Exportar o pasar hambre
Algunos países, como Estados Unidos, pueden darse el lujo de registrar un gran déficit comercial tras otro durante décadas porque cuentan con un sector financiero poderoso en el que confían los inversores del resto del mundo, pero la Argentina, casi aislada como está de los mercados de capitales, tiene forzosamente que exportar más de lo que importa. Hasta hace muy poco, merced a los productores rurales, lograba hacerlo con facilidad llamativa, lo que le permitió salir con rapidez sorprendente del pozo en que había caído luego del colapso de la convertibilidad, pero en los meses últimos el superávit comercial se ha reducido tanto que el país corre peligro de quedarse sin fondos. Según se informa, en septiembre se anotó un superávit de apenas 65 millones de dólares, un monto sumamente magro en comparación con los 404 millones alcanzados en el mismo mes de 2014, si bien en aquel entonces las tendencias comerciales ya motivaban mucha preocupación. Asimismo, conforme a las estadísticas oficiales, en los primeros nueve meses del año corriente, el país sólo pudo arrojar un superávit acumulado de 1.551 millones de dólares, un resultado equiparable con los de finales del siglo pasado cuando la Argentina enfrentaba un panorama internacional decididamente más adverso que el actual. Algunos analistas han ido más lejos: dicen que el deterioro reciente del desempeño exportador del país es el peor que se ha visto desde 1955. Es verdad que nos ha perjudicado mucho la caída previsible de los precios de commodities exportables como la soja, pero otros cambios recientes, en especial el supuesto por el desplome del costo de importar combustibles, han sido muy beneficiosos en el corto plazo puesto que, al dejar de ser autosuficiente, el país necesita importar energía. Sea como fuere, sería un error atribuir la virtual eliminación del superávit comercial a nada más que la evolución, para nosotros negativa, de la economía internacional. También ha hecho su aporte el gobierno saliente. Por razones presuntamente ideológicas, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus colaboradores más influyentes no quieren para nada al único sector realmente competitivo de la economía, el conformado por el campo; mientras que, con miras a ahorrar divisas, ha introducido un sinnúmero de trabas comerciales que han servido para obstaculizar las importaciones, privando así a muchas empresas productivas de insumos que les son imprescindibles. Por lo tanto, aun cuando la economía china continuara expandiéndose a las tasas de antes y Brasil no estuviera en recesión, la industria local no tardaría en encontrarse en apuros para exportar. Puesto que China se ha desacelerado y Brasil parece destinado a sufrir una crisis económica y política prolongada, es de prever que el frente externo nos permanezca hostil por algunos años. Al aproximarse a su fin la gestión del gobierno actual, hay un consenso en el sentido de que será necesario eliminar las muchas trabas para exportar y reducir drásticamente las retenciones. Dadas las circunstancias, se trata de la única opción concebible. Sin un superávit comercial permanente y sin acceso a los mercados de capitales el país tendría que vivir de lo suyo, una eventualidad que, en teoría, algunos nacionalistas encontrarían atractiva pero que, en la práctica, significaría resignarse a la pobreza generalizada. Así y todo, las medidas necesarias para que el país emprenda una ofensiva exportadora no serían gratuitas. Entre otras cosas, obligarían al gobierno a gastar mucho menos dinero en “planes” y otros subsidios, lo que a buen seguro provocaría la reacción de quienes se han acostumbrado a depender de ellos. Para resultar viable, el “modelo” que se ha improvisado en los años últimos tendría que ser capaz de garantizar superávits comerciales abultados, pero parecería que los responsables de administrarlo siempre han sido contrarios por principio a cualquier intento de estimular las exportaciones. De más está decir que la contradicción así supuesta, una de muchas, ha contribuido a agravar la situación económica y social del país justo cuando sobran motivos para prever que le aguarda una coyuntura internacional menos favorable que la de los años del “viento de cola” y el crecimiento “a tasas chinas” que posibilitó.