Esa inacabada añoranza de los desterrados

Tradición, amalgama y fusión con los uruguayos



NEUQUEN (AN).-El tam-tam y tam de los cinco tambores despertó un hormigueo entre la gente. Madera y cuero curtido y tensado por los siglos, por los genes de una raza que con rebeldía sigue coloreando las pieles, perfilando los rasgos, contorneando las caderas.

El tam-tam despierta muertos. El tam multiplicado por manos y brazos, músculo y fibra, mezcló y percutió sin fronteras entre todos los congregados al ritual, provocando un amasijo de tensiones y movilizaciones donde por unanimidad se sumaron las partes, las igualdades, las diferencias.

Por el pasillo de la derecha del cine Español, en noche de jueves, abrieron la procesión de danza y tam-tam los bailarines, la cantante y los cinco tambores de apertura. El grupo Del Cuareim de República Oriental del Uruguay con un líder de lujo, el tecladista y compositor Hugo Fattoruso eran fuerza y fineza, seda y fuego.

El espectáculo llevó por nombre "La mama vieja" aquella abuela lavandera que por la posesión de lo suyo es sabia y seductora: como una reina de la sensualidad en pié. La mama vieja, con sus polleras rojas y sus enaguas repetidas, danzó con sapienza en un juego de picardías y de treguas con el Gramillero, el abuelo sagaz para las medicinas como para el baile: vestido de etiqueta con frac y pantalones rayados, zapatos blancos y bastón, como marca la tradición (con ropas tomadas del patrón, después de servirlo como esclavo para bajar a las fiestas pueblerinas). Ambos, el viejo Fabricio Pelufo y la Mama María Magdalena Núñez Ocampo encarnaron personajes de las más antigua tradición popular uruguaya de raíz afro. Faltaron aquí, los escobilleros y porta estandartes y banderas tribales que llevaban los símbolos de la vida como luna y sol (se descuenta porque una compañía tan numerosa es imposible de contratar). Participó la bailarina Magalí Suárez, ornada como vedette. Enhebró suspiros, al mover con maestría su escultural cuerpo. Magalí sigue la huella que apenas hace un mes dejó la legendaria bailarina de candombe Marta Gularte, a los 90 años: la vedette emblemática del candombe que dicen marchó al campo santo con tamboriles.

Ingresaron cinco tambores, que en el tablado se desgajaron en dos teclados (el de Hugo y el de Gustavo Montemurro), y en voz la bonita Mariana Lucia. Magnífico Fattoruso e impresionantes los parches de los tres Núñez. Mucho candombe, respeto por las tradiciones y luego de las reverencias, la libertad de buscar otros rumbos: la fusión jazzeada, sambas y afoxê-sambas bahianos, aires venezolanos en joropo y llanero, temas del negro Rada, de Fattoruso.Y otra vez el candombe que es alegría en el ritmo. Y en la voz es melancolía, cierta honda tristeza y esa inacabada añoranza de los desterrados.

Beatriz Sciutto


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