En tiempo vital





En mi jardín el tiempo se ha detenido. Es el efecto marzo: las gerberas, las hermosas gerberas, presumen sus naranjas intensos, sus amarillos oro como en esas películas donde se paraliza la imagen. La enredadera de los mil colores es una hermética dama verde, y alrededor de su falda asoman tímidos tonos amarronados. Sé por qué hay tanto silencio: las abejas se fueron.

Sin embargo, mientras discurre el otoño, otro tiempo alcanza impulso de vértigo. No sólo se precipita. Se enreda, se entremezcla, el Pepe y Malvinas, la muerte de mi padre -un día de marzo- , los pibes de Cromañón. De alguna manera, los aniversarios, las presencias, discuten con la razón una cuestión de cronología, y eso es, supongo, busco, exploro, porque hay sentimientos comunes, arquetipos, sensaciones que los hermanan.

Usted debe haber sentido eso con algunos acontecimientos, una suerte de complicidad interna, que se ríe del calendario, personajes pretéritos que deberían descansar en paz y no, dicen aquí estoy, ingenua, no me fui nunca. Ah, el tiempo.

Ahí lo tiene al Pepe. No aprende; no hay caso. Cada tirada a la pileta le corrobora que está vacía. Algo tiene, algo hace, y la imagen de pensador de la realidad argentina desde Barcelona, se va al diablo. Bastó una sencilla pregunta sobre el tiempo pasado para que el contractualismo, (¿cuánto le costó encontrar un concepto que planteara la remanida cuestión de los acuerdos, la originalidad mediocre?), fuera sustituido por su otra cara -o la única- y retara a duelo al periodista cordobés. Como las palabras tienen anclaje en quien las dice, traduzco: te mataría. El y monseñor Baseotto tienen más en común que lo que le gustaría creer. Y yo vuelvo a vivir en presente lo que nunca es pretérito: la vida arriesgada, la confianza frustrada -los pibes del setenta- mi hermana desaparecida porque el líder que se fue dio la orden de quedarse, de aguantar porque ya venía la contraofensiva estratégica; dosis masivas que tuve que digerir desde una cárcel de la dictadura… ¡y este tipo fue mi jefe! Cortala, Pepe.

Inmolaciones en el altar del heroísmo, como los otros pibes, los de Malvinas. Sabe, no basta ser el débil destruido por el fuerte para que la empresa se convierta en una gesta. Gesta es una palabra pesada, no es lo mismo que batalla, que guerra, que enfrentamiento. Alude a hazañas, a heroísmo, y créame que los entiendo: cuando en realidad, las conducciones arrojan balance en rojo total, queda la ficción de la mística, del sacrificio personal, la necesidad de la reivindicación; es imprescindible para evitar que el rojo se convierta en negro. Pero los espectros son tan reales como cuando pasó. Tiempos simultáneos, porque de alguna manera, nunca deja de pasar; si hasta se puede saborear el miedo, la adrenalina de algunos momentos, cuando la vida parecía encontrar una justificación.

Y están, ausentes con presencia total, los otros pibes, los inmolados en otras sensaciones, otra adrenalina, la música, el ruido, las luces, la experiencia masiva, compartida, tan difícil de encontrar en un tiempo conjugado en ahora, un ahora aburrido y gris, salvo que existan estos hitos, estos legítimos remedos de empresa colectiva.

Hace poco tuve que escribir sobre otra gesta, el Cipolletazo, uno de los «azos» hijo de la gesta mayor, el Cordobazo. Y en el aniversario de la muerte de mi padre, protagonista de tal rebelión, se yergue su imagen triste y frustrada, cuando del máximo de la curva de adhesión y lealtad pasó a la soledad y el olvido, porque tal acontece cuando el poder inclina la balanza para otro lado.

Así que todos los holocaustos se juntan, están aquí hoy, mientras el tiempo se ha detenido en mi jardín. Porque el tiempo conjugado en pasado es un artilugio necesario que inventamos para que no nos abrume su inmenso hedor.

María Emilia Salt bebasalto@hotmail.com


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