En otro país

Por Redacción

Como espectáculo televisivo, el debate –mejor dicho, los monólogos paralelos, ya que ambos protagonistas se abstuvieron de responder a las preguntas formuladas por su contrincante– que se celebró el domingo en la Facultad de Derecho de la UBA estuvo a la altura de las expectativas. Tanto Daniel Scioli como Mauricio Macri procuraron desacreditar a su rival vinculándolo con fuerzas malignas, lo que garantizó que el duelo resultara ser más emocionante de lo que muchos habían previsto por tratarse de dos personas que tienen bastante en común. Para incomodidad del gobernador bonaerense, el jefe de Gobierno porteño señaló que desde hace años milita en el kirchnerismo al lado de personajes como Carlos Zannini, Máximo Kirchner, Axel Kicillof, Aníbal Fernández y Milagro Sala. Por su parte Scioli, que se ha transformado últimamente en paladín de la causa nacional y popular, dio a entender que Macri es hombre del FMI, los fondos buitre y empresas extranjeras. Así y todo, los dos trataban de brindar la impresión de que, a pesar de los números catastróficos, en su opinión la economía nacional marcha relativamente bien y que por lo tanto sólo serán necesarios algunos retoques menores para remediar las distorsiones que se han producido. Durante el debate y en las entrevistas televisivas que lo siguieron, Scioli nos advirtió una y otra vez que la gente de Macri quería devaluar el peso y llevar a cabo un ajuste terrible, eventualidades que el porteño mismo intentó descartar. Scioli aseguró que, con él en la Casa Rosada, se las arreglaría para defender a “los compañeros trabajadores” contra tales desgracias, sin decirnos cómo lo haría en un país sin reservas, inversiones ni crecimiento. Según parece, se inspiró en la fase final de la exitosa campaña electoral de la brasileña Dilma Rousseff, pasando por alto lo que sucedió después: luego de derrotar por un margen muy estrecho al “neoliberal” Aécio Neves en los comicios presidenciales del año pasado, la heredera de Luiz Inácio Lula da Silva se puso a aplicar las medidas que ella misma había descalificado en el transcurso de la campaña, de tal modo enojando sobremanera no sólo a sus adversarios sino también a los que la habían votado, desatando así una crisis política fenomenal que aún podría culminar en una especie de golpe civil. De instalarse Scioli en la Casa Rosada merced al temor generalizado a un ajuste, no tendría más opción que la de tomar en serio la desafortunada realidad financiera y actuar como Dilma, traicionando así su propio discurso. En cierto modo lo mismo sucedería si, como parece más probable, gana Macri, pero si bien el candidato de Cambiemos se ha esforzado por convencer al electorado de que nunca se le ocurriría tomar medidas antipáticas, sus afirmaciones en tal sentido han sido menos apasionadas que las de Scioli. De acuerdo común, el mero hecho de que, a una semana del balotaje, los dos candidatos presidenciales hayan participado de un debate público mano a mano puede considerarse un aporte muy positivo a la institucionalización de la democracia. Sin embargo, por razones electoralistas, ninguno pudo hablar con un mínimo de franqueza acerca de los problemas económicos y por lo tanto sociales nada sencillos que el próximo presidente tendrá que enfrentar. Sin dinero, la continuidad no es una opción práctica. Con todo, aun cuando sea dolorosamente evidente que a quien asuma el 10 de diciembre le será imposible negarse a reducir el gasto público, modificar drásticamente el sistema de subsidios que benefician mucho más a los habitantes de distritos electoralmente importantes que a otros –en Río Negro la electricidad cuesta siete veces más que en la capital federal y el Gran Buenos Aires– o insistir en prolongar indefinidamente el atraso cambiario, Scioli y, de manera menos enfática, Macri hablaron como si a su juicio todo dependiera de la voluntad del presidente de turno. Muy pronto, dentro de una semana o, a lo sumo, tres, uno de los dos amigos o examigos aprenderá que no es así, que la realidad tiene la mala costumbre de vengarse de quienes procuran despreciarla aunque sólo fuera porque de otro modo perderían una elección; mal que nos pese, el país en vísperas de una recuperación milagrosa del debate no es aquel que el ganador de las elecciones gobernará.


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