Estados quebradizos
Para alivio del presidente del gobierno español Mariano Rajoy y frustración del líder separatista Artur Mas, las elecciones regionales que se celebraron el domingo en Cataluña terminaron en un virtual empate. Aunque los nacionalistas catalanes tendrán más escaños en la Legislatura local, no obtuvieron el apoyo del 50% del electorado. De haber conseguido algunos votos más Convergencia Democrática y sus aliados, hubieran aprovechado la oportunidad así lograda para declarar la región independiente de España, provocando así una crisis constitucional de solución nada fácil, ya que al gobierno nacional no le gustaría para nada que su país quedara sin la región más próspera. En su lucha por mantenerlo unido, Rajoy cuenta con el respaldo decidido de las autoridades europeas que, en los días previos a las elecciones, advirtieron que si Cataluña se independizara tendría que tomar su lugar en la cola de aspirantes a formar parte de la Unión Europea, detrás de integrantes en potencia como Serbia e incluso Ucrania. Que este sea el caso puede considerarse paradójico, ya que los partidarios más fervorosos del “proyecto europeo” entienden muy bien que les convendría que se debilitaran irremediablemente las viejas metrópolis como París, Roma, Londres, Berlín y Madrid. Desde su punto de vista, sería mejor lo que algunos llaman una “Europa de las regiones” que el esquema actual en que potencias como Francia, el Reino Unido y Alemania siguen anteponiendo sus propios intereses tradicionales a los del bloque. De más está decir que la falta de una política exterior europea coherente ha tenido consecuencias muy graves; a pesar de su riqueza económica y cultural, la UE actúa como un enano político y militar, lo que de por sí ha contribuido a la desestabilización del Oriente Medio y Ucrania. Los independentistas catalanes, lo mismo que sus homólogos escoceses en comparación con los ingleses, son más “europeístas” que los demás españoles, de suerte que no cabe duda de que la actitud firme asumida por los funcionarios principales de la UE incidió mucho en los resultados de las elecciones. Es probable que, de no haber sido por el temor a verse excluidos de la “familia europea”, los nacionalistas tanto escoceses como catalanes ya hubieran alcanzado sus objetivos respectivos porque serían escasas las repercusiones concretas para el grueso de la ciudadanía de la ruptura que proponen. Con todo, si bien en el transcurso de las décadas últimas Bruselas se ha apropiado de una proporción cada vez mayor de las facultades legislativas que antes habían monopolizado los parlamentos nacionales, los “eurócratas” tienen buenos motivos para no querer correr el riesgo de chocar frontalmente contra los gobiernos de los países más poderosos que, de sentirse desairados, podrían optar por salir de la UE. Mal que les pese, el independentismo no se ve limitado a regiones de dimensiones relativamente pequeñas y características especiales como Cataluña, el País Vasco, Escocia y Flandes. También está cobrando fuerza en el Reino Unido y podría adquirir una dinámica similar en Francia e Italia. Aunque la evolución de la UE ha estimulado a los movimientos separatistas al permitirles insistir, con cierta lógica, en que ha llegado la hora de dejar atrás arreglos políticos que acaso eran apropiados para otros tiempos y que, de todos modos, sólo sería cuestión de algunos cambios administrativos, equiparables con los que ocasionaría un acuerdo para modificar una frontera entre dos provincias, también ha hecho más precaria la UE misma. Además del avance del independentismo en Escocia, Cataluña y Flandes, para nombrar sólo los casos más notorios ya que hay muchos otros, las autoridades europeas tienen que preocuparse por la reacción hostil de los países del Este, como Polonia, la República Checa, Eslovaquia y Hungría, frente al intento de Alemania de obligarlos a dejar entrar a grandes contingentes de musulmanes procedentes de África, el Oriente Medio, Afganistán y Pakistán. Igualmente urticantes han sido las fuertes presiones económicas y financieras de los alemanes contra países poco competitivos como Grecia, Italia y España. Así, pues, no sólo en países en que conviven grupos de cultura distinta sino también en la UE en su conjunto, fuerzas centrífugas ponen en peligro tanto la integridad de ciertos países como la continuidad del proyecto europeo.
