Esquizofrenia oficialista
La política económica esbozada por el candidato presidencial del Frente para la Victoria Daniel Scioli y los miembros más destacados de su equipo se basa en la idea de que, en cuanto Cristina Fernández de Kirchner haya terminado su período en el poder, el país se verá inundado por un tsunami de inversiones que haría innecesario el ajuste tan temido. Si bien la presidenta no ha protestado contra el intento así supuesto de insinuar que buena parte de los problemas económicos nacionales se debe a su presencia en la Casa Rosada, no le gustó para nada la franqueza inusitada del gobernador salteño Juan Manuel Urtubey, un aliado de Scioli que, en Nueva York, aseguró a los empresarios con los que habló que un eventual gobierno sciolista no vacilaría en negociar con los holdouts con el propósito de alcanzar pronto un acuerdo para acceder a los mercados de capitales internacionales. Parecería que una cosa es dar a entender que quienes se preparan para tomar el lugar de los kirchneristas puros se esforzarán por reconciliarse con lo que Cristina llama “el mundo” y otra muy distinta entrar en detalles. Aunque últimamente Scioli mismo se las ha ingeniado para brindar la impresión de querer reemplazar el modelo K por otro sin decirlo de manera explícita, Urtubey ni siquiera trató de emularlo, sin duda porque sabía muy bien que a los inversores en potencia no les interesarían las vaguedades alentadoras que son la especialidad del bonaerense y que, para frustración de sus rivales, lo han ayudado a ubicarse a escasos votos de la presidencia de la República. Para triunfar, Scioli tendrá que ser a un tiempo un kirchnerista fiel al proyecto reivindicado por Cristina y partidario de una alternativa casi tan nítida como las planteadas por Mauricio Macri y Sergio Massa. Conforme a las encuestas, tiene asegurados los votos de los muchos que aprueban lo hecho por el gobierno actual, pero necesitaría agregarles otros procedentes de quienes creen que al país lo beneficiaría un cambio. Así, pues, mientras que él mismo insiste en que es un militante leal del movimiento kirchnerista, confía en que sus colaboradores, economistas como Mario Blejer y Miguel Bein, logren convencer a los indecisos de que no se le ocurriría tomar demasiado en serio lo de la continuidad. Por ser cuestión de profesionales respetados que, de acuerdo común, no se dejarían seducir por teorías extravagantes del tipo que tanto fascina a la presidenta y al ministro de Economía, Axel Kicillof, no les es preciso formular definiciones tajantes, pero en Nueva York Urtubey entendió que no le serviría para nada adoptar una actitud similar, ya que en las filas del empresariado norteamericano, europeo, japonés y, es de suponer, chino también escasean “heterodoxos” tan excéntricos que estarían dispuestos a comulgar con el setentismo kirchnerista. Por mucho que les moleste a Cristina, Kicillof y los militantes de la causa K, Scioli no tiene más opción que pensar en el futuro próximo. Si bien le es forzoso cuidarse, ya que lo último que quiere es que en las semanas finales de la campaña explote la interna peronista, tiene que intentar congraciarse cuanto antes con los empresarios y financistas de los países avanzados, comenzando con Estados Unidos, porque son los únicos que podrían invertir lo bastante como para ahorrarle al país una etapa sumamente difícil que coincidiría con su propia gestión. Según se informa, Cristina ordenó al jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, reprochar a Urtubey por “pensar parecido a Macri”, pero sorprendería que el asunto tuviera muchas consecuencias, puesto que la balanza de poder político en el país ya está cambiando y no hay forma de restaurar la situación que imperaba apenas un par de meses atrás. Aunque por ahora Scioli y quienes lo acompañan no pueden darse el lujo de romper con los kirchneristas incondicionales que procuran disciplinarlo, éstos entenderán que no les convendría en absoluto movilizarse en contra del candidato que, desde su punto de vista, es el menos malo de los tres que aún cuentan con la posibilidad de suceder a Cristina. Con todo, al acercarse no sólo las elecciones sino también el inicio de la gestión del ganador, se multiplicarán los roces entre los constreñidos por las circunstancias a aferrarse al pasado y quienes se saben obligados a privilegiar el futuro.