Esas tierras

Por Redacción

Las tierras de las disputas son un pedazo de historia. Las noticias lo ocultan y se pierde de vista. Son las estancias que se poblaron con ovejas a principios del siglo XX. Las estancias de los obreros que hicieron huelga y fueron fusilados por reclamar velas y abrigo en 1922. Las estancias de la Patagonia Trágica, que un joven llamado Osvaldo Bayer, siendo bibliotecario de Esquel, comenzó a investigar porque supo, antes que todos, que en la zona había ocurrido una matanza silenciada. Son tierras de huesos enterrados sin identificar. Son las estancias de la llanura del desengaño, en palabras de un explorador inglés llamado Joseph Fitz Roy. Le puso ese nombre a la región a mediados de 1834, después de caminar y extraviarse por falta de referencias en el horizonte. Son las tierras que Darwin describió como estériles y fantasmagóricas sin saber que estaba equivocado. Son, además, las tierras que caminó el Perito Moreno, el mismo que exploró casi toda la Patagonia para llevar límites y fronteras, y finalmente ejércitos, pero que murió sin propiedades a su nombre.

Son las tierras del cazador Chancho Colorado, Alexander McLennan, mercenario escocés que a pedido de los primeros estancieros caminó hasta Cabo Peña y asesinó a 17 indios selknam, en otra de las matanzas desconocidas de la patria temprana. Rifles de repetición contra inútiles boleadoras en la desolación de la estepa. Son las tierras que a principios del siglo XX parecían aptas para la ganadería ovina y que los ingleses codiciaron desde tan lejos. Existe un recorte del diario “Daily News” que dice más o menos esto: “La tierras australes son valiosas para desarrollar emprendimientos lanares, pero no será posible sin antes exterminar a los aborígenes que viven en la zona y se alimentan de las ovejas”. Los indios comían ovejas, había que quitarlos de raíz. Y cuentan que se pagaba por cabellera.

Son las tierras de las grandes concesiones, que vinieron después del avance sanguinario de los cazadores de tehuelches. En la Patagonia Norte, tierras otorgadas a los exterminadores de la Conquista del Desierto. En la Patagonia austral, tierras entregadas al capital foráneo. Tierras otorgadas por el gobierno argentino liberal de Uriburu para favorecer el desarrollo de asentamientos humanos. Tierras en las que finalmente no hubo demasiadas manos, sino ovejas y patrones. Tierras del palo blanco, una institución de la Patagonia. El capataz, que administra los campos a su nombre para evitar que otro más pesado pague los impuestos y consiga evadir la ley. Tierras de testaferro.

Tierras de la transculturación, proceso en el que los indios no tuvieron más remedio que adaptarse o morir. Y esa adaptación a los que pudieron hacerla convirtió en peones. Tierras del chilote. El trabajador golondrina que va y viene del Pacífico al Atlántico, siguiendo las estaciones. Hombre de terminales de ómnibus que habita, finalmente, una región sin fronteras. Tierras de latifundio y del alambrado, tierras de la concentración, en donde los dueños son aquellos que determinan quién prospera y quién no.

La tierra de los pocos que tienen mucho y que son, finalmente, los únicos capaces de controlar y usufructuar la distancia. La tierra de Elías y Mauricio Braun, de José Menéndez y la Sociedad Explotadora La Anónima. La tierra de la historia escrita en la desolación. Y, más tarde, la tierra del oro negro. La tierra del combustible de la Primera Guerra. La tierra de YPF y de los yacimientos de carbón. La tierra de la hostilidad y de la lucha por la subsistencia.

Y ahora, tierras de autos importados, casas construidas de apurón, tesoros ocultos, mausoleos sospechados, libros incunables de Borges, fotos autografiadas por Perón. Tierras de billetes escondidos. Tierras sospechadas de corrupción. Tierras de tragedia, parece mentira, desde ayer hasta hoy.


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