Encuentro de dos mundos

Cristóbal Colón fue un marino con una idea pertinaz apoyada en cálculos inexactos. Murió creyendo que había llegado a Oriente, cuando en realidad descubrió un nuevo continente que, irónicamente, no lleva su nombre.

Cristóbal Colón miraba alejarse la costa de Portugal con la esperanza de estar poniendo distancia a las contrariedades. Corría el año 1485 y atrás había quedado el cuerpo yacente de su primera esposa, doña Felipa Moñiz de Perestrello, y el rechazo por parte de los reyes de Portugal de su proyecto de inaugurar una nueva ruta hacia las Indias.

Apoyado sobre la baranda de estribor, Colón repasaba su proyecto de llegar a Oriente por el oeste -hasta ese momento se hacía bordeando la costa africana hacia el este. Hacía cinco años había tomado contacto con una carta donde el famoso geógrafo florentino Toscanelli explicaba, con un mapa adjunto, la proximidad entre los extremos occidental de Europa y oriental de Asia, dado que la tierra era redonda.

Esta era una opinión muy generalizada entre los científicos de la época, a pesar de que la Iglesia insistía en su cosmografía oscurantista en la que la Tierra se representaba como un disco circular y los continentes (Africa, Europa y Asia) se disponían en forma de T con centro en Jerusalén.

Desde que desembarcó en España recorrió muchas de sus ciudades, aprendió el idioma castellano, se familiarizó con sus gentes, hizo amistades y amó a la cordobesa doña Beatriz Enríquez, con quien tuvo un hijo, Hernando. Como resultado de estas relaciones, los franciscanos de La Rábida o posiblemente los duques de Medinaceli le suscribieron una carta de recomendación para entrevistarse con la casa real.

El 20 de enero de 1486, en Alcalá de Henares, el genovés defendió su proyecto con convicción. Cuatro meses después una junta de expertos proclamó su dictamen: «El proyecto no era desacertado, pero resultaba irrealizable, ya que la distancia a la costa asiática debía ser mayor de lo que decía el marino genovés». Pese a esto, los Reyes decidieron retener a Colón, dándole unas pequeñas partidas de dinero.

 

Cadena de errores

En esta época Cristóbal Colón tuvo que dedicarse a la compraventa de libros y mapas para sumar ingresos a las dádivas reales. Fue entonces que tomó contacto con tres obras que fueron fundamentales para vertebrar su proyecto: la «Imago Mundi» de Pierre d'Ailly, la «Historia rerum» de Eneas Silvio Piccolomini y el «Libro de las Maravillas» de Marco Polo.

El viaje directo de Las Canarias a Japón que imaginaba Colón no sólo fue alimentado por los mapas de Toscanelli. De la «Imago Mundi» extrajo la idea de que nuestro planeta tenía seis partes de tierra y una de agua.

Colón concluyó que si la esfera tenía 360 grados y el océano era sólo una séptima parte de ella, ocuparía 51,4 grados, es decir, menos de la mitad de lo que había calculado Toscanelli. La lectura de Marco Polo, con infinitas alusiones a las enormes distancias terrestres, lo confirmaba. También de la «Imago Mundi» extrajo el dato que cada grado de la circunferencia ecuatorial tenía 56,75 millas, que erróneamente interpretó como millas romanas (1.477,5m) cuando en realidad eran árabes (1.973m).

Con este dato erróneo calculó el radio de la Tierra en 30.185 km y no los 40.308 que decía Pierre d'Ailly basado en Eratóstenes (muy próximos a la realidad de 40.007 km). Como resultado de todo esto, Colón creyó que la costa oriental de

Asia estaba a una distancia de 51,4 grados, 4.309 km, cuando en realidad estaba a 15.650 km.

Finalmente en 1489 se entrevistó de nuevo con los Reyes en Jaén, donde se lo otorgaron a regañadientes, convencidos por algunos asesores.

Uno de ellos, Luis de Santángel, fue quien le prestó a la corona 1.100.000 maravedíes. El proyecto costó dos millones, de los que Colón puso medio, pidiéndolo a sus amigos, y el resto nadie sabe de dónde salió.

Con parte de este dinero alquiló la carabela «La Pinta» a Alonso Quintero y la capitaneó Martín Pinzón. «La Niña» era de los hermanos Pinzón y la capitaneó Vicente. La «Santa María», que era una carraca o nao y no carabela, era de Juan de la Cosa que viajó como su maestre. Con estas tres naves zarpó hacia las islas Canarias para esperar allí a los convenientes vientos alisios que lo llevarían hacia el oeste. Finalmente el jueves 6 de setiembre de 1492 se lanzó hacia un océano imprevisible, esperando llegar al Japón, para descubrir un continente que no fue bautizado con su nombre.

 

HORACIO LICERA

hlicera@rionegro.com.ar


Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora