EN CLAVE DE Y: La gente

Si hay una expresión que justifica todo, que avala cualquier aseveración, es «la gente». Concepto útil si los hay, sobre todo para mentes renuentes al análisis minucioso. Mire lo que le digo: más útil que esa escalera de doce posiciones que venden por televisión, o ese aparato que pica, troza, lamina y alguna cosa más; más globalizadora que la misma globalización, abarca lo que se le ocurra.

Tiene también la ventaja de ser ubicua. Casi como Dios, está en todas partes. Tanto va para los resultados electorales, como para explicar el fenómeno del baile del caño o para dictaminar cómo manejamos. Ah, y tiene una cualidad más: «la gente» son los otros. Nos deja afuera. ¿No es fantástico? No sé qué harían nuestros políticos y periodistas, nuestros comentaristas de programas de chimentos, sin este formidable comodín. Con ustedes, Su Majestad La Gente.

Tal cual. Al estilo de los pensadores de la Revolución Francesa la voz del pueblo es la voz de Dios «la gente» pone un sello cuasi sagrado a sesudos comentarios o a cualquier pavada. No deja de ser interesante, sobre todo porque tal concepto totalizador está en las antípodas de la democracia, sistema en el cual «la gente» manda es decir la mayoría, pero se da el caso de que la democracia es además un sistema de convivencia de lo diferente. Precisamente, lo que aquí se anula.

Así, el que ganó dice que la gente lo apoyó; el que perdió dice que la gente aún no se anima al cambio; el que recibe algún denario por hablar programas enteros de Nazarena Vélez y su derecho al desnudo dice que la gente lo mira; el que los critica dice que la gente no tiene otra elección; y así todo.

Como estamos bañados por cascadas y cascadas de procesos electorales, no puedo evitar comentarle cómo me pone ansiosa, o nerviosa, o algo, cuando los paneles periodísticos convocan a los encuestadores para que hagan pronósticos o analicen algún resultado. El o los popes del programa dale que dale: «dígame por qué la gente elige esto o lo otro», y los tipos, que se la pasan haciendo lo opuesto, es decir, desglosando edades, clases sociales, espacios geográficos, se desviven tratando de explicarle al quídam, con voz mesurada y enorme prudencia que no, que el 32,4% de las mujeres mayores de veinticinco años, trabajadoras y con dos hijos tiende a…

Es inútil. Quizás el error esté en la voz mesurada y la enorme prudencia. Debería producir un golpe de efecto de este tipo: «imbécil, le acabo de explicar que no se puede generalizar así, ¿o usted está sordo?». Pero no, no lo hace, y lo peor es que sus empleadores de los partidos políticos también generalizan, se suben al barrilete de cualquier cifra mayor de un dígito con envidiable entusiasmo, y a ellos claro que menos que menos podrían decirle algún calificativo que sacuda su mediocridad.

Este utilísimo concepto sobrevive mejor que las cucarachas, y es mucho decir, créame.

Claro que tiene un inconveniente: produce una percepción errónea de la realidad, evita cierta vacuna de humildad cuando las encuestas o los resultados nos favorecen y si no nos favorecen, procrea cierto desdeñoso derrotismo hacia ese pueblo rebelde a tan maravillosas ideas y propuestas.

Hablando de ideas y propuestas, permítame una digresión: acabo de escuchar a un periodista amigo que expresa su desconcierto, teñido de cierta desilusión, puesto que su producción se rompió para tener al aire a los principales candidatos a las elecciones del domingo en mi provincia, y el ochenta por ciento de los llamados telefónicos ¡fueron para cargarnos a nosotros, los de Boca, por haber perdido con ese cuadro de nombre ridículo, Cucuta!

¿No es maravillosa la gente?

 

MARIA EMILIA SALTO

bebasalto@hotmail.com


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