En busca de un destino

Por James Neilson





Está de moda burlarse del presidente Fernando de la Rúa por su falta de «ideas», déficit que, se dice, lo ha obligado a resignarse a seguir por el camino abierto por Carlos Menem. Sin embargo, el problema no es que escaseen «ideas» sino que no se da una «gran idea», una estrategia ambiciosa fácilmente comprensible que serviría para dar sentido a los esfuerzos tanto del gobierno como de los miles de grupos que conforman el país. ¿Existió alguna antes de que la Alianza llegara al poder? Claro que sí y, por paradójico que ahora parezca, el triunfo electoral de Menem en 1989 representó el último intento de afirmar lo que aún quedaba del «proyecto» tradicional que habían compartido, cada uno a su manera particular, radicales, peronistas, izquierdistas e incluso militares. Si bien desde adentro las divisiones o «antinomias», de las cuales la más evidente era la que enfrentaba a los peronistas con los antiperonistas, eran tomadas por fundamentales, desde afuera lo que más impresionaba era lo mucho que todas estas agrupaciones tenían en común.

El colapso del orden corporativo, populista y nacionalista tradicional resultó tan traumático que la «clase dirigente» apenas ha comenzado a recuperarse del choque que recibió. Su estado podría compararse con el de su equivalente griega luego del fracaso de «la gran idea» – «i megali idea» – que había dominado la vida política del país durante los setenta años que concluyeron abruptamente con la catástrofe de una derrota a manos de los turcos en 1922. Aquella «gran idea» previó la reconstrucción de la parte occidental del Imperio Bizantino, con su capital en Constantinopla, «la ciudad» por antonomasia, mediante la unión de la franja de habla griega de lo que ahora es Turquía con el joven reino de los helenos. El derrumbe de un sueño que no era totalmente descabellado pero que resultó ser excesivamente ambicioso desmoralizó a los griegos, dando pie a una serie de dictaduras militares y gobiernos civiles populistas no tan diferente a la que la Argentina conocería a partir de los años veinte y que no se agotaría hasta hace muy poco. Es que, como nos está recordando la condición caótica de las repúblicas que se encargaron de las ruinas de la Unión Soviética, las consecuencias de la muerte de un gran «proyecto» político pueden prolongarse décadas y hasta generaciones. Incluso es posible que Rusia nunca logre sobreponerse al desmoronamiento de lo que había sido la ideología dominante durante la mayor parte del siglo XX: las ideas que confieren a las distintas sociedades el marco en el que funcionan importan mucho más que los recursos materiales, el nivel educativo de las personas, las alianzas internacionales o las reformas institucionales.

Para Grecia, la «solución», o sea, otra «megali idea», ha consistido en la Unión Europea: si no pudieron ser bizantinos redivivos serían orgullosamente europeos, destino resistido por muchos, en especial por los comprometidos con la Iglesia Ortodoxa, pero que ya les parece natural. Igualmente beneficiados por el aún embrionario «nacionalismo» paneuropeo han sido los españoles y portugueses, mientras que en el este del continente, desde Estonia en el norte hasta los Balcanes en el sur, la bandera azul y oro de la Unión se ve enarbolada en virtualmente todas las manifestaciones públicas, para inquietud de alemanes, franceses, británicos y españoles reacios a permitir que las instalaciones de su club sean invadidas por decenas de millones de pobres que son innegablemente tan europeos como ellos mismos.

El aporte de la idea de la Unión Europea al bienestar de la mayoría de los países del continente ha sido mucho más significante que el supuesto por las medidas económicas o institucionales que se han tomado a fin de impulsar la unificación. Un proyecto nacido de la necesidad evidente de contener el dinamismo a veces demoníaco de los alemanes ha brindado un norte a docenas de pueblos que sin él estarían con toda probabilidad a la deriva, probando un «proyecto nacional» tras otro y, en muchos casos, produciendo nuevos desastres similares a los sufridos en el pasado reciente.

Por fortuna, la situación «objetiva» de la Argentina es menos peligrosa que la de la mayoría de los países ubicados en zonas del mundo en las cuales no se da ninguna gran empresa cuyo magnetismo sea lo suficientemente poderoso como para encauzar las energías de los dirigentes y para asegurar a los demás que tienen un lugar en una comunidad viable. No corre el riesgo de ser atacada por un vecino codicioso pertrechado de reclamos históricos supuestamente irrenunciables y no se ve atormentada por rivalidades internas religiosas, lingüísticas o étnicas. Tampoco ha de preocuparse por ahora por la presencia ominosa de movimientos antidemocráticos. Sin embargo, estas ventajas que serían la envidia de la mayoría de los pueblos del mundo no han podido contra la carencia de una «gran idea»: el grueso de la clase política y de la intelectualidad sigue de luto por el orden «natural» que se hundió durante la gestión de Raúl Alfonsín y que fue sepultado casi en secreto por Menem.

Aunque Menem y Domingo Cavallo, el hombre que dominó el primer período del riojano, terminaron consustanciándose con el «proyecto» que subyacía en lo que hacían, no se esforzaron por adoctrinar al resto de la población, acaso por creer que no les sería necesario emprender una tarea tan extraordinariamente difícil porque, tarde o temprano, el pueblo se las arreglaría para ajustarse a las nuevas circunstancias. Fue una omisión costosa. Si bien el sucesor de Cavallo, Roque Fernández y, después, José Luis Machinea, continuarían por el mismo «rumbo», lo harían en medio de las protestas ruidosas de una multitud de grupos representativos que a lo sumo reconocerían que la alternativa a cierto rigor fiscal sería el desplome de la economía. Nadie, ni siquiera el propio Machinea, parece sentir el menor entusiasmo por el «rumbo», y el país sigue por él como si fuera un condenado que caminara hacia el patíbulo.

Puesto que la confianza en el futuro es un ingrediente clave de cualquier empresa colectiva, no resulta sorprendente que la recesión ya haya durado dos años y que pocos crean que esté por llegar a su fin. Sin brújula, proyecto o «gran idea», la Argentina no podrá aprovechar sus muchas ventajas para prosperar en los próximos años. Por el contrario, si no se compromete con su propio porvenir, continuará achatándose y los más vigorosos, hartos de aguardar a que algo bueno suceda en una sala de espera colmada de pesimistas quejosos proclives a arranques de histeria, emigrarán, desmoralizando todavía más a los resignados a quedarse.

Luego de más de siete meses en el gobierno, De la Rúa y sus acompañantes se han dado cuenta de que el desaliento o malhumor constituye el problema principal del país, pero aún no han conseguido pensar en una forma de solucionarlo. La fabricación de «buenas noticias» y de «planes» no ha servido para mucho, en buena medida porque los propios fabricantes no parecen creer en ellos. Asimismo, saben muy bien que el Mercosur, o sea, la brasileñización, constituye una opción poco atractiva, mientras que la norteamericanización planteada por los menemistas no es convincente. Por fortuna, hay una tercera alternativa, la de que la clase dirigente del país acepte que, siempre y cuando sus gobernantes respeten a rajatabla las normas del mundo contemporáneo, una nación relativamente «pequeña» que sea tan independiente como permita la «globalización» puede florecer sin formar parte de ningún gran club internacional o aferrarse desesperadamente al gigante estadounidense. Sin embargo, para que esta «idea» nada megalómana funcionara se requeriría un grado de confianza en sí mismo que no se ha visto aquí desde hace por lo menos medio siglo, de suerte que por ahora parece tan poco realista como cualquiera de los «proyectos» populistas que se confeccionaron antes de que la hoguera hiperinflacionaria pusiera fin a la tradición política así supuesta.


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