Estrellas

Redacción

Por Redacción

Un canal de cable transmite la eternidad en el confín de la cama. Para el común de los hombres, obligados a seguir al pie de la letra el ciclo del envejecimiento, las opciones escasean. Fisgonear la fiesta donde los querubines se reparten la estatuilla que certifica el fervor de su religión, es, entre las peores, la mejor.

Los Claudio, los Antonio, no son parte del club. Un sábado salen radiantes de la peluquería antes de ir a un casamiento. La fantasía de «parecerse a» sirve de consuelo al mandato global: ser o no ser, ésa la cuestión.

A la mañana siguiente se despiertan demasiado lejos del jardín prohibido donde duermen Nicole Kidman o el feo de Woody Allen. Supuestamente la vida sin flashes, sin entrevistas, sin canal E!, debe consagrarse a sumar rating. Para algo está la ventana, para que los gnomos aprendan cómo cantan y defecan los ungidos. Aunque no por eso dejan de ser sangre y de tener legítimos sueños de gloria. Narcotizado por las interminables piernas de Julia Roberts, el pobre Juan mira pero no ve la intensidad de la chica que le masajea los hombros. Una cosa es la admiración -tal cual nos retobamos con un cuadro de Chagall-, otra la estupidez. En ningún lugar están escritos los deberes de lo normal y lo excepcional. El propósito de cada existencia es un misterio sin deudas. Nacer es gratis. Continuar un acto de voluntad.

Serán los ángeles de Hollywood, los habitantes de los grandes estudios, los hijos predilectos de las compañías de discos los que beban el daiquiri más largo de la historia, en otra de las tantas facetas del negocio. La billetera de los paparazzi los necesitan del otro lado de la frontera. En pleno acto de exhibición. El trago sustenta el artículo y, a su vez, el artículo el trago. Las quejas de Naomi Campbell, tanto como la ridícula suma que le obligaron a pagar a «The Mirror» por tomarle una fotografía con el rostro desencajado, son el círculo en sí mismo. En el fondo, la modelo sabe que podrá salir de él el día en que acepte su mortalidad. Atender con devoción el canto de las sirenas o comprar muñequitos en el quiosco honran las diferencias entre una humanidad y otra. En ese guión perverso se confunden la ética con el mercadeo. La «perfecta» belleza, en desmedro de todo aquello que no sea su molde, alimenta el fuego de la discriminación.

Divas, divos y otros miembros de la industria pontifican hoy, montados en un pedestal, sobre la igualdad -paradójico, ¿no?-, se acuerdan del poder latino, de los orientales y de la creatividad sin explosiones de autos.

Todo esto porque las estrellas de la comunidad negra ya han conseguido torcerle el brazo a una Academia históricamente desmemoriada cuando se trata de otras culturas que no sean anglosajonas. Es más fácil recordar el discurso de un actor, ocasional adherente a las causas humanitarias, que a una vida anónima entregada a rescatar la dignidad del prójimo.

No está mal su magia en cinemascope sino la orden subyacente que anula la pasión ajena porque no tiene swing para convertirse en una película de Steven Spielberg.

Un alma expuesta no invalida las de los demás.

Claudio Andrade

candrade@rionegro.com.ar


Un canal de cable transmite la eternidad en el confín de la cama. Para el común de los hombres, obligados a seguir al pie de la letra el ciclo del envejecimiento, las opciones escasean. Fisgonear la fiesta donde los querubines se reparten la estatuilla que certifica el fervor de su religión, es, entre las peores, la mejor.

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