Fernando Peña

Ultima llamada de la noche. Fernando Peña al habla. ¿Sí? Diga. Acá Fernando Peña para explicarlo todo. Al borde de la muerte. Al fin de cuentas, ¿quién no saluda con un guiño a la Parca cada amanecer? (¿O usted es de los que se sienten seguros?) Fernando Peña por él mismo. ¿A ver qué dice el loco? “Porque yo no soy un negrito ignorante que no sabe lo que hace. Yo no soy Diego Maradona, con todo el respeto que me merece Diego Maradona como jugador de fútbol. Porque yo no soy Jorge Lanata, yo no tiro bombas al pedo. Yo no soy Luis Majul, yo soy Fernando Peña”. Y la voz se quiebra. En la pantalla su imagen persiste, una mala fotografía que irradia palidez. ¿Desde dónde habla este muchacho? Quién sabe. Acaba de dejar la clínica. Otra vez en contra de las buenas costumbres. Sin el alta médica ha decidido pasar el resto de su enfermedad en el calor de su propia casa. ¿Tan estúpido suena? El tipo quiere vivir y, por qué no, morir en-su-casa. Está grave. Sí. Está mal en un sentido muy amplio, porque a Fernando Peña le duele el cuerpo y le duele no estar en lo suyo, el teatro, la radio, junto a sus adorables criaturas. Se va no más. No hay nada que no pueda soportar entre sus sábanas. Con su gente. Con su estilo de vida. Con su veneno. Con su forma de entender la cura. Mauro Viale mira hacia el infinito. Se mantiene impertérrito. Un gesto de dignidad. El tiempo corre. Lo corre a Fernando Peña, que alcanza a dejar sus aclaraciones. No, detalla, ya no está de novio con quien “Paparazzi” dijo que estaba de novio. Hace dos semanas rompió con esa persona. Fin del tema. A otro tópico. Fernando Peña no se encuentra atado a nadie sentimentalmente. Ni a Dios ni los filósofos que lo niegan, ni al sí ni al no. Fernando Peña está profundamente comprometido con Fernando Peña. El tiempo es villano (salvo que usted, Fernando Peña, decida morirse “en vivo”, debemos ir a un corte). Mauro Viale lo explica, lo de que el tiempo es villano, obvio. Se va la noche de un triste sábado (por este mismo canal y a esta misma hora hace una década y media cortaban manzanitas… raro ¿no?) y nada hace suponer que Fernando Peña estará mejor el domingo. Los domingos son patéticos. Sufre. El mismo lo dijo una vez: “No soy gay, soy un puto sufrido”, y Susana Giménez tuvo que sobrevivir a su cara de espanto. Fernando Peña se muere una vez más. La pucha. ¡Ah!, Mauro… ¿sí?. “Y me drogo porque la droga me ayuda, me sirve”. Dijo que se droga, ¿escucharon? El actor, el hombre, este portador de HIV se droga. Sábado a la noche. Aguantá un cachito amor, termina esto y ponemos el estreno que alquilamos en el video. Aguantá flaco, ya vamos a comprar las birras. ¿Estará abierto en lo del Gordo? Fernando Peña no da tregua. Desnuda a una sociedad que condena con un hemisferio y esnifa por el otro. Que aborrece la infidelidad pero es infiel por sobre todas las cosas porque, viste, el matrimonio es duro. Que se enorgullece de su enorme machismo. Que tiene amigos gays y ningún problema con nadie. Ninguno. Fernando Peña ridiculiza la hipocresía cotidiana. Rasga su careta. Exhibe sus más crueles prejuicios. Se muere Fernando Peña, más o menos en directo. Se muere porque sí, porque contrajo una enfermedad sin cura. Se apaga como una estrella para volverse un agujero negro. Un imán frenético. Fernando Peña ha sido el vocero de lo que preferimos no escuchar y de lo que no nos animamos a confesar. Aunque lo ha dicho con tal inteligencia y talento que nos destornillamos de risa en la butaca hasta caer en un mar de lágrimas. Y ya nadie sabe si ríe o si sangra. Su linterna ilumina rostros fantasmales. Con él, gracias a él, cómica y dolorosamente, nuestros valores crujen. Si Fernando Peña muere o si enferma demasiado como para seguir vomitando fuego, el mundo estará un poco peor a partir de ese momento. Y un poco, un poquito en este orden cosas, es mucho. Es demasiado.

Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar


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