Estudiantes, también hay que aprender a viajar…
Por Antonio Torrejón
Esta aseveración hoy tiene más actualidad que nunca, porque la tecnología no sólo nos ha facilitado toda una estructura que hace posible cuantitativamente el viaje, sino que vivimos rodeados de medios de comunicación masiva, que hasta nos crean la necesidad del traslado.
Ya a principios de siglo, esto llevó a reflexiones como las que transcribimos de Herman Hesse, quien ya en 1904 en el diario Die Zeit de Viena -Austria- decía sobre la cuestión: «De cómo debe viajar el hombre moderno, ya existen muchos libritos y libros, pero a mi juicio ninguno bueno. Cuando alguien emprende un viaje de recreo, o en nuestro caso de estudio, siempre debería saber lo que hace y por qué lo hace. El actual viajero, salvo excepciones, no lo sabe. Viaja porque, en el cambio de aires y en el espectáculo de otros ambientes y otras gentes, espera hallar un descanso, nuevas sensaciones. Viaja a las montañas porque le atormenta, con un deseo inexplicable, una oscura nostalgia de la naturaleza diferente a lugares tradicionales, para incorporarse en lo que otros amigos ya hicieron, o tienen programado, por curiosidad y conveniencia de precios. Pero viaja, sobre todo, porque después podrá hablar de ello y darse importancia; porque está de moda y porque luego se sentirá otra vez cómodo junto a los amigos y en casa».
Pese a que recién en la década de los años treinta, con el logro social de las vacaciones pagas, el fenómeno turístico comenzó a tomar una escala masiva, con un hábito creciente y casi obligado entre las opciones de consumo, es admirable la todavía veraz y aplicable radiografía que hacía Hesse de las motivaciones del viaje. Todo lo que puntualizaba era comprensible quizá por aquellos años, pero no hoy, en un mundo donde a pesar de los adelantos tecnológicos y científicos no se ha enseñado al hombre a gozar, saber lo que hace y por qué lo hace cuando emprende sus traslados de estudio o capacitación en el tiempo libre, de recreación o turismo.
Hacer un viaje particularmente en la adolescencia debería suponer siempre una experiencia positiva. Antes de viajar, aunque sólo fuera mirando un mapa, es imprescindible informarse, al menos superficialmente, sobre lo esencial del lugar de destino y del itinerario que se atraviesa. Las paradas o estancias no deben ser estáticas visiones ante el paisaje escénico o dinámico -conjunto de montañas, un lago, una colonia de aves o mamíferos- como si se tratara de un decorado, sino que se debería tener el elemental conocimiento o la forma de acceder a él, para que podamos leer ese lenguaje de la naturaleza e interpretarla.
Quien además de prepararse se vaya ubicando con su sentido común en el abc de los viajes, fácilmente llegará por sí mismo a descubrir los elementales misterios del arte de viajar. No deseará comer platos típicos de un lugar en otro. No irá a países desconocidos sin comprender un poco de su idioma. No se servirá de las comparaciones de atractivos de su comarca para juzgar paisajes o costumbres de otras regiones del país o del extranjero. Como parte del disfrute del viaje se debe adaptar a la forma de vida, los usos y costumbres del lugar. Y en todas partes procurar, en especial, acercarse a la gente del sitio visitado y comprenderla.
La poesía del viaje reside en el contenido que nos deje, es decir en el enriquecimiento, en la incorporación orgánica de lo recién adquirido, en el incremento de nuestra comprensión en el mundo que formamos parte, en el reencuentro de verdades y leyes antiguas bajo condiciones nuevas. A esto hay que agregar lo que se llamaría especialmente el romanticismo del viaje: la multiplicidad de las impresiones, la recuperadora espera, pero sobre todo la delicia del trato con otras personas desconocidas para nosotros. La mirada de los conserjes de los hoteles de Carlos Paz, Córdoba, Buenos Aires o Bariloche son idénticas, pero la mirada del coya de Purmamarca en Jujuy, que indicó el camino al cerro de los Siete Colores, no se olvidará jamás.
Aquel que al visitar paisajes y ciudades no va buscando únicamente lo inédito y lo más llamativo, sino llevar en su interior el deseo de interpretar lo peculiar y lo más profundo, verá que en su recuerdo adquieren casi siempre un brillo especial los hechos fortuitos, los pequeños detalles diferenciales y oportunos. Del mismo modo que una relación humana nos exige cuidados, correspondencia y sacrificios, así también el aprovechamiento de cualquier viaje turístico debe suponer un esfuerzo y una entrega. Tener como objetivo apreciar un país o un pueblo, una ciudad o un paisaje en su valor con amor y devoción nos lleva al acecho de lo desconocido para descubrir sus particularidades.
Quien por ostentación o por una idea errónea de cultura viaja a París o a Roma no posee nada de lo apuntado, por aquello de que nadie defiende lo que no siente. Pero, el que ha pasado muchos años en la etapa de formación interiorizándose en la historia y geografía de los lugares, asumirá con pasión los recintos que visite, sobre todo si son de su país. Es hermoso viajar por los parajes privilegiados; recorrer los saltos en las cataratas del Iguazú; navegar por las cristalinas aguas del golfo Nuevo o recorrer las históricas calles de Santa Fe.
Lo contrario ocurre en el caso de que no nos preparemos o interioricemos en dichos tránsitos; con el tiempo nos quedará sólo una fugaz impresión. Los turistas jóvenes que sobrevuelan Carlos Paz, Bariloche o Madryn y luego participan de un par de excursiones por sus alrededores, quizá crean que la conocen, pero están equivocados. Sólo quien se pierda en sus bosques, navegue en sus espacios acuáticos, se sienta a observar sus horizontes, viva un avistaje de ballenas, se introduzca en una nevada invernal y escuche relatos de la descendencias colonizadoras, puede tener la aproximación de lo que se llama conocer.
Todo esto nos obliga a replantear también los sistemas educativos y formadores. Estos no deben desaprovechar el principal aula de nuestra escuela de vida, que es el escenario donde transcurre la misma.
Esta aseveración hoy tiene más actualidad que nunca, porque la tecnología no sólo nos ha facilitado toda una estructura que hace posible cuantitativamente el viaje, sino que vivimos rodeados de medios de comunicación masiva, que hasta nos crean la necesidad del traslado.
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