define como expresión artística efímera y los margina de todo contenido político, religioso u obsceno. Lo curioso es que fueron los propios interesados los que pidieron a las autoridades una norma semejante, a propósito de un festival de hip hop en 2009. Pero el grafiti es por esencia una expresión espontánea y rebelde. Parece un exceso imponerle regulaciones, pues es como pretender legislar la imaginación. Sin embargo, buena parte de la sociedad sanmartinense saludó aquella ordenanza, porque estaba en sintonía con el orden y la prolijidad de la que se enorgullece este pueblo cordillerano, al punto que se los proclama públicamente como bienes distintivos de la ciudad. Orden, prolijidad, limpieza, son expuestos con orgullo y levantados como bandera. Y la verdad es que son condiciones deseables, posibles y bienvenidas. Pero esas virtudes puestas por encima de cualquier otra -al menos desde la construcción del discurso político- implican una definición que impregna las relaciones en una sociedad. Cuando el orden y la prolijidad dejan de ser un contrato de convivencia para convertirse en un modo de adoctrinamiento, estamos hablando de otra cosa… En un cuartel se blanquean a la cal los troncos de los árboles y el césped está perfectamente cortado. En un cuartel, el orden y la prolijidad son imprescindibles y deben hacerse evidentes al primer golpe de vista, porque remiten a la idea de la disciplina. Y la disciplina entre militares no sólo es deseable sino exigible: gana batallas y salvar vidas entre los combatientes. Pero una ciudad no es un cuartel. En una ciudad el orden, la prolijidad y la limpieza son en efecto valorados y deseados. Pero no lo son todo. La intendenta Frugoni hace del orden y la limpieza un eje de gobierno y un motivo de campaña para su reelección. Y está bien. Pero cuando se argumenta que las pintadas de los pañuelos blancos de las Madres de Plaza de Mayo fueron borradas de la plaza en honor a la limpieza y a la prolijidad, se confunde el contexto. Esos pañuelos pintados en moldes de 50 centímetros de diámetro no pueden ser equiparados con un grafiti pícaro. La intendente dijo que pintadas de ese estilo son borradas por el personal municipal de los bancos de las plazas, de las paradas de los colectivos, de los paredones. En consecuencia, se procedió de la misma forma con los pañuelos pintados por la Comisión de la Memoria, el pasado 24 de marzo a 35 años del golpe militar. Si, según sus palabras, la intendente se asume como demócrata abierta al diálogo y a la construcción de consensos, sus dichos sobre este asunto no pueden ser menos que muy desafortunados. Se argumenta que los organizadores no fueron al Concejo Deliberante a pedir permiso para el uso del espacio público. Se les sugiere que soliciten un lugar para poner una placa o pintar un mural alusivo a las Madres. Pero hay expresiones que trascienden tales formalidades, por muy republicanas que sean. Son aquellas en cuya esencia está implícita la resistencia al abuso, al exceso y, en el caso de las madres, a la desmesura criminal. Así es desde hace 35 años, y muchos de esos años fueron en absoluta soledad, precisamente en una plaza pública. No hubo permisos ni formularios llenados con papel carbónico a doble espacio, para secuestrar, torturar, matar y apropiarse de niños. De modo que exigir un permiso burocrático aquí y en cualquier plaza suena a confusión histórica. Por decir lo menos.

Fernando Bravo rionegro@smandes.com.ar

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