En una peluquería se refleja el deterioro de Bagdad



Actualizado a las 10:50

BAGDAD (AP) -Cuando la estatua de Saddam Hussein fue derribada frente a la peluquería de Qais al-Sharaa, muchos de sus clientes creyeron que se avecinaba una vida mejor. Tres años más tarde, esos mismos clientes salen a la calle con armas de fuego y guardaespaldas. Y la situación empeoró todavía más después que fue atacada con explosivos una mezquita chiíta, lo que dejó a Irak al borde de una guerra civil. Profundamente afectado por el ataque, el barbero chiíta dice que las mortíferas represalias son obra de “turbas'' similares a las que saquearon la capital iraquí en las semanas que siguieron a la captura de Bagdad, hace casi tres años.

El atentado de la mezquita en Samarra “fue una puñalada en el corazón de Irak'', dijo el peluquero. “Ahora soy mucho más pesimista. Inclusive las personas más sencillas con las que he hablado desde el atentado me dicen que lo único que quieren ahora es abandonar Irak''. La peluquería Al-Sharaa está en una esquina de la Plaza Firdous, donde quedó registrada la imagen más perdurable de la invasión a Irak: infantes de marina estadounidenses, vivados por una multitud de iraquíes, que derribaban la estatua del derrocado gobernante el 9 de abril del 2003.

La vida en este modesto, aunque vibrante negocio _hay tres sillas con respaldo y ocho más aguardando a los clientes_ refleja la transformación de Bagdad en los últimos tres años. Un cartel en la puerta ofrece jacuzzi y sauna. En estos momentos el dueño no puede ofrecer esos servicios, que dan una idea de las grandes esperanzas que tuvo en el pasado. Poco después de la caída del régimen, el negocio de al-Sharaa estaba en expansión. Empresarios y profesionales conversaban con optimismo acerca del futuro, sin reparar siquiera en que al-Sharaa prácticamente había duplicado el precio del corte de cabello y la afeitada.

Los clientes solían quedarse horas en el local, mientras bebían té o café. Soldados estadounidenses, que patrullaban a pie, solían pararse para comprar un helado. Y en ocasiones, acudían a la barbería de al-Sharaa. “Una vez vinieron tres'' soldados, recordó al-Sharaa con cierta nostalgia. “Afeité a los tres y me pagaron en total 20 dólares. Mantenían sus fusiles entre las piernas mientras les rapaba la cabeza''. “Había mucha esperanza en esos días'', dijo. “Cada uno de los que venían al salón esperaba que las cosas mejoraran, pero yo no estaba tan seguro. Yo les decía que no era el destino de Irak vivir bien, y que el destino nos reservaba más dificultades''. Hacia mediados del 2005, los mejores clientes de al-Sharaa comenzaron a alejarse. El se enteró que muchos huyeron del país para escapar a la violencia y a la ola de crímenes que conmueve la ciudad. Los soldados estadounidenses, enfrentados ahora a una insurgencia con todas las de la ley, mantuvieron su distancia.

“Ahora no se atreven a venir a mi salón'', dijo el barbero. Las sonrisas de los soldados a los chicos de Bagdad fueron reemplazadas por miradas nerviosas y por las armas apuntadas contra peatones y conductores. También la situación en la peluquería cambió para peor. Los nuevos clientes no tenían el dinero de los antiguos habitués. “Por lo general, las conversaciones eran cada vez más sombrías. Comenzaron a enfocarse en cosas tales como qué zonas eran las más peligrosas de la ciudad, y cuáles eran relativamente seguras'', dijo el barbero. Para el 2004, Bagdad era ya una ciudad diferente.

El Club Alawiyah, junto a la peluquería, había sido en una época un lugar de encuentro popular para los ricos y los poderosos. Ahora estaba desierto. Atalayas y muros con alambre de púa en su parte superior sellaron el sector oeste de la plaza. Al-Sharaa se enteró que algunos peluqueros eran asesinados por militantes que consideran el acto de afeitarse una violación de la enseñanza islámica. “Dios es bello, y ama la belleza'', decía al-Sharaa a amigos que le recomendaban ser cuidadoso. Pero él sabía que el popular proverbio árabe no iba a disuadir a un militante armado. Finalmente, decidió portar una pistola. Y esa costumbre también la adquirieron muchos de sus clientes.

El reportero de televisión Mohamed Hamad es uno de ellos. Un día que fue a afeitarse se quitó el saco y mostró una pistola que llevaba en una funda, debajo del hombro. “No es para exhibición'', le dijo a un cliente que esperaba. “Estoy en la televisión todos los días y mi rostro puede ser reconocido con facilidad. Debo protegerme''. El 24 de octubre, tres bombas estallaron con diferencia de minutos en la plaza Firdous. El salón, que estaba cerrado en ese momento, fue destruido. Las reparaciones demoraron un mes y le costaron a al-Sharaa unos 3.000 dólares, un precio muy alto en Irak. “Mi negocio ha caído en un 50 por ciento'' desde los atentados'', dijo al-Sharaa a un cliente en una mañana reciente. “Si las cosas siguen mal, voy a empacar mis pertenencias y me voy a marchar de aquí''.


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