En defensa de los precios sostén para el gas y el petróleo
Las diferencias de las políticas económicas entre el anterior gobierno nacional y el actual son profundas y evidentes, pero hay una notable excepción: este último mantiene, con pequeñas diferencias, los precios sostén de los hidrocarburos impuestos por aquel. Dicha estrategia ha sido considerada por distintos analistas y periodistas como “artificial”, “antinatural”, “caprichosa”, “curioso invento argentino” y por el estilo. Tales descalificaciones suponen que los presentes bajos precios internacionales del petróleo son propios de mercados libres y globales que deberían ser respetados. El juego espontáneo entre productores y compradores sería la fuerza “natural” que forzosamente habría desembocado en los exiguos y desalentadores niveles actuales del barril de petróleo y el BTU de gas. La impertinencia por parte de un país marginal contra semejante mandato ecuménico estaría destinada al fracaso. Aunque no se explica cómo, más pronto que tarde el insólito atentado a la racionalidad de los mercados desarrollados sería superado por la lógica impecable e impersonal de los “precios de equilibrio”. Sin embargo, la presente superabundancia de ofertas tiene orígenes para nada vinculados con la mítica “mano invisible” de los mercados. Son fácilmente rastreables a partir de las acciones del conjunto oligopólico que forman los principales países productores, algunas de cuyas estrategias son opuestas entre sí, pero coinciden en inundar los puertos con millones de toneladas de hidrocarburos. Así Estados Unidos, a partir de la superproducción de shale oil y por primera vez en varias décadas, en el 2015 comenzó a exportar petróleo. Mientras tanto, Rusia, Venezuela y otros países de frágil economía tratan de vender lo más posible. Noruega, que no tiene problemas de ese tipo, trata de no perder mercados y bombea con eficiencia. El mayor aporte a ese desorden tiene origen en Arabia Saudita, país que viene sosteniendo altos volúmenes de exportaciones, pese a que de esa manera contribuye a que los precios se mantengan deprimidos. Una clara estrategia de dumping: la saturación de los mercados con valores por debajo de los costos de sus competidores. En particular, apunta a desestimular el crecimiento de las tecnologías de fracking en formaciones shale y tight. A partir de ese escenario, ¿por qué nuestro país debería aceptar precios provenientes del egoísmo mercantil de esas naciones? ¿Por qué debería dejar su política de garantizar los costos de producción más una adecuada rentabilidad para poder seguir invirtiendo y generando reservas hidrocarburíferas? Se argumenta que los consumidores argentinos se ven perjudicados pues en su conjunto estarían subsidiando una producción local que no es capaz de alcanzar los precios internacionales; por lo tanto habría que recurrir a la importación y dejar afuera a las empresas que no pudieran competir con ella. Si así fuera, estaríamos convalidando y colaborando con los objetivos de quienes quieren dañar las capacidades productivas de los demás países. De tal manera, los esfuerzos que vienen haciendo Neuquén y Argentina, desde hace casi una década, para desarrollar Vaca Muerta y otras formaciones convencionales y no convencionales se perderían en pocos meses. ¿Cuáles serían los costos sociales y económicos de cerrar yacimientos, desaprovechar equipos, ductos e instalaciones, despedir miles de obreros y profesionales y desvalorizar los recursos del subsuelo? Ello llevaría rápidamente a una conmoción de desocupación y recesión. Mas aun, implicaría consecuencias hacia el futuro: en algún momento los precios seguramente se recuperarán, pero entonces la industria extractiva local ya no existiría. Así, lo que hoy sería barato importar luego se tornaría insostenible en las finanzas nacionales. La mejor apuesta es seguir desarrollando tecnologías y recursos humanos para mejorar la productividad, mantener el empleo y lograr el autoabastecimiento. Para ello es menester un período, más que de protección, de reconocimiento de los costos de producción. Se trata de imaginar y planificar un país que deje de lado la penosa dependencia de las importaciones petroleras y que devenga exportador, generando divisas que siempre son escasas. Un desafío posible y necesario. (*) Presidente de la Comisión de Energía, Legislatura de Neuquén
Opiniones
