En los vestuarios

Impericia y sobreactuación predominaron en la detención de Venegas y el incidente con EE. UU.

Por Redacción





I ncógnitas. Ambigüedades. Suspensos. Tensiones. Alguno que otro encontronazo político por aquí y por allá para conmover a la opinión pública. “No están todos los jugadores en la cancha”, sintetizó el intrigante Carlos Reutemann, al poner el acento en que el terreno hacia la elección presidencial se empezará a despejar una vez que la actual mandataria, Cristina Fernández, confirme o deseche su postulación para el período 2011-2015. Y, pese a todos los indicios que dan sustento a la continuidad K a través de “la mejor intérprete del proyecto”, el misterio y los tiras y aflojes se prolongarán todavía unos meses. Es que la intencionada demora de Cristina en dar la última palabra, sumada al enorme retraso en la reglamentación de las internas abiertas, obligatorias y simultáneas previstas para el 14 de agosto, confunde a la dispersa oposición y permite ir disciplinando a dirigentes del PJ, algunos de cuyos gobernadores e intendentes resisten ceder poder ante la avanzada juvenil y progresista que se agigantó tras la muerte de Néstor Kirchner, el pasado 27 de octubre. En la provincia de Buenos Aires, el principal distrito del país, las colectoras están prohibidas, pero el Frente para la Victoria puede resolver aceptar “listas de adhesión” a la candidatura de Cristina, lo que le permitiría aterrizar en el espacio a Martín Sabbatella. El diputado de Nuevo Encuentro competiría por la gobernación con Daniel Scioli, con el guiño de la Rosada, y aportaría votos nacionales por centroizquierda no contenidos en la estructura formal del justicialismo. Las primarias de agosto son una instancia que, de concretarse, impedirían o dificultarían las colectoras. No obstante, las especulaciones no ceden. Cristina alienta el crecimiento de “mil flores” y en ese sentido no abjura, pese al fracaso de la alianza con Julio Cobos, de la concertación con sectores del radicalismo, por ejemplo en Santiago del Estero y Río Negro. Sigue, por caso, con atención lo que sucede en la provincia patagónica. Allí, el peronismo ha consagrado la fórmula Carlos Soria-Alberto Weretilneck, pero todavía no ha dado cabida a franjas de movimientos sociales kirchneristas que amenazan, de no ser tenidos en cuenta, con denunciar al intendente de General Roca de ser “la derecha” asociada subterráneamente con Eduardo Duhalde. Por otro lado, debe resolverse la interna radical, donde si bien el gobernador Miguel Saiz hizo saber sus simpatías por Ricardo Alfonsín, su hombre, César Barbeito, de salir airoso, podría ratificar el acuerdo con la administración nacional. Si se diera esa circunstancia, otra vez habría fuego cruzado y observar hacia dónde inclina el fiel de la balanza la presidenta. Y por si fuera poco… El gobierno, a raíz de la nueva articulación en su seno tras la desaparición de Kirchner, genera conflictos que se le van de las manos. Uno sucedió a propósito de la detención del sindicalista de Uatre, Gerardo “Momo” Venegas, dispuesta por el juez federal Norberto Oyarbide, que dio lugar al “levantamiento” del peronismo federal liderado por Duhalde y a la impensada solidaridad de la CGT de Hugo Moyano, varios de cuyos miembros también están sospechados en la causa por la mafia de los medicamentos. La responsabilidad penal de Venegas, liberado tras la fuerte presión, se dilucidará en los próximos días, tuvo entre otras dos consecuencias: distanció aún más a Duhalde de Mario Das Neves (“me encanta que estos sinvergüenzas vayan presos”, señaló el gobernador del Chubut) y puso al descubierto la impericia o inexperiencia del secretario de Justicia, Julián Álvarez. Este miembro de “La Cámpora” almorzó unos días antes del espectacular operativo, con Oyarbide, nada menos que en la parrilla de La Recoleta “El Mirasol”, frecuentada por periodistas y espías de distintos organismos. Además, se puso peligrosamente en evidencia el fortalecimiento de un sector corporativo como es el sindicalismo. El otro incidente, en apariencia menor, fue escalando en intensidad hasta convertirse en grave y giró en torno del avión militar de Estados Unidos, al que se le descubrió una carga no declarada. La misión norteamericana venía a dar instrucciones para rescatar a efectivos de la Policía Federal, de acuerdo con un convenio. Pero una inspección de la Aduana, supervisada personalmente por el canciller Héctor Timerman, comprobó infracciones (no delito) y parte de la mercadería fue incautada y ahora se examina su destrucción, según informó el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández. El Departamento de Estado reclamó la “inmediata” devolución de lo requisado, pero el gobierno se puso firme y exigió antes un pedido de perdón. Hubo duras recriminaciones, la intervención a favor de la Argentina y contra “el imperialismo” del boliviano Evo Morales y hasta referencias elípticas de la presidenta Cristina Fernández en defensa de la soberanía nacional y en rechazo de imposiciones externas. Creció el pleito y desde Washington se insinuó que podrían revisar la condición de la Argentina como aliado extra OTAN, que viene desde la época de Carlos Menem. Sin embargo, las conversaciones en discretos segundos niveles se mantuvieron activas a partir de que Matthew Rooney, vocero de la Casa Blanca, puntualizara que el diferendo era de fácil solución. La sobreactuación de los actores tiene mucho que ver con el despecho. Un alto funcionario le dijo a “Río Negro” que, dejando afuera a la embajadora Vilma Martín y al responsable de la diplomacia estadounidense en América Latina, Arturo Valenzuela (tachados de la agenda presidencial), es de prever que las posiciones se “ablanden” los días venideros y se encuentre una salida amigable. “¿Usted cree que el avión hubiese sido revisado de manera tan exhaustiva si el presidente Barack Obama no nos hubiese ignorado en la gira que en marzo lo llevará a Brasil y Chile?”, expuso con descarnada sinceridad.

Arnaldo Paganetti arnaldopaganetti@rionegro.com.ar

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