En otro idioma

Por James Neilson



En ciertos círculos, está mal visto que un escritor, trátese de un gran novelista o de un fabricante de notas periodísticas, se proponga apoderarse de un idioma que no sea el propio. Nadie soñaría con intentar prohibirlo, pero hay quienes se sienten ante un alarde de travestismo lingüístico que acaso sea digno de respeto pero que, susurran, no debería confundirse con un acto creativo auténtico. Aunque los más son demasiado corteses como para decirlo en voz alta, aquellos que se creen los dueños legítimos de un idioma determinado propenden a regocijarse por los errores cometidos y a atribuir cualquier combinación inusual de palabras no al ingenio, lo cual sería el caso de un escritor nativo, sino a la ignorancia o, cuando menos, al origen exótico del autor.

Tal actitud puede comprenderse. Las lenguas no son meros instrumentos. A su modo, entrañan algo sagrado, de ahí las academias e instituciones que se dedican a velar por su “pureza”. Cada una constituye un universo distinto con sus propias tradiciones, reglas y sobreentendidos que colorean sus palabras para que no haya ninguna, por humilde y concreta que fuera, que pueda traducirse a otra lengua con precisión absoluta. Las lenguas sirven no sólo para comunicarse, también sirven para trazar fronteras.

Las consecuencias de la convicción de que en cierto modo el idioma encarna la esencia del grupo al cual uno pertenece han sido enormes. La “defensa del idioma” ha impulsado movimientos nacionalistas y guerras, persecuciones y actos de terrorismo. Francia no es el único país en que la obsesión por la limpieza lingüística haya desembocado en legislación reñida con los principios democráticos. Pero no sólo es cuestión de políticos de instintos xenófobos. Con escasas excepciones, tanto campesinos analfabetos como eruditos dan por descontado que el idioma contribuye a definir a las personas y que el saber dominar uno, el propio, ya es más que suficiente. Por eso, les inquietan los que insisten en escribir en otro, con fines no meramente prácticos.

Somerset Maugham, buen lingüista que, para colmo, aprendió francés antes que inglés, entendió muy bien esta actitud. Creía que esforzarse por adquirir más que los rudimentos de un idioma extranjero era perder el tiempo, sobre todo si uno había nacido británico y por lo tanto “insular”. Los nativos, advirtió, habían “absorbido con la leche materna” secretos ancestrales que ningún intruso foráneo lograría descifrar jamás. Igualmente escéptico era Luis Cernuda: lamentó el haber nacido español, pero consideraba irremediable su desgracia:

“¿Puede cambiarse eso? Poeta alguno

su tradición escoge, ni su tierra,

ni tampoco su lengua...”

Claro está, las cosas no son tan sencillas como creían Maugham, Cernuda y la abrumadora mayoría de los escritores habidos y por haber que, como Mario Vargas Llosa, sospechan que intentar cambiar de idioma es, bien, antinatural. Sus reparos no obstante, desde tiempos lejanísimos no han dejado de asomarse personas que, por alguno que otro motivo, hayan procurado refutarlos. Puede que pocos hayan logrado descollar, pero también es breve la nómina de escritores “nativos” ilustres.

La lista de los conversos idiomáticos incluye desde Livio Andrónico, esclavo de origen griego cuya traducción de la “Odisea” originó la poesía épica latina, hasta una hueste creciente de autores modernos como Conrad, Beckett, Koestler, Ionesco, Cioran y, en la Argentina, Groussac, Shand y Syria Poletti. Conforman la vanguardia de un ejército que cobrará grandes proporciones y que modificará todas las lenguas del planeta, eliminando algunas y “desvirtuando” otras. Los medios de comunicación están tejiendo en torno del mundo una red tan espesa que son cada vez más los escritores dispuestos a probar suerte en una lengua distinta de la materna, por lo general el inglés, pero también el castellano y el francés. Con todo, aunque las grandes lenguas “internacionales” tienden a atrapar escritores de lenguas “menores”, tan fuerte es la idea de que el idioma debería servir para diferenciarse, para enriquecer “lo nuestro” y mantenerlo a salvo del manoseo ajeno, que el gaélico irlandés está disfrutando un auge modesto y el catalán ha conseguido privar al castellano de poetas de la talla de Pere Gimferrer.

El que algunos escritores hayan sabido “cambiar de idioma” para entonces superar en el uso de su nueva adquisición a casi todos los nativos no quiere decir que se equivocaran los escépticos. Estos tienen razón al afir-mar que un nómada lingüístico jamás penetrará hasta aquel trasfondo íntimo del idioma que tanto fascina a todos cuantos creen que la palabra es más que una herramienta coyuntural. Aunque esta convicción puede considerarse romántica, mística o incluso chamanística, todos los escritores la comparten porque, de lo contrario, la creación literaria carecería de sentido. Pero si bien hay zonas que el intruso no podrá violar porque ya le es tarde, lo que sí puede hacer es aprovechar lo que resta, que es mucho: nadie criticaría a Conrad porque a pesar de haber sido uno de los grandes novelistas de Inglaterra nunca logró captar aquellas misteriosas esencias que le habrían permitido metamorfosearse en un inglés cabal.