Para alivio del presidente del gobierno español Mariano Rajoy y frustración del líder separatista Artur Mas, las elecciones regionales que se celebraron el domingo en Cataluña terminaron en un virtual empate. Aunque los nacionalistas catalanes tendrán más escaños en la Legislatura local, no obtuvieron el apoyo del 50% del electorado. De haber conseguido algunos votos más Convergencia Democrática y sus aliados, hubieran aprovechado la oportunidad así lograda para declarar la región independiente de España, provocando así una crisis constitucional de solución nada fácil, ya que al gobierno nacional no le gustaría para nada que su país quedara sin la región más próspera. En su lucha por mantenerlo unido, Rajoy cuenta con el respaldo decidido de las autoridades europeas que, en los días previos a las elecciones, advirtieron que si Cataluña se independizara tendría que tomar su lugar en la cola de aspirantes a formar parte de la Unión Europea, detrás de integrantes en potencia como Serbia e incluso Ucrania. Que este sea el caso puede considerarse paradójico, ya que los partidarios más fervorosos del “proyecto europeo” entienden muy bien que les convendría que se debilitaran irremediablemente las viejas metrópolis como París, Roma, Londres, Berlín y Madrid. Desde su punto de vista, sería mejor lo que algunos llaman una “Europa de las regiones” que el esquema actual en que potencias como Francia, el Reino Unido y Alemania siguen anteponiendo sus propios intereses tradicionales a los del bloque. De más está decir que la falta de una política exterior europea coherente ha tenido consecuencias muy graves; a pesar de su riqueza económica y cultural, la UE actúa como un enano político y militar, lo que de por sí ha contribuido a la desestabilización del Oriente Medio y Ucrania. Los independentistas catalanes, lo mismo que sus homólogos escoceses en comparación con los ingleses, son más “europeístas” que los demás españoles, de suerte que no cabe duda de que la actitud firme asumida por los funcionarios principales de la UE incidió mucho en los resultados de las elecciones. Es probable que, de no haber sido por el temor a verse excluidos de la “familia europea”, los nacionalistas tanto escoceses como catalanes ya hubieran alcanzado sus objetivos respectivos porque serían escasas las repercusiones concretas para el grueso de la ciudadanía de la ruptura que proponen. Con todo, si bien en el transcurso de las décadas últimas Bruselas se ha apropiado de una proporción cada vez mayor de las facultades legislativas que antes habían monopolizado los parlamentos nacionales, los “eurócratas” tienen buenos motivos para no querer correr el riesgo de chocar frontalmente contra los gobiernos de los países más poderosos que, de sentirse desairados, podrían optar por salir de la UE. Mal que les pese, el independentismo no se ve limitado a regiones de dimensiones relativamente pequeñas y características especiales como Cataluña, el País Vasco, Escocia y Flandes. También está cobrando fuerza en el Reino Unido y podría adquirir una dinámica similar en Francia e Italia. Aunque la evolución de la UE ha estimulado a los movimientos separatistas al permitirles insistir, con cierta lógica, en que ha llegado la hora de dejar atrás arreglos políticos que acaso eran apropiados para otros tiempos y que, de todos modos, sólo sería cuestión de algunos cambios administrativos, equiparables con los que ocasionaría un acuerdo para modificar una frontera entre dos provincias, también ha hecho más precaria la UE misma. Además del avance del independentismo en Escocia, Cataluña y Flandes, para nombrar sólo los casos más notorios ya que hay muchos otros, las autoridades europeas tienen que preocuparse por la reacción hostil de los países del Este, como Polonia, la República Checa, Eslovaquia y Hungría, frente al intento de Alemania de obligarlos a dejar entrar a grandes contingentes de musulmanes procedentes de África, el Oriente Medio, Afganistán y Pakistán. Igualmente urticantes han sido las fuertes presiones económicas y financieras de los alemanes contra países poco competitivos como Grecia, Italia y España. Así, pues, no sólo en países en que conviven grupos de cultura distinta sino también en la UE en su conjunto, fuerzas centrífugas ponen en peligro tanto la integridad de ciertos países como la continuidad del proyecto europeo.
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