Luis Felipe Sapag – Presidente de la Comisión de Energía, Legislatura de Neuquén
Las diferencias de las políticas económicas entre el anterior gobierno nacional y el actual son profundas y evidentes, pero hay una notable excepción: este último mantiene, con pequeñas diferencias, los precios sostén de los hidrocarburos impuestos por aquel. Dicha estrategia ha sido considerada por distintos analistas y periodistas como “artificial”, “antinatural”, “caprichosa”, “curioso invento argentino” y por el estilo. Tales descalificaciones suponen que los presentes bajos precios internacionales del petróleo son propios de mercados libres y globales que deberían ser respetados. El juego espontáneo entre productores y compradores sería la fuerza “natural” que forzosamente habría desembocado en los exiguos y desalentadores niveles actuales del barril de petróleo y el BTU de gas. La impertinencia por parte de un país marginal contra semejante mandato ecuménico estaría destinada al fracaso. Aunque no se explica cómo, más pronto que tarde el insólito atentado a la racionalidad de los mercados desarrollados sería superado por la lógica impecable e impersonal de los “precios de equilibrio”. Sin embargo, la presente superabundancia de ofertas tiene orígenes para nada vinculados con la mítica “mano invisible” de los mercados. Son fácilmente rastreables a partir de las acciones del conjunto oligopólico que forman los principales países productores, algunas de cuyas estrategias son opuestas entre sí, pero coinciden en inundar los puertos con millones de toneladas de hidrocarburos. Así Estados Unidos, a partir de la superproducción de shale oil y por primera vez en varias décadas, en el 2015 comenzó a exportar petróleo. Mientras tanto, Rusia, Venezuela y otros países de frágil economía tratan de vender lo más posible. Noruega, que no tiene problemas de ese tipo, trata de no perder mercados y bombea con eficiencia. El mayor aporte a ese desorden tiene origen en Arabia Saudita, país que viene sosteniendo altos volúmenes de exportaciones, pese a que de esa manera contribuye a que los precios se mantengan deprimidos. Una clara estrategia de dumping: la saturación de los mercados con valores por debajo de los costos de sus competidores. En particular, apunta a desestimular el crecimiento de las tecnologías de fracking en formaciones shale y tight. A partir de ese escenario, ¿por qué nuestro país debería aceptar precios provenientes del egoísmo mercantil de esas naciones? ¿Por qué debería dejar su política de garantizar los costos de producción más una adecuada rentabilidad para poder seguir invirtiendo y generando reservas hidrocarburíferas? Se argumenta que los consumidores argentinos se ven perjudicados pues en su conjunto estarían subsidiando una producción local que no es capaz de alcanzar los precios internacionales; por lo tanto habría que recurrir a la importación y dejar afuera a las empresas que no pudieran competir con ella. Si así fuera, estaríamos convalidando y colaborando con los objetivos de quienes quieren dañar las capacidades productivas de los demás países. De tal manera, los esfuerzos que vienen haciendo Neuquén y Argentina, desde hace casi una década, para desarrollar Vaca Muerta y otras formaciones convencionales y no convencionales se perderían en pocos meses. ¿Cuáles serían los costos sociales y económicos de cerrar yacimientos, desaprovechar equipos, ductos e instalaciones, despedir miles de obreros y profesionales y desvalorizar los recursos del subsuelo? Ello llevaría rápidamente a una conmoción de desocupación y recesión. Mas aun, implicaría consecuencias hacia el futuro: en algún momento los precios seguramente se recuperarán, pero entonces la industria extractiva local ya no existiría. Así, lo que hoy sería barato importar luego se tornaría insostenible en las finanzas nacionales. La mejor apuesta es seguir desarrollando tecnologías y recursos humanos para mejorar la productividad, mantener el empleo y lograr el autoabastecimiento. Para ello es menester un período, más que de protección, de reconocimiento de los costos de producción. Se trata de imaginar y planificar un país que deje de lado la penosa dependencia de las importaciones petroleras y que devenga exportador, generando divisas que siempre son escasas. Un desafío posible y necesario. (*) Presidente de la Comisión de Energía, Legislatura de Neuquén
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