Por razones que podríamos calificar de fisiológicas, a cierta edad -diez años, quizás- el cerebro y la boca se hacen más rígidos: a partir de entonces, hasta el más talentoso y diligente será incapaz de manejar un idioma “nuevo” con la soltura del nativo. Hay distintos niveles de memoria: cuanto más viejos seamos, más precarios serán los conocimientos recién adquiridos: todos somos capaces de recitar con facilidad versos aprendidos en el colegio primario aunque no hayamos pensado en ellos después, mientras que otros repetidos con tesón en la madurez se desvanecen en pocos meses.

Así, pues, a quienes tratamos de escribir en un idioma que no nos haya sido servido con “la leche materna” o el sustituto pasteurizado en boga, no nos es dado ser más que “travestis de la lengua” que se expresen de una forma que nos es extraña. Antes de salir a la calle, nos es necesario prepararnos con cuidado y, una vez en ella, no podemos bajar la guardia. Como dijo Héctor Bianciotti, el argentino que acaba de ingresar en la Academia Francesa, “cada vez que me pongo a escribir tengo miedo, miedo de cometer una falta, por ejemplo...”, peligro que no suele preocupar demasiado a los nativos, por enmarañada que sea su sintaxis o pobre su vocabulario. Estos saben que aunque se les desnudara en público, quitándoles la ropa y el maquillaje, los asaltantes no descubrirían nada de interés. En cambio, quienes empleamos otro idioma como instrumento literario raramente podemos dominar por completo el temor irracional a ser denunciados como impostores.

Esta realidad da lugar a ciertas estrategias. Durante las primeras etapas del aprendizaje, “travestis” de ambos tipos suelen ser torpes. Unos se emperejilarán y actuarán de manera paródica, otros serán demasiado pedantes y harán gala de un vocabu- lario libresco y construcciones rebuscadas. En los dos casos se trata de lo difícil que es elegir bien los elementos que uno tiene que usar. Para avanzar, hay que tomar nota de lo que hacen otros y copiarlos con exactitud: es lo que hacen los nativos también, pero son menos conscien-tes de ello. Andando el tiempo, se puede aprender lo suficiente como para no perpetrar tales errores, si es que uno quiere parecer más “auténtico”, pero muchos, sabedores de que su exotismo les supone una ventaja, se resisten a ir tan lejos.

Esto sin duda ocurrió en el caso de Nabokov. Aunque fue aclamado como el rey de los “travestis lingüísticos”, la transformación de este brillante escritor no era tan espectacular como le gustaba hacer creer. Aprendió a leer en inglés antes que en ruso, su madre le hablaba en inglés, fue criado, rodeado de revistas infantiles británicas, por una “secuencia desconcertante de niñeras e institutrices inglesas” y después fue estudiante en Cambridge, nada de lo cual le impidió insistir siempre en que su prosa rusa -pero no, claro está, su inglesa- tenía honduras insondables para quienes no se habían formado en aquel idioma.

Para Nabokov, pues, la ropa en que decidió vestir sus ideas, impresiones, sensaciones y ficciones no era exactamente prestada. A diferencia de Conrad, o de cualquier otro que haya optado por cambiar de atuendo cuando ya es adulto, no le costó mucho adaptarse a sus particularidades. Tampoco se enfrentan con excesivas dificultades los que se mudan a otra lengua de la misma familia: del castellano al francés, como hicieron Semprun y Bianciotti, o al italiano, como Juan Rodolfo Wilcock. Este, sin embargo, era un poeta, y de todos los defensores de los fueros del idioma y del deber de que- darse fiel al habla de “las gentes en que hallara raíz nuestra existencia”, para citar nuevamente a Cernuda, los poetas suelen ser los más intransigentes.

Su firme consenso no obstante, son más proclives que los prosistas a intentar incursiones en territorios idiomáticos ajenos sin razones apremiantes. Tal vez ni Eliot ni Rilke hayan logrado dejar huellas en la poesía francesa, mientras que los poemas en inglés de Goethe, Pessoa, Borges y tantos otros, como una obrita en castellano de Graves que fue premiada en México, no sean más que curiosidades literarias, pero su ejemplo supone que cuando el “travestismo lingüístico” no es sino un juego, pierde entidad la sensación de vértigo que a veces incomoda a los realmente comprometidos.

(Fue publicado en el libro “Textos para pensar”, con el cual “Noticias” celebró su número mil.)


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