Enroque en la Plaza Roja



El enroque parece perfecto: el viceprimer ministro ruso, Dmitri Medvedev, se convertirá en presidente en marzo del 2008 y el presidente Putin se hará cargo de la jefatura del gobierno.

Putin anuncia ahora por fin, aunque con cuentagotas, sus planes para el futuro de Rusia, terminando con meses de incertidumbre. Casi nadie en Rusia dudaba de que el jefe del Kremlin haría los cambios necesarios para mantener el poder después de la elección presidencial de marzo. Cuando faltan 81 días para los comicios, parece clara la forma en que también imagina su propia sucesión, cumpliendo de paso su promesa de inicios de año: “No me iré”.

Putin ingresa en terreno desconocido con su última jugada: ningún presidente ruso intentó hasta ahora una pirueta parecida para esquivar la prohibición constitucional de un tercer mandato y mantener, al mismo tiempo, el poder. Claro que Putin no aceptó aún el cargo de futuro primer ministro, subordinado formalmente al del presidente. Pero parece imposible que Medvedev haya hecho su oferta pública sin consultar antes con su actual superior.

Las elecciones parlamentarias del 2 de diciembre, en las que los partidos fieles al Kremlin -Rusia Unida y Rusia Justa- sumaron el 70% de los votos, ratificaron el respaldo popular de Putin, que ahora sí se siente con mano libre para regular su propia sucesión como mejor le parezca.

La principal carta de presentación de Medvedev es la social. Más bienestar para jóvenes y ancianos es su declarada prioridad para el futuro. La política de Putin es para él “ideología”, un asunto sobre el que parece preferir el silencio.

“Un triunfo para los liberales” en el Kremlin, diagnosticó ayer el periódico “Nesavissimaya Gazeta” tras la candidatura de Medvedev a la presidencia. Coherentemente, Putin anunció la privatización -a largo plazo- de empresas estatales.

En materia de política exterior, Medvedev es el único colaborador cercano de Putin al que nunca se escuchó una consigna antioccidental.

El posible tándem con Medvedev es para Putin una de las soluciones más elegantes que podía disponer para retener su influencia sobre la política rusa. Pocos han demostrado ser tan fieles al jefe del Kremlin como este abogado de 42 años. La emisora Eco Moskvi lo considera “no demasiado ambicioso”, y su juventud y probada competencia lo hacen en principio buen material para la presidencia. Como jefe de gobierno, Putin podría seguir siendo el garante de la filigrana que mantiene unidos a los distintos grupos del Kremlin.

Existían ya suficientes indicios de disputas internas de poder antes de conocerse la candidatura de Medvedev, según la edición rusa de la revista “Newsweek”. Para calmar a los grupos de influencia decepcionados con la elección, Medvedev se comprometió a “preservar la capacidad de maniobra del equipo de Putin”.

La fortaleza del eventual gobierno de Putin sería otra novedad para la política en Rusia, pues su presencia en el tecnocrático cargo de primer ministro neutralizaría en buena medida su subordinación al presidente. Pero Putin no necesita preocuparse por la sombra de Medvedev en la presidencia. “Si se lee con atención la Constitución, puede verse que el jefe de gobierno tiene un puesto de mucho poder”, comentó el politólogo cercano al Kremlin Viacheslav Nikonov. Además, la mayoría de dos tercios que Rusia Unida mantiene en el Parlamento lo inmunizaría en caso de que el presidente quisiera despedirlo.

El principal problema de Putin consistirá en mantener sus altísimos niveles de popularidad, que durante su presidencia preservó achacando al gabinete de gobierno todos los problemas y escándalos de sus dos mandatos. Como jefe de gobierno deberá responsabilizarse directamente de los fracasos.

Medvedev será proclamado candidato este lunes, pero la impresión general es que será virtualmente presidente cuando pronuncie su primer discurso de campaña este martes en la televisión.

Los rusos ya pueden acostumbrarse a la imagen del sucesor delante de la bandera nacional. “La campaña electoral por la presidencia ha terminado antes de comenzar”, afirma el diario fiel al Kremlin “Izvestiya”.

 

ERIK ALBRECHT

DPA

 


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